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Durante años, desde Madrid se nos explicó, con una mezcla de condescendencia y fastidio, que lo del Barça era una milonga. Decían que eso del balón como protagonista, la posesión, la iniciativa y el ataque como forma de vida no pasaba de ser un cuento bien narrado. Un relato adornado, una campaña de marketing para vender un hecho diferencial inexistente. El fútbol, decían, se gana con pegada, con gen competitivo y con escudo. Lo demás era poesía para consolar a los que no ganaban.
Pues bien: la poesía acaba de fichar al mejor centrocampista del planeta.
Rodri es el futbolista que ha dominado el Mundial, el mediocentro que cualquier entrenador querría en su pizarra. Tenía sobre la mesa una oferta suculenta del todopoderoso Real Madrid: dinero, focos, el escaparate del Bernabéu. Y dijo que no. Eligió el Barça. No lo escogió por la nómina ni por la nostalgia, sino precisamente por aquello que en Madrid llevaban años despreciando: el estilo. Un futbolista que piensa el juego sabe dónde va a disfrutar. Y sabe que el fútbol de posesión, posición y presión del Barça es el ecosistema natural de quienes entienden este deporte como un ejercicio colectivo de disfrute.
Resulta que no era marketing. Era identidad. Y resulta que esa identidad es, hoy, la más atractiva del mundo para los mejores.
El ‘no’ de Rodri admite muchas lecturas, pero hay una que escuece especialmente en Concha Espina: es un rechazo al individualismo. Rechaza el vestuario de estrellas que compiten por su propio lucimiento, que rivalizan por la portada del día siguiente y que, entre bicicleta y taconazo, olvidan que esto va de once. Rechaza también un modelo en el que el plan de partido consiste en esperar a que alguien se invente algo, porque el libreto táctico de Mourinho hace tiempo que amarillea en algún cajón.
Y cuando no hay fútbol, hay excusas. Es la ley más antigua de este deporte. En Madrid llevan meses entonando una retahíla que ya se recita de memoria. Que si Negreira, que si los árbitros les pitan mal, que si LaLiga les perjudica con los horarios, que si el Comité anuncia la sanción a Vinícius dos horas antes de un partido de Champions, que si el nombre del árbitro del Clásico se filtra dos días antes… Cada semana trae un agravio nuevo, y cada derrota, un culpable externo.
Es un discurso ridículo. Y, sobre todo, impropio de su historia. Es el lenguaje de un equipo pequeño, del que habla de todo para que nadie hable de lo único que importa: que no juega a nada.
El victimismo como cortina de humo, la queja como sistema táctico.
Los números, además, son tozudos. El Madrid lleva dos años y medio sin levantar un título. Mientras tanto, el Barça le ha ido ganando Ligas, Copas del Rey y Supercopas con una regularidad que ya ni siquiera sorprende. La única fiesta que se ha visto en Cibeles en este tiempo es la que se monta cada vez que el Barça cae en la Champions. Rezan durante todo el año para poder “celebrar” las derrotas ajenas porque las victorias propias no llegan.
Ahí está el fondo del asunto. Ahí está el complejo. Hay quien vive el fútbol con los dedos cruzados todo el año, esperando a que el eterno rival tropiece en Europa para sentir que la temporada ha merecido la pena. Y hay quien lo vive cada tres días, disfrutando de un equipo que juega bien, que ataca, que marca goles, que divierte y que convierte cada partido en un motivo para ir al campo. No hace falta ser un genio para saber cuál de las dos opciones es más sana. Rodri, desde luego, lo tiene claro.
En Madrid lo llamarán casualidad. Dirán que es una excepción, que el mercado es caprichoso, que los grandes volverán a vestirse de blanco. Puede ser. Pero el mensaje está enviado y es nítido: cuando el mejor futbolista del Mundial puede elegir, elige jugar al fútbol. Elige el balón. Elige el colectivo. Elige el Barça.
Lo de enfrente tiene un nombre, y no es nuevo: barcelonitis. Es un complejo que solo se cura de una manera, jugando mejor. Mientras no lo entiendan, seguirán mirando hacia Barcelona con el ceño fruncido, buscando árbitros, horarios y conspiraciones donde solo hay una cosa. Fútbol. Del bueno. Del que ellos ya no tienen.