Lamine Yamal realiza trabajo físico en un entrenamiento de la selección española EFE
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Asoma el Mundial, de modo que esta misma semana cierto jugador que ondea la 10 del Barça junto a la bandera de Palestina en lo alto de las rúas de campeón deja de pronto de ser ese chulesco y altivo morapio catalufo para convertirse en faro de la selección española por la gracia de Dios y el Papa León XIV. Un milagro recurrente cual aparición mariana anterior a la invención del teléfono móvil con cámara, y que desde ahora tendrá lugar cada dos veranos sin falta y "per secula seculorum". Parte del barcelonismo, como es normal, lo mira con el severo e inmarcesible rencor del estudiante de colegio de curas. Pero también un poco desde esa familiar comprensión de que, oye, al final, si al chico le hace ilusión... En cualquier caso, ni siquiera habrá que esperar al jueves para zambullirse en esa extraña anomalía dimensional, una especie de horizonte de sucesos fuera de lugar: el tiempo de Lamine Yamal.
No es extraña la habilidad del joven prodigio del Fútbol Club Barcelona para manipular la cuarta dimensión. Para empezar, porque no ha parado de manosearla con su precocidad sin límites. Debut con el primer equipo a edad púber, inapelable salto al estrellato internacional antes de cumplir la mayoría de edad y una madurez acrisolada para enfrentarse a la adversidad distinguen los primeros pasos de una carrera espectacular. El irresistible ascenso del recién nombrado mejor jugador de LaLiga lo es precisamente porque los goles y las actuaciones memorables en los escenarios más exigentes no son únicamente medallas que decoran su pecho, sino más bien los frutos de una primavera esplendorosa que anticipa el inevitable paso de las estaciones.
A excepción del madridismo, aterido por el llanto y el crujir de dientes, las más distinguidas aficiones del fútbol europeo se preguntan qué clase de magia negra o pacto con el mismísimo Satanás puede propiciar que una misma cantera produzca un Leo Messi y un Lamine Yamal con tan pocos años de separación. Pero en el fondo esta alineación cósmica tiene tan poco de diabólico como de divino. Una cosa muy importante que olvidan es que precisamente por haber sido un niño futbolista en el mismo club que transpiraba por todos sus poros el influjo del Diez de Dieces, Lamine aprendió lo más importante de todo: a jugar sin miedo. Como lo hacía Lionel pero también la generación entera de Xavi e Iniesta y, por supuesto Neymar, ídolo de nuestro niño y que seguramente le enseñó otra valiosísima lección: la ingente capacidad de destrucción de un ego mal regulado.
Sujetando entre los dientes precisamente esa pajita que les permite seguir respirando bajo el lodo, no es extraño que en Madrid sigan esforzándose por pintar un retrato distorsionado de Lamine, orando por las noches para que su "pai" lo lleve por el mismo camino desnortado que al otro. Pero lo mejor de todo es que a él le da absolutamente igual. Seguirá reinando para ellos y torturándolos, regalándoles tormento con la azulgrana y éxtasis con La Roja mientras surfea entre rivales apenas rozando la espuma de ese flujo temporal desaforado en el que habita. Un extraño entrelazamiento cuántico donde puede decir al mismo tiempo que no ganar el último Balón de Oro seguramente fue lo más adecuado para su desarrollo personal pero también que espera ganarlo, sin más dilación, este mismo año. "Sic transit gloria mundi".
P. D.: Nos vemos en Twitter: @juanblaugrana