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Qué menos que enarcar una ceja cuando Robert Lewandowski aceptó fichar por un Barcelona desvencijado y sin madurar. Era evidente que Laporta necesitaba una estrella de la que colgar el estandarte que portaría el prometedor pero un poco huérfano Xavi Hernández. Tanto, como que en el monedero había para pagar una sola bala de plata con la que amenazar al Maligno, y el reputado delantero polaco, de excelsa plenitud en el Bayern, afrontaba un cambio de ecosistema que parecía demasiado abrupto. ¿Qué le impediría acomodarse a esperar centros laterales mientras cobraba un salario de crack durante cuatro años que podían hacerse larguísimos y, como pronosticaron los agoreros, el inicio de la conversión del Barça en un nuevo Milan en permanente decadencia?

Sin embargo, el cielo se abrió en sus primeros cuatro meses de azulgrana, y llovieron goles. El goce indescriptible de contemplarlo bailando jornada tras jornada con la portería contraria fue como esperar a un reumático Fred Astaire y que de pronto apareciera un esplendoroso Gene Kelly sobre el escenario. Recuerdo en especial un tanto al Mallorca que pareció prodigioso, una saeta creada de la nada y hecha de fino aire que voló hasta perforar la red rival para dar otros tres puntos a un Barça que acabó siendo campeón. Es verdad que su influjo como deidad realizadora se desvaneció en la segunda mitad de temporada por diversas circunstancias, y por eso la consecución del título de Xavi fue bastante más terrenal de lo que el barcelonismo estaba dispuesto a reconocer como un regreso a la primera línea competitiva. Pero, visto con perspectiva, el impacto de Lewa en el club fue atómico.

Su segunda temporada se enredó en la complejidad. Pero, a la vez, se convirtió en un magnífico ejemplo de su resiliencia. Tras superar una fea lesión de tobillo en octubre, resaltó como uno de los pocos futbolistas que exhibió fiabilidad en un equipo necesitado de un liderazgo más optimista. Como un roto encontrando un descosido, fue justo el verano posterior cuando Robert y Hansi Flick, el hombre que lo condujo a coronar sus ocho Ligas en Múnich con un Triplete, reunificaron sus caminos. Sin duda, goleador y míster fueron el uno un ancla para el otro, pero con el paso de los meses se agravó la disonancia entre un delantero con todo el oficio del mundo pero en evidente declive físico y un Barça que empezaba a despegar hacia la élite a base de velocidad y juventud descarnada. Innumerables jugadas chirriaban al pasar por sus pies, la explosión de jugadores tan vertiginosos como Lamine y Raphinha lo relegaron a un honroso pero más discreto tercer o cuarto lugar en las carreras hacia el área rival y sí, reconozco que yo mismo lo llamé 'Tractorowski' para intentar explicar por qué su presencia diésel era, al menos, discutible en un equipo que pedía combustible de cohetes.

Pero Robert, impasible, siguió marcando goles. Al Madrid, al Atlético, al Villarreal, al Athletic, a la Real, al Benfica, a su Bayern, a su Borussia de Dortmund... Y así llegó a su cuarta y última temporada de contrato: con un triplete de títulos nacionales calentito en el bolsillo, el cariño de una afición que supo exigirle pero también celebrarle e incluso la posibilidad de alargar su vínculo con el Barça. Pero deberíamos haber sabido que un técnico alemán y un veterano de la Bundesliga iban a ser demasiado buenos profesionales como para engañar a nadie. Así que Hansi se jugó la mayor parte de las lentejas de este curso con Ferrán Torres abriendo caminos hacia el gol, y el legendario Robert Lewandowski se despidió ayer del Barcelona de nuevo como campeón, con una sonrisa en la cara y 119 goles para el recuerdo. Y yo jamás podré pensar ya en nadie más cuando escuche aquello de "es polaco el que no bote".

P. D.: Nos vemos en Twitter: @juanblaugrana

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