Pedri, con el brazalete de capitán, en el Athletic Club-Barça

Pedri, con el brazalete de capitán, en el Athletic Club-Barça FCB

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Manual de resistencia

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En estos tiempos de asedio que vivimos, en los cuales ningún lugar parece seguro y casi todos los futuros posibles se vislumbran tétricos, nada como el fútbol para recordarnos el valor de la resistencia. No hablamos de la mera supervivencia, sino de esa clase de determinación que reaviva incluso la llama de esperanza más tenue y la alimenta hasta convertirla en deflagración. El Barça sabía que estaba eliminado de la Copa del Rey tras el sumarísimo 4-0 de la ida en el Metropolitano, pero si algo está grabado en el ADN azulgrana es que las formas importan. Incluso cuando parecen un brindis al sol más abrasador.

Ni siquiera en este fútbol carcomido por el pragmatismo del negocio es lo mismo claudicar que ser derrotado. Porque la primera opción subraya la impotencia del vencido, mientras que la segunda convierte al secundario olvidable de la película del vencedor en protagonista de su propio destino. Incluso siendo nefasto, en ese gobierno de la identidad propia se encuentra la diferencia entre la irrelevancia y la irredención.

Los de Flick tenían casi imposible restañar el resultado de la eliminatoria, pero se las arreglaron para cambiar su historia de arriba a abajo. El 3-0 en un Camp Nou enardecido no fue una victoria pírrica, sino un sacrificio a mayor gloria del fútbol. Sirvió para descorchar de nuevo a Marc Bernal, el pivote que ya fue una vez elegido por Hansi y descartado por la fortuna. También para medir a Pedri y Raphinha, formidables incluso en el temible alambre entre la mínima preparación y la máxima exigencia. Y, sobre todo, para recordar al barcelonismo que este equipo se descose pero nunca se quiebra.

Vaciado y roto pero también temido y ovacionado, menos campeón que el día anterior pero también mucho más equipo, el famoso Fútbol Club Barcelona llegó a San Mamés con los tendones como piedras y los pies en carne viva dentro de las botas. En las gradas del gran estadio de Bilbao, una presunta catedral convertida en mezquina sacristía por la frustración cerril de sus parroquianos, zumbaban los ya habituales coros de aborrecimiento. Y parecía que la endeble ofensiva del Barça estaba a punto de desmoronarse en cada jugada. Sin embargo, Flick sacó su vena de gran compositor alemán a pasear y aplicó los dos mejores remedios contra la barbarie: el centro del campo y el metrónomo.

Tras cuarenta y cinco minutos de adagio contenido entre Bernal, Olmo y Casadó, el técnico del Barcelona entregó la batuta a Pedri, la banda a Raphinha y la percusión a Fermín para recuperar el vivace y generar al menos un par de ocasiones claras. Bastó una, resuelta con la máxima calidad por Lamine Yamal, para dejar al león disecado y el pabellón de la Liga en ristre. No me cabe duda de que desde ayer, en cada habitación del hotel del Barça en Newcastle, los jugadores leen antes de dormirse unas cuantas páginas de su nuevo y flamante manual de resistencia.

P. D.: Nos vemos en Twitter: @juanblaugrana