Felicidades, campeones. Como siempre, este Barcelona debe afrontar situaciones personales adversas muy difíciles. Ser Hansi Flick y recibir la noticia del fallecimiento de tu padre en loras previas de un Clásico es durísimo. Encontrarse muerto al doctor Carles Miñarro en la habitación de un hotel antes de un partido resulta una desgracia. Entrenar con un cáncer y acabar retirándote como Tito Vilanova es demasiado injusto. Y que te trasplanten un riñón como le pasó a Eric Abidal fue impactante. La del Barcelona de las últimas épocas es una historia de desgracias, pero acompañadas de éxitos colectivos y la grandeza de crear equipos con talento, pero especialmente humanos que demuestran unos valores incalculables. Hace falta ponerlo en valor porque todo esto sí son desgracias que pueden afectar a un grupo y, en cambio, han reforzado el sentimiento de pertenencia de todos los que han pasado y han decidido quedarse y querer a este club.

En paralelo a esta madurez, la historia se comparte con uno de los peores equipos del Real Madrid en su historia moderna. Enfadados entre ellos, amargados y sin valorar la vida, mientras se pelean por pequeñezes propias de una inmadurez detestable. Todo ello se acaba reflejando en el campo, con un juego totalmente obsoleto. Luego, que no me vengan a decir que el terreno personal no acaba influyendo en lo profesional.

Irremediablemente, hay un hilo conductor que une a ambos clubes, son vasos comunicantes. Y el éxito de uno, también se mide por los fracasos del otro. Ganar la Liga en un Clásico, siendo local y ante tu gente en el Camp Nou y ridiculizando a los blancos que, de serie, ya lo hacen ellos mismos, es el broche de oro a una temporada donde el título grande ha sido la Liga. ¿Quién se acuerda de la Champions con un final de temporada así? Los títulos son imprescindibles, pero en la excepción que protagonizan estos equipos, el fracaso del otro puede acabar teniendo más valor que nada.