El complejo de inferioridad del Atlético de Madrid ha caído como una losa sobre Julián Álvarez. El consejero delegado del club rojiblanco, Miguel Ángel Gil Marín, ha lanzado a la afición sobre La Araña con sus habituales salidas de tono. Por una cuestión de orgullo, la plana mayor colchonera ha frustrado el sueño del delantero argentino. Si bien no se oponen a su salida, se niegan rotundamente a conceder su deseo de fichar por el Barça.
"Llevo más de treinta años en el mundo del fútbol, es mi palabra, de las pocas cosas que tengo. Estando yo, como CEO, no va a ser transferido al FC Barcelona, con toda seguridad", ha declarado Gil Marín tras el sorteo de la Champions League en Mónaco. ¿Sentido? Ninguno. El Atleti planea perpetuar la estrategia del ridículo porque no soporta que el Barça se lleve a sus mejores jugadores, tentados por un club que sí gana títulos. El orgullo institucional vuelve a imponerse a la lógica deportiva.
Bajeza moral
Julián ya ha vivido varias noches aciagas vestido de rojiblanco. En dos temporadas, el goleador de Calchín no ha levantado ningún título. Se quedó a las puertas en la última final de la Copa del Rey, que perdió a manos de la Real Sociedad. Mientras el Barça ha gestionado su salida en los despachos, espoleado con la declaración pública de intenciones del jugador, Gil Marín se ha dedicado a verter injurias ante los medios contra el club azulgrana.
Miguel Ángel Gil Marín, Enrique Cerezo y Robert Givone, socio de Apollo
Joan Laporta y Rafa Yuste se han expresado respetuosamente sobre le interés en fichar a Julián. En contraste, Gil Marín aparece resentido ante las cámaras y se comporta con una bajeza moral indigna del cargo que desempeña. Si la relación entre el Barça y el Atlético no pasa por su mejor momento no será por los dirigentes barcelonistas.
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