La Argentina obró nuevamente el milagro. Desató la locura en el estadio de Atlanta. Rompió las calles de Buenos Aires y de medio mundo, porque los argentinos están en todas partes. Muchos de ellos, en Barcelona, rugieron como lobos salvajes porque Leo Messi lo ha vuelto a hacer. El astro argentino, formado en la cantera del FC Barcelona, considerado de forma casi unánime como el mejor futbolista de todos los tiempos, está en la final del Mundial de 2026 como líder indiscutible de la albiceleste a sus 39 años. Con dos asistencias en su haber para los dos goles de la remontada sobre Inglaterra (1-2) y jugando todos los minutos.
Es difícil describir en palabras lo que este nuevo episodio supone para todos aquellos que hemos seguido la carrera de Lionel Andrés Messi, el auténtico amo y señor del balón, el gran ejemplo de la perseverancia, de que la paciencia es la madre de todas las ciencias. Lo ganó todo con el Barça cuando era un chaval. En 2006 levantaba su primera Champions League sin ser protagonista pero en 2009, con solo 22 años, la volvía a ganar como líder absoluto del juego y se hacía con su primer Balón de Oro. Mucho más sufrió con Argentina, donde lo criticaron duramente hasta que se los ganó a todos en Qatar 2022. 20 años después de esa primera Copa de Europa como azulgrana, Messi está en su tercera final de la Copa del Mundo.
Es la leyenda. Ese enano que en el patio del colegio, y en la calle, no era capaz de soltar el balón porque lo llevaba pegado al pie. Quitárselo era peor que amputarle un brazo. Es el perro que corría detrás de la pelota sin parar, como si no hubiese nada más en la vida que ella, su Antonella. Leo Messi simboliza el amor por el fútbol con una carrera que ya supera las dos décadas sin dejar de marcar las diferencias, siendo un auténtico animal competitivo.
Messi es el niño de las calles de Rosario que se inspiró en el fútbol de barrio y luego, tras su fichaje por el Barça con 13 años, sublimó ese talento callejero con la enseñanza académica del más alto nivel. Leo, que nunca fue el más avispado en los estudios, absorbía como una esponja todos esos conceptos que le inculcaban en la Masía y que mezclaba, sobre el césped, con ese instinto natural e irrefrenable de gambetear sin pausa en busca de la portería rival.
Pero no es el único niño que, salido de las calles del barrio, acaba forjando unas cualidades futbolísticas más allá de lo sobrenatural. No se pueden comparar, 20 años de edad los separan. Lamine Yamal cumplió los 19 hace solo tres días. Sí, la misma edad que tenía Messi cuando, guiado entonces por Ronaldinho, levantó su primera Champions.
Hijo de inmigrantes, de padre marroquí y madre guineana, conocedores de lo que es el sufrimiento, empezó a jugar al fútbol en el barrio de Rocafonda, en Mataró. La familia de Messi también migró, pero lo hizo para ayudar a su hijo argentino a explotar su talento. Lamine ya nació en Barcelona y, curiosamente, fue bendecido por las manos de D10S en un calendario solidario que ahora dará la vuelta al mundo. Era el año 2007, el de su nacimiento, y Messi lucía entonces el dorsal 19. El mismo que Lamine con España.
"El miedo lo dejé en el parque de Mataró", dijo una vez la nueva joya azulgrana ante los medios de comunicación. El mismo niño que jugaba a fútbol con sus perros, cuyos dientes debía regatear para mantener la pelota en sus pies. Lamine Yamal está llamado a ser el heredero de Leo Messi. Es pronto para decir quién será el mejor, aunque lo del rosarino se antoja insuperable. Pero Lamine tiene la oportunidad de ganar al mejor de todos los tiempos en la final del Mundial. Las páginas de la historia se están escribiendo.
No sabemos si ganará Messi, no sabemos si ganará Lamine. Lo que sí que sabemos es que gana el Barça, porque su modelo de formación, edificado por figuras legendarias como Rinus Michels, Laureano Ruiz y Johan Cruyff, en un estilo sublimado por Pep Guardiola, ha llevado a la final del Mundial a dos estrellas mundiales, la de Argentina y la de España. Los grandes ídolos actuales del barcelonismo, ambos forjados en la Masía, se medirán, cara a cara, para decidir la Copa del Mundo.
Es un sueño hecho realidad para cualquier culé. El sueño de una noche de verano que determina, una vez más, que el cómo está por encima del qué. Que el fin no justifica los medios, sino que los medios idóneos son los que construyen el camino para llegar al fin. Es el sueño que cierra el eterno debate de los títulos que tanto obsesiona en Madrid. El que decide que el estilo está por encima del resultado. Que el talento, al final, perdura en la memoria más que el propio gol. Leo Messi y Lamine Yamal son el amor al fútbol y la mejor excusa para quedarse sentado frente al televisor, con cara de bobo, derramando lagrimones, viéndolos.
Que gane el mejor. El Barça ya ha ganado.
