La delirante dimensión del Balón de Oro en España –recordemos que se trata de un simple premio de una revista de fútbol, pese a su interesado matrimonio con la FIFA–, infinitamente superior a la atención que se le presta en otras Ligas y países, es hija de dos trampantojos. El primero fue una solución creativa a la dificultad de publicitar a un equipo con muchas estrellas en el fútbol post-sentencia Bosman. ¿Acaso no eran todos los grandes clubes europeos del inicio del milenio constelaciones de astros? Ah, pero si uno conseguía además que sus mejores jugadores tuvieran el Balón de Oro en su palmarés individual, entonces ya se podía hablar incluso de galaxia. Porque siempre hubo clases, y si no, pues se inventaron.

El segundo fue uno de los debates más bizantinos de la historia del deporte. La confluencia de Cristiano Ronaldo y Leo Messi en nuestra Liga fue un tremendo espectáculo. Pero el relato se mostraba reticente a favorecer en la esfera individual a un ególatra repulsivo fichado a golpe de talonario ante un canterano modélico, chiquito y con esa clase de talento natural que convierte incluso los abdominales más torneados en parodia. Quiso la fortuna que, al contrario de cuando emergió Raúl en la plantilla del Real Madrid, esta vez el niño prodigio vistiera de azulgrana. Y su presunta némesis, pese a marcar una cantidad delirante goles, nunca pudo igualar el aura de uno de esos sencillos muchachos que emergen muy de vez en cuando y parecen caminar sin esfuerzo sobre las mismas aguas del fútbol en las cuales bracean todos los demás. Este en concreto incluso parecía sobrevolarlas sin siquiera romper a sudar.

Como lo que se ve sobre el campo no se puede cambiar, todo el esfuerzo del Madrid se enfocó en lo que ocurría fuera de él. Y ese prestigioso pero influenciable premio se convirtió en obsesión para la directiva del conjunto blanco. Si no, que le pregunten a Francesc Aguilar. Pese al denodado esfuerzo mediático, el cómputo también salió a favor de Messi en cuanto a esféricos dorados: ganó ocho, por cinco de Cristiano. Y el ego del injustamente llamado falso Ronaldo quedó tan trastornado por la ambición sin medida de su entorno que su representante tuvo que inventarse unos premios para que todos los años le cayera alguno a él.

Sucede que hace dos años ocurrió lo impensable: el mejor futbolista de la temporada jugó en el Madrid, y no había ninguna duda sobre ello, pero el premio se lo llevó otro. La pataleta fue monumental, pero tan solo el preludio a que otro canterano de La Masia, ¡otro más! ¡sortilegio!, asome como candidato cada vez más firme a llevárselo no una sino varias veces en su carrera. Como la vez anterior, el Madrid tiene ahora en sus filas a un carísimo supergoleador, pero tampoco este es el futbolista hacia el cual se le van los ojos al planeta fútbol. Ese es Lamine Yamal, y encima no solo juega en el Barça sino también en la selección española campeona de Europa y del Mundo. Anteayer mismo impartió una masterclass espectacular contra Inglaterra en Wembley. Y mucho me temo que, en efecto, Lamine Yamal será el favorito de Namibia, Finlandia, Uganda o El Salvador en esta votación para el Balón de Oro. Pero también de muchos otros más. Y quizá...

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