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Laporta y Deco se estrechan la mano con el futuro Camp Nou de fondo

Laporta y Deco se estrechan la mano con el futuro Camp Nou de fondo Montaje CULEMANÍA

Hablemos del Barça

Volver al 1:1 no es un premio, es la hora de la verdad.

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Después de muchos años pisando el barro de la excepcionalidad económica, el Barça vuelve a la regla 1:1 del Fair Play Financiero. Y conviene decirlo alto y claro desde la primera línea: esto no es ningún éxito. No hay banderas que ondear ni comunicados que celebrar. Regresar a la norma que cumple cualquier club sano de Europa, después de haber “quemado” más de mil millones de euros de ingresos futuros en las famosas palancas, no es un triunfo de gestión: es, como mucho, el final de una travesía que nunca debió existir.

Porque el 1:1, para el aficionado que todavía cree que significa fichar con normalidad, esconde una trampa. Estar en la regla 1:1 no es tener la cartera abierta. Sigue siendo una restricción con nombre elegante: el club solo puede gastar aquello que genere en ahorros o en ventas de jugadores. Ni un euro regalado. Cada fichaje habrá que pagarlo antes con una salida, con un ajuste, con una venta bien hecha. El corsé sigue puesto; solo ha cambiado de color.

Y sin embargo, de eso se trata. De construir una plantilla mucho mejor. De dar el salto de calidad que permita a Hansi Flick sentarse en el banquillo y aspirar, sin sonrojarse, a ganar la Champions. Ese es el listón, y no otro.

El problema es que quedan solo dos semanas para arrancar. La pretemporada empieza el 13 de julio, y la realidad es tozuda: hoy por hoy no existe mejor plantilla que la de la temporada pasada. Es más, el balance del mercado asusta un poco. Se han producido tres bajas de peso —Lewandowski, João Cancelo y Marcus Rashford— y las únicas altas son el fichaje millonario de Anthony Gordon, 70 millones, y el regreso de Héctor Fort. Con eso no se gana una Champions. Con eso, ni siquiera se mejora lo que había.

Queda mucho mercado por delante, es cierto. Pero también queda muchísimo trabajo. Y el primero, el más incómodo, es vender. El Barça necesita una buena venta para tener músculo, y ahí aparece la paradoja: ningún jugador de la plantilla parece querer marcharse. Nadie levanta la mano. Sin salidas no hay entradas, y sin entradas el 1:1 se convierte en una jaula.

Las necesidades están claras y son tres: un lateral izquierdo, un central zurdo y, sobre todo, un delantero centro goleador. Reforzar esta última demarcación es lo más difícil de todo. Julián Álvarez se ha puesto imposible. Por mucho que el argentino haya lanzado algún guiño para vestir de azulgrana, el Atlético no está dispuesto a dejarle salir, y menos por una cifra inferior a los 150 millones que ya ha ofrecido el Real Madrid.

En esa tesitura, el mejor delantero en relación calidad-precio tiene nombre y apellido: Mikel Oyarzabal. La temporada pasada firmó 18 goles con la Real Sociedad. Le quedan dos años de contrato y una cláusula de 75 millones, pero el propio jugador podría empujar para rebajarla hasta los 65 y firmar así el último gran contrato de su carrera en un club donde pueda aspirar a grandes títulos, después de haberlo dado todo en Anoeta y ser allí un ídolo de verdad.

Los motivos futbolísticos acompañan. Es goleador, se entiende a la perfección con los internacionales del Barça en la selección, es un rematador puro pero también aporta fútbol combinativo fuera del área. No exigiría una cantidad estratosférica de sueldo, con lo que no pondría en riesgo el frágil equilibrio salarial. Y —detalle nada menor— no cuestionaría el liderazgo de Lamine, algo que sí sucedería con Julián Álvarez si el club acabara desembolsando más de 100 millones por el argentino.

El 1:1, en definitiva, no es la meta. Es la línea de salida. El Barça ha vuelto a la normalidad contable; ahora le queda demostrar que sabe competir dentro de ella. Dos semanas para empezar, un vestuario que hay que agitar y una idea fija: sin un salto de calidad real, volver a la norma no habrá servido para nada.