Fermín López celebra el gol de Ronald Araujo en el Barça-Rayo Vallecano EFE
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El esperado verbo del regreso al Camp Nou se ha hecho carne con estruendo fallero durante la última semana. Ya se barruntó en la remontada inconclusa de las semifinales de Copa contra el Atlético el chispazo de enamoramiento entre un Barça aún exiliado en espíritu y un estadio todavía repleto de hormigón y escarcha. En los dos partidos siguientes, disputados ambos en el creciente coliseo azulgrana, el mismo Sevilla que derrotó a los de Hansi Flick por 4-1 en la primera vuelta se llevó cinco goles. Y el Newcastle, convencido de que con pierna fuerte y músculo largo podía seguir fingiendo que no se le acaba la calidad en Gordon y Tonali, se comió nada menos que siete. Ayer, en el último vermú antes de irnos, el Barcelona despachó a un Rayo tan incisivo y sólido como de costumbre con un gol a balón parado en el único error defensivo reseñable de Pathé Ciss: pensar que Araújo ya no es un hombre de hierro sino de arena.
Incluso con el escueto resultado ante los vallecanos, si nos limitamos a 'boxscorear', como dicen los seguidores de la NBA, podría pensarse que el Barça ha llegado al último parón de selecciones (basta ya, por caridad) poco menos que volando. Pero ni la sostenida ventaja en Liga sobre el Madrid ni la mayor goleada en una eliminatoria de Champions desde el 7-1 al Leverkusen del recordado repóker de Messi son tan frondosas como para no dejarnos ver el bosque. Esto es, que las bajas en la defensa azulgrana son más decisivas de lo esperado, que alinear regularmente a tres juveniles sobre el campo -a veces cuatro- habla de una cantera excepcional pero no precisamente de una plantilla lujosa, y que menos mal el acierto con el portero, porque lo del delantero centro del Barcelona es, en este 2026, asunto dramático.
La realidad es que la tragaperras de los rivales sigue caliente cuando echan la moneda a los balones profundos a la espalda de los laterales, los centros al segundo palo y la pelota parada. Seguramente porque Balde y Koundé tienen mucho más peso defensivo del que a menudo se les quiere reconocer. Y también porque el valor del ejercicio colectivo de la presión tras pérdida depende en exceso de los nombres en la hoja de alineaciones: su cotización sube con Éric, Raphinha, Pedri, Ferran y Fermín, pero se desploma con Lewandowski, Olmo, Rashford, Cancelo y Ronald.
Así las cosas, el Barça juega a tumba abierta bastante por encima de sus posibilidades, aún más encomendado si cabe a Sant Joan y al fuera de juego semiautomático, y con una efectividad goleadora que oscila entre la nada y el tsunami de manera muy poco anticipable. El gran problema es que con esta forma de jugar el equipo amontona esfuerzo sobre esfuerzo hasta el sobreesfuerzo final. Así las cosas, incluso una leve molestia se solventa con un cambio prudente y, como se decía en el siglo XX, muy a menudo parece que le van a faltar tres pesetas para el duro. Lo más duro, irónicamente, viene justo ahora. Y encima vuelve De Jong.
P. D.: Nos vemos en Twitter: @juanblaugrana