¿Qué le pasó al bravucón? ¿Sufrió una pájara?
El otro día perdí hora y media (¡hora y media de mi precioso tiempo!) mirando la comparecencia de Feijóo en la comisión de “investigación” del Senado sobre la DANA de Valencia. Como siempre, la comisión fue una fiesta de perezosos y faltones, de esas que traen descrédito al sistema democrático. Pero también interesante para quienes se interesen por la desafección del personal hacia la política.
Flotaba en la atmósfera entre la pantalla y mi escritorio la sensación de teatrillo mal ejecutado, de final de algo. Escuché vagamente al portavoz de Junts hacer preguntas en catalán, seguramente para dar empleo al traductor, del que cabe sospechar sea un amigo o pariente, conociendo como conocemos a ese partido. Feijóo lo despachó sin alterar el semblante, era demasiado evidente que lo que tuviera que decir aquel señor no tenía importancia.
Al diputado Matute, de Bildu, que le preguntaba por “muertos”, lo descalificaba y desarbolaba Feijóo eficazmente fingiendo asombro ante el hecho de que un subalterno de Otegui se atreviese a hablar de muertos.
El bildutarra trataba de sonreírse repitiendo “ya estamos, el comodín de ETA”, y que él no tenía causa alguna abierta con la Justicia. Pero el argumento de Feijóo, aunque dialécticamente trapacero, era inapelable y entraba en el discurso de Matute como el cuchillo en la mantequilla.
En Feijóo, en su aplomo inalterable, se traslucía la experiencia de haber gobernado durante muchos años una comunidad autónoma, y además con la oposición de los galleguistas del señor Beiras, que no son precisamente corderitos. Esa experiencia no cabe duda de que contribuye a modular el discurso.
Lo más interesante, empero, fue la “investigación” o interrogatorio, de Gabriel Rufián, el portavoz de ERC, a quien Feijóo se comió con patatas casi con tan aplastante soltura como la que avasalló a Junqueras en el célebre debate con Borrell. Y esto pese a la clamorosa parcialidad de la presidenta de la comisión.
Si Rufián reclamaba dimisiones, Feijóo le recordaba que era él, Rufián, quien había prometido hace muchos años que dimitiría en seguida. Si Rufián le preguntaba por whatsapps con Mazón, Feijóo le recordaba que él es el único político que ha entregado sus mensajes a la judicatura.
Si Rufián le preguntaba qué demonios había hecho (o sea: nada) para paliar el desastre valenciano, Feijóo le respondía que se había desvelado, que había estado en contacto con éste o aquel, en cualquier caso había hecho algo más que él, que aquella tarde se mantuvo en el Congreso, indiferente a la tragedia, votando los nuevos cargos para TVE.
Creo que el debate fue en miércoles, y acaso a Rufián se le habría indigestado el cocido madrileño que ese día suele servirse en los restaurantes de los alrededores del Senado. Porque le costaba incluso fingir convicción en sus insultos, única habilidad política que se le conoce.
El momento letal fue el momento en el que, sin permitirse ni siquiera una sonrisa, Feijóo le dijo que, en el caso de que fuese el PP el que gobernase España cuando sucedió el accidente del AVE y el Iryo, Rufián estaría en aquel mismo momento blandiendo un pedazo de riel y llamándole asesino.
“Don Gabriel”, como le llaman en esos restaurantes del cocidito madrileño, se quedó atónito, y en su cara se leía: “Pues tiene razón”.
En fin, naderías, pura retórica. Pero al menos me sirvieron para olisquear por dónde vienen los tiempos, ver cómo algunas estrellas caen y otras se levantan.
Y acaso el lector se pregunte por qué pierdo el tiempo viendo y contándole escenas como éstas, en el fondo insignificantes.
Se lo diré: no lo hago por el placer miserable de reírme de unos cuantos rufianes. Sino porque entre la rocosa y sobrada displicencia de Feijóo, y los clamorosamente patéticos esfuerzos de Rufián y de uno de Junts que se expresaba con intérprete (seguramente un amigo o un pariente), me pareció advertir una gran distancia dialéctica, retórica –o sea, de inteligencia, o por lo menos de conocimiento de lo que allí se llevaba entre manos--. Una distancia clamorosa, sideral. Y significativa del momento en que estamos.
