Tal como avanzamos en la primera jornada liguera y con un mercado de verano todavía abierto, Hansi Flick, como buen alemán, es cuadrado con sus ideas: tiene a rajatabla Alejandro Balde y no piensa levantar el castigo.
Ni la ficha ni las prisas ni la fama que corre en torno al catalán de la Verneda han beneficiado su adiós del FC Barcelona. Pero el plan no ha cambiado, en ningún caso, para Flick. No lo quiere ver ni en pintura y tampoco perdona el desdén del último aniversario de Lamine Yamal, donde Balde fue de los que lideró una disciplina contraria a la que exige el míster. Como ya dije anteriormente, el leitmotiv de Flick es meridiano: sacrificar a Balde, para salvar a Lamine.
Pero la cosa, a estas alturas, ya no queda aquí. Igual que Ansu Fati, en su momento, parece que Balde ha tirado la toalla y ha entrado en un efecto dominó muy peligroso si no se reconduce. Flick, con el castigo permanente que le aplica, lo toma como ejemplo para el resto del grupo. En paralelo, Balde tampoco hace méritos para que el técnico se lo replantee. Jules Koundé está señalado por un tema de no encaje en el juego actual, pero no tiene encima la espada que lo apunta y lo retrata partido tras partido.
Xavi Espart es bueno, pero debe mejorar. En defensa, igual que en los inicios de Pau Cubarsí, le falta el temple para convertirse en un buen lateral, más allá de sus aportaciones defensivas. Y Joao Cancelo, en el último partido frente al Levante, en ningún caso era la pieza que necesitaba Flick para sustituir a Espart. Es en esta jugada donde se necesitaba un lateral puesto en su papel, el de la defensa. Pero en este escenario, Flick decidió poner a Balde y sacrificó un resultado que se podría haber puesto muy crudo a escasos minutos de terminar el partido.
Todo ello, debe hacer ver el vaso medio lleno a Balde: su mejor versión, la que vimos hace tres temporadas, es infinitamente más preferible que la de sus sustitutos, incluso los que emergen ahora, que son buenos y tienen ganas de comerse el mundo. Quizás puede aprovechar la carambola de haberse quedado, mínimo hasta la próxima ventana de mercado invernal, para salvarse y cambiar un escenario imposible, a priori, de revertirse.
