La celebración de la selección española tras el gol de Pedro Porro a Francia EFE
El juego de la selección española ante Francia, con una victoria inapelable, que la lleva a la final del Mundial de este domingo, es indicativo de la transformación que se ha producido en el país en las últimas décadas.
Un juego sólido, basado en centrocampistas de un nivel sideral, con una personalidad enorme, sin fisuras, con aplomo, seriedad y creatividad. Una forma de jugar al fútbol que ilustra la madurez de un país, que se puede considerar como uno de los más decentes del mundo por lo que ha alcanzado en cuanto a su bienestar material y social.
España presenta problemas importantes. Hay casos de corrupción, falta de coordinación en ocasiones entre las distintas administraciones, personalismos y una lucha partidista excesiva, que protagonizan sus dirigentes. Pero esas cuestiones también se dan en la mayoría de países de nuestro entorno.
Eso no debe ser un consuelo, pero sí debe servir para entender y hacer ver que España ha dejado de ser una especie de cenicienta, que llora por un pasado con más sombras que luces.
Lo saben bien algunos de los mejores analistas. Es el caso de David Lizoain Bennett, director general de Análisis y Prospectiva del Govern de la Generalitat. Se formó en Canadá, conoce en profundidad las sociedades anglosajonas y tiene claro que el salto de España en los últimos cincuenta años no tiene parangón. Falta, sin embargo, que los propios españoles sean conscientes del país que han construido.
La solidez de una sociedad que ha superado muchas crisis, que se manifiesta a través de unos futbolistas que no tienen ningún miedo a otras selecciones, ni la de Brasil que ha ganado cinco veces la Copa del Mundo, ni de la Argentina de Messi o la Inglaterra de Harry Kane.
En otras ocasiones, el país lamentaba un gol anulado, un penalti errado, o una agresión a un delantero que el árbitro no supo ver. Hoy, la selección muestra con orgullo un estilo de juego, basado en el manejo del balón, en las ayudas solidarias entre todos los jugadores, que es bonito para el espectador y eficaz para ganar partidos.
El país presenta carencias, sí. Si lo medimos a través de su PIB, es cierto que crece con vigor, pero el PIB per cápita, que se había igualado a la media europea, se ha quedado atrás. Hoy, con los últimos datos de Eurostat, de 2025, el PIB per cápita español a precios corrientes y en poder adquisitivo es el 92% de la media de la Unión Europea.
De acuerdo. Pero es un país decente, con unos servicios públicos de alta calidad, pese al deterioro de los últimos años, con gente solidaria –con cantos de sirena en contra de la inmigración, que es del 14’6%-- y con personas formadas y empresas competitivas.
El nacionalismo pierde muchas veces la perspectiva. El independentismo catalán, por ejemplo, entiende que apoyar a la selección española es una forma de expresar el nacionalismo español. Es un error que se suma a su larga trayectoria de equívocos, con razonamientos de otras épocas.
Sumarse a la selección española, con jugadores de muy diversa procedencia, es una forma de proclamar que este país vale la pena, que juega bien a un deporte que seguirá siendo el más bonito del mundo, pese a los intentos de la FIFA de acercarlo –con esas pausas de hidratación y la invasión constante del VAR— al baloncesto.
Un país que debe valorar más lo que ha hecho en su historia reciente, con las aportaciones de todos, en gran medida por catalanes, por ejemplo. Un país que mira a los ojos y que constata que está entre los mejores en calidad humana, sin ir más lejos.
Esos centrocampistas, Rodri, Pedri, Fabián, Olmo, amén de delanteros o defensas de una calidad excelsa, --Lamine, Cubarsí o Laporte-- ilustran una España con un tejido social magnífico, que sabe tocar la pelota, mimarla, que sabe complementarse, con ayudas mutuas.
Un país cuya élite, eso sí, no ha sabido evolucionar como sí lo ha hecho su sociedad. El ruido político excesivo, como apunta el periodista económico Claudi Pérez, podría arruinar un momento magnífico en el que la coyuntura geoestratégica sopla a favor.
En el fútbol, por lo menos, no va a ser así, pase lo que pase en la Final del Mundial de este domingo.