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El Ayuntamiento de Barcelona trata, aunque sea tímidamente, de descentralizar la celebración del día de Sant Jordi para, en la medida de lo posible, evitar que el centro de la ciudad se colapse. Y aunque nunca se consiga, la intención es loable.

Producto de esa iniciativa son las pequeñas concentraciones de puestos con libros y rosas en distintos barrios. Y uno de esos casos se desarrolla en la amable plaza de Eivissa; tranquila y bien comunicada, con parada de metro incrustada.

Este 23 de abril al mediodía, había siete paradas con más paradistas que clientes potenciales, todo hay que decirlo. Aunque es cierto que a esa hora el viento hacía muy desapacible el ambiente, sobre todo por el polen que soltaban los numerosos plátanos del lugar.

En cualquier caso, lo más notable no era la ventisca y los estornudos que provocaban los alérgenos, sino la inoportuna politización que habían incrustado las organizaciones de siempre. De las siete mesas, solo una vendía libros, aunque también es verdad que en la misma plaza ya existe una librería. Y se vendían rosas desde dos puestos.

ERC había instalado una carpa en la parte central de la plaza. A continuación, una mesa del Consell de la República que estaba casi pegada a otra de la Assemblea Nacional Catalana (ANC). Finalmente, los muchachos de Arran, las juventudes de la CUP, habían montado su mesa petitoria.

O sea, que el esfuerzo para hacer más amable la diada del libro y la rosa en Barcelona se desperdicia impunemente a manos de los agitadores habituales, de los que se empeñan en utilizar cualquier evento y todos los recursos públicos que pueden a la difusión de sus ideas de confrontación.