Hay fotografías que tardan años en revelarse del todo. Aquella en la que Leo Messi sostenía en brazos a un Lamine Yamal bebé, chapoteando en una bañera, no era una postal tierna del Barça de las buenas familias. Era una profecía. El dios del fútbol mundial bautizando, sin saberlo, al niño que un día heredaría su cetro. Y no hay altar más solemne para un traspaso de poderes que una final del Mundial. Allí, entre focos y confeti, debe cerrarse el círculo que empezó en aquella pila de agua tibia. Ningún club más que el Barça puede presumir de la calidad suprema de sus productos fabricados en la Masía.

Los culés todavía no medimos bien la suerte que tuvimos. Disfrutamos de Messi tanto y tantos años que lo convertimos en paisaje, en algo que estaría siempre, como el césped del Camp Nou. Y lo dimos por descontado hasta que dejó de estarlo. Hasta que, con la excusa del Fair Play y de unas cuentas imposibles, el presidente que prometió su continuidad le enseñó la puerta y le hizo llorar, todo porque no quería tener ese contrapoder en el club cuando no era el problema sino la solución. Leo dio lo indecible por el Barça hasta que una decisión lo empujó fuera. Lo demás lo hemos visto desde el sofá y con un nudo en la garganta: un Mundial levantado en Qatar, otra final alcanzada, un Balón de Oro más, y la condición intacta de icono planetario y activo comercial que cualquier club del mundo mataría por explotar.

Por eso ahora, viéndolo triunfar lejos, el barcelonismo empieza a nombrar en voz alta el error mayúsculo. Messi no tenía contrato cuando llegó la nueva presidencia. Era terreno abonado para retenerlo. Y en lugar de eso se le dejó marchar del que debía ser su único club. Lo más doloroso no es lo que perdimos con Leo; es lo que nunca veremos: Messi y Lamine Yamal en el mismo once, el maestro y el aprendiz tejiendo una época que se quedó en condicional. Se nos robó ese Barça. Y encima, para sostener lo insostenible, se hipotecó la casa con palancas y créditos que serán una losa durante veinte o treinta años, que ni dos Ligas compensarán. Con Leo dentro, gratis, quizá nada de esa ingeniería financiera habría hecho falta.

Porque las cuentas siguen sin cuadrar, solo que ahora con peor cara. No se entiende que el club amplíe su deuda pidiendo dos créditos de 210 millones a inversores para tapar los agujeros de tesorería y, a la vez, saque pecho anunciando que fichará a Julián Álvarez por una millonada que no vale. Se venden humo y titulares mientras se firman intereses. Se presume de músculo con dinero prestado, que ya devolverá en 2036 el que venga. Es la contabilidad del que se arruina con estilo.

Mucho más comprensible —que no admirable— resulta la vía Adeyemi. Si Jorge Mendes ha colocado a su discípulo Deco como director deportivo del Barça y a su hombre de confianza en el Rio Ave, Joao Amaral, al frente del scouting del club culé, lo lógico es que empiecen a caer, uno tras otro, jugadores que casualmente representa Mendes. Karim Adeyemi es el primero de una lista que se escribe sola. El siguiente, apuesten, será Joao Cancelo —también de la escudería— fichado ahora en propiedad para inaugurar su tercera etapa en el club. No es planificación deportiva: es un catálogo con membrete de agencia.

Y mientras tanto, el presidente, el mismo que empuña la bandera del independentismo cuando le conviene y que en campaña electoral dice que "nunca" ha sentido "la llamada de la selección" y, ahora que laRoja levanta pasiones, se planta en Nueva York a animarla y a proclamar en los medios que ganaremos "porque tenemos mejor equipo". El giro no sorprende a nadie que conozca la casa. Muchos ven en ese timón oscilante la mano de su cuñado, Alejandro Echevarría, que sigue mandando en el Barça sin cargo alguno. Es como si el presidente del Gobierno instalara a su cuñado a dirigir el país con despacho y mando, pero sin acta ni firma, para no tener que rendir cuentas jamás ante el Congreso. Poder sin responsabilidad. Decisiones sin dueño.

Volvamos a la bañera. A aquel agua donde un genio sostenía a un niño. La profecía se cumplió: Lamine ya reina. Lo que no estaba escrito es que lo hiciera para tapar la nefasta decisión de dejar marchar al D10S que lo bautizó, y que hoy, ese responsable, fía el futuro del club a los créditos, a los amigos del agente y a un cuñado sin cargo. La foto era un sueño que alguien, al que solo le mueve el poder, evitó que se convirtiera en realidad.