El revuelo generado en torno a Julián Álvarez y la hipotética denuncia del Atlético contra el Barça deja una sensación difícil de evitar: la de un club que reacciona más desde la frustración que desde la madurez. Si un futbolista considera que su ciclo ha terminado y que su futuro pasa por otro proyecto, la respuesta debería ser escuchar, negociar y actuar con profesionalidad. Todo lo que se aleje de eso transmite una imagen de debilidad.



Desde la perspectiva azulgrana, cuesta entender el enfado rojiblanco. Al fin y al cabo, es normal que un jugador con ambición deportiva quiera competir al máximo nivel y vestir la camiseta de un club con la dimensión, el palmarés y el prestigio del Barça. Esto no es una falta de respeto hacia el Atlético; es simplemente la realidad del fútbol. Los grandes jugadores siempre aspiran a los escenarios más grandes.



Por eso, determinadas reacciones recuerdan más a la de un niño pequeño que se enfada cuando le quitan un juguete que a la de una entidad consolidada. Nadie obliga a un futbolista a querer marcharse ni a buscar nuevos retos. Si Julián Álvarez prefiere un proyecto que considera más atractivo, la respuesta no debería ser una rabieta institucional, sino aceptar que, en el fútbol, los jugadores también eligen su destino.



El Atlético haría bien en empezar a buscarle un sustituto a Julián.

La cabra está encendida

Se terminan los adjetivos. Cada vez que parece que Leo Messi ha llegado al techo de su leyenda, el argentino encuentra la forma de construir una de nueva. Contra Austria firmaba un doblete, con exhibición y liderazgo absoluto, pese a haber fallado un penalti.



Con cinco tantos, Messi es el máximo goleador de esta Copa del Mundo pero eso es casi una anécdota junto a lo que realmente importa: ya es el máximo goleador de la historia de los Mundiales después de superar a Miroslav Klose. Un récord más. Otro mito que cae a los pies de un futbolista que lleva años compitiendo contra la historia y contra él mismo.



Y todo esto con 39 años. Treinta y nueve. Una edad en la que la mayoría de futbolistas llevan tiempo dejando la élite o sobreviven con dificultades. Messi, en cambio, sigue decidiendo partidos y condicionando a rivales. Por eso cuesta no pensar que, si quisiera, aún tendría lugar en el Barça actual. Quizás no como titular indiscutible. Quizás no jugaría todos los partidos. Quizás no sería una pieza fundamental. O quizás sí porque es Messi.



Messi caminando sigue siendo mejor que la mayoría de compañeros y rivales. Cuando Messi se lo propone, es capaz de hacer lo que quiere, cuándo quiere y contra quién quiere. Es un extraterrestre. Es el mejor de todos los tiempos. Y espero que, a estas alturas, nadie vuelva a ponerlo ya en duda.

España ya vence y convence

La selección española disipó muchas de las dudas que había generado en su debut ante Cabo Verde. El contundente 4-0 contra Arabia Saudí no solo sirvió para recuperar confianza, sino también para confirmar que las decisiones de Luis de la Fuente, esta vez sí, fueron acertadas. La revolución en el once dio sus frutos y varios futbolistas aprovecharon la oportunidad para reivindicarse.



Entre ellos, es imposible no destacar a Lamine Yamal. El joven talento azulgrana sólo necesitó 45 minutos para dejar el primer gran golpe sobre la mesa en este Mundial. Desequilibrio, personalidad, velocidad, gol y esa facilidad para generar peligro cada vez que toca el balón. Ofreció pinceladas del futbolista diferencial que está destinado a ser y se fue dejando unas sensaciones excelentes.



Sin embargo, el otro gran protagonista fue Mikel Oyarzabal. El delantero vasco firmó un doblete y una asistencia y volvió a demostrar una realidad que a menudo ocurre demasiado desapercibida: es un atacante de élite. Lleva años manteniendo un rendimiento altísimo, marca diferencias en los momentos importantes y ofrece una regularidad que muy pocos futbolistas pueden garantizar. Quizá jugar en la Real Sociedad y no en uno de los grandes de Europa provoca que, a menudo, no reciba todos los elogios que merece.



Precisamente por ello, y dado que su cláusula es de 75 millones de euros, Oyarzabal podría ser una alternativa muy interesante para el Barça si finalmente Julián Álvarez no acaba llegando. Por calidad, experiencia, compromiso y gol, el vasco sigue demostrando que está preparado para dar el salto a un grande si le llega la oportunidad.