Esta es la pregunta que el pasado sábado hacía el tal Mario Lemina, jugador del Galatasaray que el martes no compareció sobre el césped del Ali Sami Yen. Surrealista y muy poco inteligente por su parte pero, aunque no sea necesario, se lo podemos explicar.
Lamine es campeón del mundo y de Europa con España, campeón de Liga, ganador de la Copa y la Supercopa con el Barça. Fue elegido mejor jugador de la Eurocopa, Golden Boy, trofeo Kopa y esta temporada suma ya 16 participaciones de gol con el Barça: ocho goles y ocho asistencias. Y, por cierto, solo tiene 19 años. 19.
Lamine no necesita presentarse a nadie. No necesita que un rival le haga publicidad ni que le cuelguen una pancarta con su nombre. Su fútbol habla por él, y en Estambul volvió a dictar sentencia. Quizá la frase de Lemina fue la mecha que encendió al crack de Rocafonda en el infierno de Estambul y es que Lamine es mucho Lamine.
Si Mario Lemina quería conocer a Lamine Yamal, ahora ya sabe cómo las gasta. Y, cada vez que escuche el nombre del 10 del Barça, que recuerde una cosa: hay preguntas que es mejor no hacer y más si no estás preparado para una respuesta como esta.
Más que una victoria en el infierno
El Barça tenía que demostrar que esta temporada está preparado para conquistar Europa, y empezó haciéndolo en Estambul. Porque en el Ali Sami Yen no bastaba con jugar bien, tener el balón y hacer circular al equipo. El equipo tenía que tener personalidad, sangre fría y, sobre todo, mucho carácter competitivo.
El Galatasaray era, probablemente, una de las pruebas más exigentes que le esperaba al Barça en esta fase regular en un estadio que ruge y con una afición que presiona como pocas convirtiendo cada balón dividido en una batalla.
Este Barça nos ha acostumbrado a atacar, a presionar y a convertir los partidos en una exhibición ofensiva. Ahora bien, la Champions no se gana solo goleando a los rivales cuando todo va de cara. También se gana cuando el partido quema, cuando las piernas pesan y cuando el estadio entero intenta enviarte al abismo.
Y así lo hicieron. En Estambul vimos a un Barça valiente, ambicioso y con hambre de Champions. Un equipo que no se hace pequeño ante de nadie y que se crece a base de fútbol ante las adversidades.
Las noches grandes europeas no se ganan sólo con los pies. También se ganan con cabeza, el corazón y con carácter y, este equipo, va sobrado de todo esto.
Muchos milagros y poco fútbol
En Roma, el Real Madrid volvió a demostrar que, cuando el fútbol no le alcanza, siempre puede encomendarse a los milagros. O a la fortuna. O a esa misteriosa fuerza sobrenatural que parece acompañar indefinidamente a los blancos en la Champions.
Durante buena parte del partido, el Madrid fue un equipo lleno de dudas, desconectado y vulnerable, incapaz de controlar a una Roma que lo tenía contra las cuerdas. Pero cuando parecía que los gladiadores romanos estaban a punto de dictar sentencia en el Olímpico, apareció el guion de siempre: remontada agónica, épica blanca y salvación en el último suspiro.
Del 3-1 al 3-4. Tres goles en los últimos minutos para convertir una noche que olía a naufragio en otra exhibición de madridismo milagroso.
Y ojo, porque esto ya empieza a convertirse en la tónica de esta temporada. Partidos grises, fútbol inexistente y, cuando parece que llega el castigo, aparece ese golpe de fortuna que lo tapa todo y que suele llevar el sello de Carlos Espí.
Después nos hablarán del carácter, de la mística y del escudo. Y sí, remontar también tiene mérito. Pero no siempre se puede vivir de milagros. Porque una cosa es ser el rey de las remontadas y otra muy distinta es necesitar una remontada cada semana para disimular que tu fútbol hace aguas.
