Hansi Flick celebra el título de la Liga 2025-26 EFE
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El Barça ha sido tan dominante que ni siquiera ha tenido que esperar al buen tiempo para ser campeón de esta Liga. Es la segunda de Hansi Flick, la tercera de Lamine Yamal y la enésima de La Masia, orgullosa y principal razón por la cual el Fútbol Club Barcelona ha atravesado un lustro caminando al filo de la hecatombe financiera pero también campeonando casi, casi como si no pasara nada. Dos goles en la primera media hora del Clásico de ayer bastaron para liquidar a un Madrid de cartón piedra, cuyos símbolos, desde Juanito a Florentino, son manoseados por advenedizos y carcomidos por la herrumbre. Empeñado en el absurdo de que el fútbol sea ajeno al resultado, el club de Chamartín deambulará de aquí a final de temporada como un espectro por los sótanos más oscuros de su abyecto presente, como si la reforma del Bernabéu hubiera consistido en reubicarlo sobre un antiguo cementerio indio.
En el Camp Nou, mientras tanto, un Barça constantemente acusado de endeble y estancado celebra su quinto título en dos temporadas. Su progresión sobre el campo es muy notable. Fermín, Pedri, Gavi o Éric Garcia parecen veteranos con 100.000 horas de vuelo sobre las atribuladas cabezas de los contrarios, mientras Lamine, Cubarsí, Gerard Martín o Bernal trituran la credibilidad de sus aún más cabizbajos críticos. Es obvio que algunos rivales, en especial el Atlético de Madrid, han dado con la fórmula para derrotarlos en una eliminatoria o dos. Pero quebrar el espíritu de esta generación indomable de jugadores azulgranas parece una tarea mucho más compleja. Estaría bien que, al menos de aquí al Mundial, los propagandistas habituales de aquí y de allá nos ahorraran el zumbido inconexo de sus análisis, de la misma forma que Mbappé decidió ayer, con buen criterio, ahorrarse una nueva medalla de subcampeón al cuello.
Dos que se ciscan en lo que farfullan de ellos los agoreros son justo los dos goleadores de ayer, que por cierto pudieron irse al vestuario con un doblete por barba de no ser por Courtois. Para abrir el marcador, el desahuciado Rashford, quien parecía atrapado en una espiral de mediocridad muy sorprendente para un futbolista con su golpeo y su velocidad, esculpió una obra digna de Miguel Ángel en el mármol de una falta directa al borde del área. Fue su rúbrica a una temporada intermitente pero brillante, la cual endereza por fin ese oscuro tránsito de niño bonito a juguete roto del Manchester United. Es dudoso que el Barcelona pueda acomodarlo en la plantilla que viene, pero como poco lo guardará en su Olimpo de cedidos de postín. No por escueto, menos distinguido.
Por su parte, Ferran Torres acabó una nueva combinación rápida dentro del área con otra dentellada a la red, perenne especialidad suya en los Clásicos desde esos tiempos remotos en que llegó del City con, reconozcámoslo, aspecto de salmonete. Una vez más, dio una exhibición de movimientos sin balón, lideró la presión de la delantera y convirtió a los centrales del Madrid en piedra. No sé si alguna vez el barcelonismo llegará a tenerle el respeto que merece, pero es cada vez más evidente que el de Flick se lo ha ganado ya con creces. Y por mí que lo renueven hasta 2037 si ha convencido a Hansi, nuestro Hansi, uno de esos indómitos entrenadores de fútbol que realmente saben ser pasionales y ecuánimes al tiempo. También en el justo equilibrio entre esas dos virtudes, ayer eligió dirigir el partido pese a conocerse pocas horas antes el fallecimiento de su padre, Hans Flick sénior. Sin ninguna duda, hoy puede mirar al cielo y decirle con una sonrisa: "Esto es fútbol, papá".
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