Julián Álvarez, en una campaña con Adidas y la selección de Argentina

Julián Álvarez, en una campaña con Adidas y la selección de Argentina REDES

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La hora de la araña

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Al final el que salió a hacer pública su intención íntima de fichar por el Barcelona no fue Nico Williams, pese a tener a todos sus amiguitos del alma vistiendo de azulgrana, sino el desheredado Julián Álvarez. Suplente de Messi en una Argentina entregada a su ídolo crepuscular, señalado por la desproporción entre un precio de tres cifras y un registro goleador que no alcanza la decena en la última Liga, y sufridor de las adocenadas artes para el subasteo del Cholo y Gil Marín, Juli habló nada menos que en una zona mixta del Mundial, donde respiró entrecortadamente y distrajo la mirada para introducir con el clásico "no es el momento para hablar de esto, PERO..." un escueto pero contundente parlamento sobre transferencias y sueños.

A pesar de esa reciente palanca moral que les suministró el siempre sacrificado delantero albiceleste, a estas alturas de verano aún está poco claro si el Barcelona va con todo al mercado o, pese a la rauda y sorprendente incorporación de Anthony Gordon, dependerá una vez más de cesiones y canteranos para apuntalar una plantilla competitiva. Todo parece indicar que Deco, "aquest estiu sí", dispone de los recursos para engatusar a un delantero top que supla y mejore al último Lewandowski. Pero el agente de Vlahovic sigue ofreciéndolo por si acaso. También al Atlético, claro, en busca de aprovechar un posible efecto dominó. Asimismo, asoman nombres como el de Kroupi, joven delantero del Bournemoth, quien sorprende por tratarse de un postadolescente francés casi sin descorchar en un modesto de la Premier en lugar de una estrella del Atlético o el Sevilla camino de la treintena, molde más habitual en el histórico de grandes fichajes azulgranas.

Pese a los comprensibles devaneos, Julián sigue siendo el gran objetivo. Y la delirante guerra mediática a la que alegremente se ha lanzado el Atleti, club vendedor y ahora, además, controlado por una firma de private equity que busca lo mismo que todas: retorno, tiene más de campaña de comunicación interna que externa. Bien es sabido que si algo distingue a la afición rojiblanca es un orgullo desproporcionado y una necesidad constante de reivindicación. Gran parte de su identidad como colectivo se basa en tachar de prepotentes y denunciar con gran fanfarria a los mismos Real Madrid y Barcelona con los que luego sus dirigentes comparten mesa, mantel y número de cuenta en los reservados.

Pero no importa lo estupendos que se pongan. A estas alturas de la película (producida por Enrique Cerezo, of course) todo el mundo sabe que en este siglo sus estrellas están casi siempre de paso. Y que las placas de sus presuntas leyendas a la entrada del Metropolitano son demasiado a menudo bandejas para cadáveres de roedor como para tomárselos en serio. En el fondo, resulta admirable que hayan encontrado la fórmula para justificar tanta soflama solamente rascando alguna final de vez en cuando. No es fácil, no, articular maneras de justificar esa vorágine autodestructiva en pos de no se sabe qué tierra prometida.

El problema es que esa perpetua huida hacia delante está empezando a adoptar formas arcaicas, casi Loperistas. Llegados a este punto, a casi nadie extrañaría ya que Julián se encuentre un buen día de agosto conduciendo hacia Albacete. Pero así funciona el ciclo de la propaganda: el Barça será el malo de la película solo hasta el momento en que lo sea el jugador. De modo que a Deco y Laporta no les queda más que esperar pacientemente a que el reloj marque la hora de la araña. O bien a que, como hicieron con el Kun Agüero, los capitostes atléticos convenzan a Julián de emigrar a otra Liga para que a su afición le sea más liviano volver a encontrarse con el resultado más recurrente de su historia. O sea, la derrota.

P. D.: Nos vemos en Twitter: @juanblaugrana