Deco, director deportivo del Barça, en un acto EFE
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Los mercados de fichajes en LaLiga a menudo son tan bipolares como la propia competición, un conspicuo balancín entre Barça y Madrid que a veces parece no servir para otra cosa que aupar a uno y hundir al otro en el barro. Y no le digo nada, astuto lector, si los aderezan no una sino dos elecciones presidenciales, un Nadaplete y un Mundial. El cordón umbilical que suele comunicar sin solución de continuidad las optimizaciones y reconstrucciones de ambas plantillas se convierte entonces en un frenético entramado de tuberías e intereses, donde el último agraviado se consagra al talonario para cambiar la vergüenza por ilusión y el más reciente triunfador apuesta por dos resultados al mismo tiempo: que no perderá su ventaja competitiva, y que además lo hará siendo lo suficientemente ambicioso para ampliarla en geométrica progresión.
Esa comezón recíproca tiene gran parte de culpa de que una buena tajada de los fichajes de ambos clubes haya cristalizado ya, con el mes de junio todavía en su ecuador. En el caso del Barça, porque Deco y Laporta pensaban pagar mucho pero también lo menos posible por una estrella emergente para su ataque y Anthony Gordon, el jugador más alemán de la actual selección inglesa, desde luego pinta a que va a encajar como un guante de boxeo en el tercer proyecto de Hansi Flick. Y, en las penosas circunstacias del Madrid, porque necesitaba desandar con urgencia el camino por el cual se despeñó la temporada pasada para no dilatar aún más la presuntísima ascensión de Mbappé al olimpo blanco. Cosa que ha hecho con una celeridad endiablada, cambiando o superponiendo nada menos que a Xabi Alonso, Mastantuono, Huijsen, Carreras y Trent con la segunda venida de José Mourinho al banquillo que sin duda más lo trastornó y las incorporaciones de Bernardo Silva, Konaté, Cucurella y Dumfries, jugadores que se desempeñan en idénticas posiciones a las de sus predecesores del verano anterior.
Lo más relevante hasta ahora es también lo más groseramente lógico: que el Barcelona, tras la jubilación de Lewandowski y la discontinuidad de Rashford, necesitaba reforzar su ataque, y que el Madrid solo puede crecer si apuntala una defensa que no sufra tantas calamidades, lesiones y atolondramientos. Además, sobrepagará sin complejos a Bernardo Silva para intentar reconstruir algo parecido a un centro del campo con más neuronas que abdominales, algo normalmente considerado cosa de pijos y advenedizos en Chamartín pero también ese lugar hacia el cual, la casualidad, casi siempre giran el cuello cuando se ven avasallados.
No era una casualidad tampoco que Madrid y Barcelona apuntaran hacia algunos objetivos en común, y que no se trata de falta de imaginación lo demuestra que a varios de ellos el Atlético de Madrid también les había hecho alguna que otra ofertilla. No andan los puestos del mercado sobrados de melones con aspecto tan maduro como para dar el proverbial salto de calidad a una plantilla que se quiere ver aspirando a todo. Y tampoco extraña que el Madrid se haya adelantado en casos como los de Bernardito o Cucu, ambos culés pero profesionales ambiciosos en primer lugar. Como escribió Kierkegaard, "la forma más común de desesperación es no ser quien eres". Y, si no gana, el famoso Real Madrid se vuelve tan poca cosa que su desesperación es como el mar que se retira antes del tsunami... o de otro charquito de lágrimas, eso ya lo veremos el junio que viene.
P. D.: Nos vemos en Twitter: @juanblaugrana