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Joan Laporta, en la asamblea de compromisarios

Joan Laporta, en la asamblea de compromisarios V.M. CULEMANÍA

Hablemos del Barça

La cornisa de las promesas rotas

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Hay juntas que se equivocan y juntas que no cumplen. La de Joan Laporta pertenece, con méritos acumulados, a la segunda categoría. La asamblea del pasado sábado no destapó un error de cálculo. Destapó un patrón.

Empezó antes de llegar al palco. La candidatura aseguró que el aval estaba listo para depositarse al día siguiente de ganar. No lo estaba, y hubo que tantear a las grandes fortunas de Cataluña en busca de avalistas externos para poder tomar posesión. En campaña se prometió renovar a Messi y después se le cerró la puerta. Se dijo que los abonos no subirían, y han subido. Se aseguró que el Camp Nou estaría listo en noviembre de 2024, y ahora el horizonte es 2028.

Ni siquiera sus propias cuentas resisten la prueba. Cada presupuesto anuncia beneficios y cada cierre trae pérdidas: tres ejercicios seguidos con números rojos. A cualquier otra junta eso le habría costado el cargo, porque los estatutos obligaban al cese. A esta no, porque suspendió ese artículo al amparo de la pandemia. Si de verdad "han salvado al Barça", lo coherente sería devolverle su vigencia. Tampoco volvieron las asambleas presenciales que Laporta prometió a los socios. Su palabra, otra vez, papel mojado.

Limak, la gran apuesta

La elección de Limak se defendió con dos argumentos: haría la obra más rápido y más barato. La comisión de expertos del propio club le había dado la peor calificación técnica. Jordi Llauradó dimitió porque sabía adónde llevaba esa decisión, y el tiempo le ha dado la razón. Algún día se sabrá el por qué de ese interés personal de Joan Laporta y Elena Fort en los turcos.

Dijeron que del préstamo inicial del Espai Barça de 1.450 millones, unos 900 eran para el estadio y el resto para el Palau y otros equipamientos. Ahora se piden 500 millones más (300 para el Espai Barça y 210 millones en forma de bonos porque la tesorería ordinaria es insuficiente para pagar los intereses) y se admite que el Palau no está incluido. La conclusión es aritmética: el Camp Nou costará cerca de 2.000 millones, el doble de lo previsto. Un desvío del 100%.

Y encima, para contener la sangría, se recortan calidades. Una persona que conocía a fondo el proyecto explica que la fachada llevaba, inicialmente, bastantes menos lamas de las previstas. Ahora con la colocación de muchas menos y que la separación entre ellas es tan amplia que miles de palomas tendrán dónde anidar.

La mentira del Palau

Los incumplimientos indignan, pero engañar al socio es más grave. Durante años, quienes sostuvimos que el Palau no figuraba en el préstamo fuimos tachados de malos barcelonistas. La hemeroteca es tozuda:

En octubre de 2024, la directiva dijo que las obras del nuevo Palau se iniciarían en el primer trimestre de 2025 y se acabarían a principios de 2028. En septiembre de 2025, Josep Cubells, directivo de baloncesto, aseguró que el Palau estaba "dentro del proyecto del Espai Barça”. A veinte días de las elecciones, el tesorero Ferran Olivé mantenía que el Palau estaba "en principio" en el presupuesto y que se pagaría con el sobrante del Camp Nou. ¿Qué sobrante, si hacen falta 500 millones más para acabarlo? Hoy la junta admite lo que negó. El Palau no estaba incluido y 4 años después todavía no hay proyecto ni inversor, y en el mejor de los casos las obras empezarán en 2028 y los ingresos y la explotación será un tercero que se forrará a costa del Barça. Las secciones, una vez más, a la cola.

El precio de la cornisa

El balance es el de una dilapidación en toda regla:

2680 millones de deuda financiera, más los 1.450 del Espai Barça son 4.000 millones de deuda total que con esta dinámica seguirá creciendo en lugar de recortarse. Un patrimonio neto negativo de 168 millones. Un fondo de maniobra negativo de 400 millones. 1.000 millones de ingresos futuros ya quemados.

Los intereses y la deuda a corto plazo, que deberá refinanciarse en breve, acabarán devorando al club. Los actuales dirigentes, que dentro de cinco años ya no estarán, admiten que caminan por una cornisa financiera. Lo fían todo a que el Camp Nou sea una mina de oro. ¿Saben los socios abonados qué significa eso? Que el disparatado precio de las entradas acabará trasladándose a los abonos. Y que muchos tendrán que olvidarse de disfrutar de su propio club, como lo han hecho hasta ahora.