Segundo gol de Maradona a Inglaterra.jpg
Argentina alucina con Leo Messi. Es el futbolista más admirado e idolatrado desde que la albiceleste ganó el Mundial de 2022 en Qatar. A sus 39 años, Messi es el líder espiritual de una selección que, con más carácter que fútbol, sueña con ganar su cuarto título.
Messi ya no es "el mayor pecho frío de la historia" del fútbol argentino. Hoy come en la misma mesa que Diego Armando Maradona. Hoy, Argentina idolatra a su estrella, al futbolista que alumbra a un combinado que no seduce, pero gana. La Argentina de Messi es como el Ave Fénix. Siempre resurge de sus cenizas, como bien sabe Egipto.
Lionel Scaloni, el seleccionador argentino, está en manos de Messi. Nadie discute su autoridad. Durante dos décadas, o casi, Leo ha sido el mejor jugador del mundo, campeón de todo. Ni Pelé, ni Cruyff ni Di Stéfano ni Maradona estuvieron tanto tiempo en la cima.
El amor de Argentina por Messi es racional. Mucho más pasional y exagerado era el que sentía por Maradona, el futbolista del pueblo, el futbolista que siempre se rebeló contra la autoridad. Ya fuera para atizar a Josep Lluís Núñez en el Barça o para destrozar a Joseph Blatter, expresidente de la FIFA. "Si yo hubiera abrazado a Blatter sería de la familia de la FIFA, pero sería un hijo de puta", fue una de sus frases más elocuentes.
Maradona se rebelaba contra el poder y la autocracia del fútbol. Insultaba a los dirigentes más poderosos y se abrazaba con Fidel Castro mientras exhibía un tatuaje del Che Guevara. A diferencia de Messi, que nació en el seno de una famila de clase media, El Diego siempre presumía de haber nacido en un barrio privado: privado de agua y de electricidad. Leo, en cambio, forma parte de la industria del fútbol.
Messi es querido y respetado por todos. Maradona era mucho más visceral, pero él mejor que nadie supo conectar con las clases más desfavorecidas, que le perdonaron sus excesos y sus pecados. Nunca quiso ser ejemplo de nada, pero toda Argentina se agarró a él en el gran duelo de la albiceleste contra Inglaterra en México, cuatro años después de la Guerra de las Malvinas.
Cuentan sus antiguos compañeros que Maradona, siempre tan locuaz, no hablaba con nadie el día antes. Tampoco, en las horas previas al partido. Muchos pensaban que estaba enfermo y silenciaba algún problema. Su percepción cambió minutos antes del partido, cuando reunió a todo el equipo para pedirles que ganaran por los muertos en las Malvinas y calificaba a los ingleses de "hijos de puta".
Los futbolistas argentinos morían por cada pelota. Todo valía para frenar a los ingleses: patadas, codazos, lo que fuera. Y Maradona aguardó su momento. El 22 de junio de 1986 era su día y lo sabía. Necesitaba una pillería y una genialidad para tumbar a Inglaterra y marcó los dos goles más importantes de la historia de los Mundiales. El primero, ilegal, con la "mano de Dios". El segundo, genial, tras derribar a todos los rivales.
Los ingleses, impotentes, ardían contra Maradona. Su seleccionador, Bobby Robson, fue mucho más pragmático y asumió la derrota con caballerosidad. "El primer gol es ilegal, pero el segundo vale por dos". Nunca Argentina había llorado tanto. El Diego llegó al corazón de todo el país. Con Messi, las emociones son algo más terrenales. Solo Maradona es D10S, por suerte para España.