Hay amores que matan, dicen los más expertos. Otros que llegan y se quedan o los que pasan y te marcan para toda la vida. Este es el tipo de amor que impregnó Pep Guardiola al culé. Inolvidable. Para recordar eternamente, para llenarse la boca de elogios y decir cómo Pep aceptó sin rechistar la oferta de Joan Laporta. “A que no te atreves”, creo recordar que le dijo al presidente. Y con él, y con Tito Vilanova a su lado, comenzó la gran última etapa del Barça.
Por eso cuando hoy Pep habla de haber perdido la pasión no solo por la estimada esposa madre de sus hijos, duele. Pero es un dolor que sentimos porque creemos que también salpica directamente a su fenomenal trabajo como entrenador brillante que lo ha catapultado como uno, sino el mejor, de todos los tiempos. No solo en el Barça o en la Liga española. También en Alemania con el Bayern o en Inglaterra con el Manchester City.
Duele estar perdiendo a un grande, un técnico que dignificó la profesión, que fue directo con aquellos rivales, como Mourinho en sus mejores tiempos, que rompió el Bernabéu hasta el punto de arrancar una ovación, de no dudar a la hora de elegir a jóvenes de la cantera. Duele que después de tanto éxito esté pasando por un momento agrio. No lo merece. Duele y tanto como cuando se fue Messi.
Sientes ese amor que puede no haber sido tuyo pero te hicieron sentir.
