Voy a ser claro: el fichaje de Cucurella por el Real Madrid me duele. Me duele ver a un chico formado en la Masía, un futbolista que creció bajo los valores y la filosofía del Barça, acabar vistiendo la camiseta del eterno rival. Su marcha al Bernabéu deja una inevitable sensación amarga entre muchos barcelonistas.

Por otro lado, también conviene ser honestos. El Barça ha tenido años para recuperarlo. Ha habido oportunidades, momentos de mercado y contextos deportivos distintos. Si nunca se ejecutó esa operación es porque ni por cuestiones económicas ni por necesidades de plantilla se consideró una prioridad. Esa es la realidad.

Mientras tanto, el club blanco sigue actuando como es habitual: gastando sin demasiadas limitaciones y reforzando posiciones que ya intentó apuntalar el verano pasado. Una circunstancia que, vista con perspectiva, evidencia que algunas de aquellas apuestas no han dado el resultado esperado. Cuando vuelves a invertir en las mismas posiciones, es porque el problema nunca quedó resuelto.

En este caso, no tengo dudas de que Cucu triunfará en Chamartín pero sí que cuestiono que valga los 60 millones de euros que el Real Madrid ha pagado por él. Ni Barça ni Atlético, los dos otros equipos que habían preguntado por él, se podían permitir estas cifras.

Y a todo esto, también resulta llamativo que el anuncio de Cucurella llegara precisamente el mismo día del debut de España en el Mundial. Casualidad o no, algunos pensarán que era para poder decir que también hay representación madridista en la selección. Otros lo verán como una maniobra para alterar el foco mediático en plena concentración. Con Florentino Pérez al mando, ambas interpretaciones son compatibles.

Bernardo ni encaja ni asusta

Durante años, el nombre de Bernardo ha ido asociado al Barça. Cada verano parecía que era una opción real, un jugador que encajaba por talento, por perfil y por su manera de entender el fútbol. Pero la realidad es que, a la hora de la verdad, ni Flick ni el Barça han acabado apostando fuerte por él. Y el fútbol no espera a nadie. Cuando ha llegado el momento de decidir, con el Atlético de Madrid aparentemente mejor posicionado, el portugués ha acabado priorizando la oferta económica del Madrid.

Dicho esto, no es un fichaje que me dé especial miedo como culé. Bernardo ha sido un futbolista extraordinario, pero tengo la sensación de que ya no está en su punto más alto y que no volverá a recuperarlo. Veo a un jugador que entra en la fase final de su carrera y no tengo nada claro que triunfe en el Bernabéu.

De hecho, me pregunto si este es realmente el nombre que necesita el Madrid. Y también si es el destino que más le conviene a Bernardo. No acabo de ver el encaje ni en una dirección ni en la otra. Puede que me equivoque, pero hoy me parece más un fichaje de nombre para satisfacer un deseo de Mourinho que una incorporación destinada a marcar diferencias.

Un palo grande ante Cabo Verde

El empate a cero de España contra Cabo Verde en su debut en el Mundial fue, sin duda, una palo inesperado. Un resultado que duele y deja un regusto amargo, especialmente porque el entorno había asumido, casi como una formalidad, la goleada en este primer partido. Había un exceso de confianza generalizado en el equipo, en la prensa y también en la afición. Se hablaba más de los goleadores que del rival y, en estos contextos, el fútbol suele castigar este tipo de relajaciones.

La realidad es que España no tuvo su día. Le faltó ritmo, precisión y acierto en los metros finales. Las sensaciones que nos dejó el partido no fueron positivas porque el equipo mostró una versión muy alejada de la esperada. Ahora bien, tampoco es necesario caer en los dramatismos.

La vuelta de Lamine Yamal es un argumento suficientemente importante al que aferrarse. Su desequilibrio, creatividad y capacidad para marcar las diferencias pueden ser claves para reactivar a una selección que necesita recuperar la confianza.

Sí, un empate así no puede tolerarse ni normalizarse. Pero tampoco cambia nada las aspiraciones de España en este Mundial. Todo sigue en sus manos. Dependen de sí mismos para corregir errores, recuperar la mejor versión y enderezar el rumbo hacia la segunda estrella.