Hansi Flick sonríe en la rueda de prensa previa al Barça-Real Oviedo EFE
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Como Champions no hay más que una y seguramente la gane otra vez un asturiano (con permiso del Atleti, que si no se enfadan, menudos son), el Barça afronta las últimas cinco semanas de la temporada envuelto en el cálido manto de su ventaja en el liderato liguero. Hace ya muchas jornadas que el Real Madrid es, de nuevo, el exclusivo rival digno de tal nombre en la única competición que no depende de una roja a destiempo o un contraataque atinado, sino única y exclusivamente de ser el mejor de todos. El +9 que ondea junto a la bandera azulgrana a falta de siete jornadas por disputarse habla de un magnífico trabajo a punto de culminar. Pero, sobre todo, del impacto de Hansi Flick y su cuerpo técnico en el banquillo azulgrana.
Parece que han pasado cien años desde que Xavi, su hermano y los catedráticos de la Academia Aspire nos decían que con estos jugadores era de todo punto imposible alcanzar un nivel competitivo de élite. Y no se confunda, astuto lector: siempre me pareció razonable que el genio de Terrassa hablara de un equipo en construcción, porque es evidente que sigue siéndolo. Pero resultó poco edificante que precisamente él, dedicado durante toda su carrera a hacer mejores a sus compañeros en cada posesión, no fuera capaz de sacar un rendimiento mayor a un grupo de jugadores muy similar al que ahora vuela a altitud de crucero con Flick pese a las lesiones asociadas a un ritmo de juego más alto y con menos conservación de la pelota, los achaques propios de la edad en los veteranos y los lógicos pecados de juventud en los juveniles.
Desde que se inició la etapa de transición que podemos en justicia denominar "la Era Lewandowski", la función principal del entrenador del Barça nunca fue la gestión de estrellas sino la implementación de un modelo de desarrollo de futbolistas jóvenes que les exigiera lo bastante para mejorar. Era una apuesta arriesgada y que necesitaba una gestión astuta de las exigencias y chifladuras del entorno. Hansi Flick supo leerla con naturalidad, aprovechando la tecnología del fuera de juego semiautomático para dotar al equipo de dos virtudes en una: la primera, un recurso que aliviara su tradicional endeblez defensiva, especialmente peligrosa en una época en la que no hay más dinero para fichar a defensas de jerarquía; y la segunda, la excusa perfecta para organizar una presión coordinada sin tregua. Igual que un padre les quita los ruedines a las bicis de sus hijos, Hansi dejó a los jóvenes y veteranos talentos organizadores y ofensivos del Barcelona de espaldas al abismo, condenados a apoyarse y entenderse o ser señalados por su indolencia.
Por supuesto, las curvas ascendentes de Cubarsí y Lamine Yamal, por encima de todas las demás, han multiplicado las posibilidades de aspirar a los títulos que el Barça ya ha ganado o está cerca de ganar en estas dos últimas temporadas. Pero el rendimiento de otros canteranos como Gerard Martín, el mismo Fermín López o Marc Bernal tampoco ha sido casualidad. Flick ha logrado con éxito, pese a tener recursos más limitados que otros entrenadores blaugranas recientes, trascender un sistema hasta convertirlo en ecosistema, propiciando el crecimiento orgánico, la selección natural y, al mismo tiempo, que el Real Madrid se mire con fastidio la medalla de subcampeón en todas y cada una de las tres finales que ha disputado contra el Barça desde que llegó el alemán. Los próximos pasos son ratificar su segunda Liga consecutiva y, si la caja lo permite, fichar a un par de futbolistas hechos y derechos para reducir decisivamente la distancia entre titulares y suplentes cuando se acumulan los comunicados médicos. Como todo lo ya conseguido, será más difícil de lo que al barcelonismo le gustaría, pero el fruto del trabajo hecho hasta ahora es palpable: cuando el Barça cayó eliminado de la Champions, la inmensa mayoría de su afición ya estaba deseando verlo jugar contra el Celta. Como dijo Guardiola, la Liga es la vida. Y, al contrario de lo que dijo Arbeloa, la primavera es para el que se la trabaja.
P. D.: Nos vemos en Twitter: @juanblaugrana