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Leo Messi se despide de Argentina sin tener resuelta su reconciliación con el Barça

Leo Messi se despide de Argentina sin tener resuelta su reconciliación con el Barça Víctor Malo CULEMANÍA

Hablemos del Barça

Comparaciones odiosas

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Dicen que las comparaciones son odiosas, pero a veces el fútbol las sirve en bandeja. La misma semana de octubre nos ha dejado dos despedidas opuestas, la de los dos futbolistas que han dominado una época. Una, a la altura de la leyenda. La otra, impropia de ella.

Leo Messi se fue de la albiceleste como vivió en ella: sin ruido, con el balón cosido al pie y un discurso estructurado desde el corazón, sin conferencias ni guiones, y el Monumental le devolvió veinte años de entrega con 90.000 gargantas. En su último partido no hubo exhibición de vanidad, sino lo de siempre: un gol y dos asistencias. Hasta el final, regalando goles a los compañeros. Habló de ellos más que de sí mismo y pidió unión para cuando lleguen los días difíciles. Tras perder la final del Mundial ante España, se marchó en el momento justo, antes de que nadie tuviera que insinuarle la puerta.

Esa ha sido la carrera de Messi. Humildad, modestia y una generosidad que ponía su magia al servicio del equipo. Fue el mejor del mundo durante más de una década y nunca necesitó exigir que se lo reconocieran. Su manera de reivindicarse era pedir el balón, ponerlo en el centro y marcar diferencias cada domingo. Los títulos y los récords vinieron luego, casi como una consecuencia natural.

Cristiano Ronaldo ha sido un futbolista enorme y un goleador formidable, y nadie con memoria lo discutirá. Pero su etapa final ha dejado al descubierto lo que el éxito escondía. Abandonó la concentración de Portugal tras su choque con Jorge Jesús, y después publicó un comunicado en el que admitía haber redactado un texto de ocho puntos para que su propio seleccionador lo leyera ante la prensa. En una de esas frases, el técnico debía confesar su error por haber hecho calentar a alguien “de la talla de Pelé o Maradona” sin sacarlo al campo.

Exigir a tu entrenador que te compare públicamente con Pelé y Maradona no es grandeza, es inseguridad. Es el gesto de quien, después de haberlo ganado casi todo, sigue necesitando que se lo certifiquen. El que no para de exhibir que lo tiene todo suele revelar, en realidad, que le falta lo único que no se compra: la tranquilidad de saberse importante sin tener que proclamarlo. Faltó al respeto a su seleccionador, a sus compañeros y al grupo. Y Portugal, para mayor ironía, ganó sin él. Merecía una salida por la puerta grande. Ha elegido la de servicio.

El mismo cruce de caminos se dibuja ahora entre Lamine Yamal y Kylian Mbappé.

Lamine es un futbolista excepcional que todavía tiene edad de juvenil, y eso explica algún gesto de frustración. Pero lo relevante es cómo responde. Cuando Flick le exigió trabajar más para alcanzar el siguiente nivel, le subrayó la importancia de la presión sin balón y le recordó que el fútbol no es solo lo que se hace con balón. El chico no se escondió. Ha mejorado en la presión y en el repliegue, lo que pocos cracks aceptan a esa edad, y ha encajado los tirones de orejas con una madurez que habla bien de él y de quienes lo rodean. Juega para el equipo, no para su reel de Instagram.

Mbappé transmite lo contrario. Después de una segunda vuelta muy discreta con el Madrid en la que parecía reservar lo mejor de sí mismo para el Mundial, las últimas semanas han sido un catálogo de despropósitos. Durante su recuperación, se paseó en bicicleta en las redes sociales después de que Mourinho hubiera advertido públicamente contra ese tipo de actividades, y viajó a París en plena semana de trabajo. Según se ha publicado, el portugués tuvo que reconvenirle en privado. Ni un Mourinho de perfil bajo parece capaz de cuadrarlo, ni Mbappé muestra intención de cambiar. Va por libre, aparece cuando quiere y su compromiso empieza a ser una pregunta en el Bernabéu.

Dos estilos que no podrían ser más distintos. Y quizá no sea casualidad que Messi y Lamine compartan algo más que la camiseta. Ambos crecieron en La Masia, donde antes de enseñar a regatear se enseñan valores humanos y que el escudo de delante pesa más que el nombre de detrás. Hay comportamientos que no salen en las estadísticas. Pero acaban decidiendo cómo te recuerda la historia.