Pásate al MODO AHORRO
Hansi Flick, en el banquillo del Barça durante un partido

Hansi Flick, en el banquillo del Barça durante un partido EFE

Hablemos del Barça

Flick, el alquimista

Publicada
Actualizada

Llegó con la etiqueta cosida a la espalda: alemán, vertical, pero ajeno a la liturgia de la casa. “No tiene ADN Barça”, se dijo en las tertulias antes incluso de que dirigiera un solo entrenamiento. Hoy conviene admitirlo sin rodeos: el ADN Barça tiene acento alemán, y no se ha desvirtuado ni un gramo. Se ha reforzado.

Porque lo primero que entendió Hansi Flick, y lo entendió desde el primer día, es que aquí el estilo no es un adorno ni una herencia que se exhibe en el museo, es un método. Y su método se resume en tres palabras que cualquier culé reconocería como propias: presión, posesión y posición. Las tres P. Presionar arriba, muy arriba, con una línea defensiva que vive al filo del abismo y que ha convertido el fuera de juego en una obra de ingeniería. Tener el balón, pero tenerlo para hacer daño, no para acunarlo. Y ocupar bien el campo, que es la más invisible de las virtudes y la que sostiene todas las demás.

Lo que distingue a este Barça no es que juegue bien: es que juega sabiendo. Cada futbolista que recibe ya sabe dónde está el hombre libre antes de que le llegue el balón, y sabe hacia dónde debe moverse cuando se desprenda de él. Eso no sale solo. Eso se entrena, se repite y se exige. Flick ha devuelto al equipo algo que se había perdido entre tanto debate identitario: los automatismos y la velocidad de ejecución. La sensación de que once jugadores están leyendo el mismo guion a la vez.

Y ahí está el otro gran mérito, el que a mi juicio lo eleva a la altura de los mejores entrenadores que haya pasado por el banquillo en los últimos años, como Pep Guardiola o Luis Enrique.

Flick no ha construido este equipo con la plantilla que pidió. La ha construido con la que le dieron.

Se marchó Iñigo Martínez y nadie trajo un central zurdo. Cualquier otro habría abierto el telediario reclamando fichajes. Flick cogió a Gerard Martín y lo reconvirtió en central por el perfil izquierdo. Y funcionó. No de milagro: funcionó porque el técnico vio en él lo que otros no veían y porque supo ponerlo en un contexto donde sus virtudes pesaran más que sus carencias.

No llegó el lateral izquierdo que reclamó. Solución: se inventa un lateral zurdo sacando a Xavi Espart, lateral diestro del filial, y lo lanza por la izquierda. Tampoco llegó refuerzo para el costado derecho. Solución: Eric García, central de formación, convertido en carrilero. Ni una queja pública. Ni un mensaje envenenado en rueda de prensa. Ni una sola coartada preparada por si las cosas salían mal.

La última pincelada es la más audaz. Poner a Raphinha de delantero centro cuando parecía intocable en la banda, y cuando había argumentos de sobra para pensar que ese puesto era de Olmo o incluso de Lamine. El brasileño se está saliendo: ataca los espacios como pocos, siempre hace el control con ventaja —ese detalle de élite que separa al bueno del enorme—, es tremendamente eficaz de cara a puerta y, además, es el primer defensor del equipo. Su implicación en la presión es la que marca el listón para los otros diez. Un nueve que corre hacia atrás es un lujo; un nueve que además mete goles es un problema irresoluble para el rival.

Súmense los títulos, que están ahí y que no son poca cosa, y el retrato queda completo. Pero lo que verdaderamente define a Flick no es el palmarés: es la actitud ante la adversidad. En un club donde quejarse es casi un deporte federado, donde siempre hay un culpable a mano —la junta, el mercado, el calendario, el árbitro—, ha aparecido un entrenador que mira el problema, se calla y lo resuelve. Que no gasta ni un minuto en lamentarse por el central que no llegó, porque está ocupado fabricando uno en el campo de entrenamiento.

Eso no es suerte. Eso es talento, criterio y una confianza descomunal en el trabajo diario. Flick es un genio. Y lo mejor es que no parece acusar el desgaste y sigue con la maleta llena de ambición.