Los jugadores del Atlético, eufóricos EFE
En medio del desencanto, hay nombres propios que invitan a la esperanza. Lamine Yamal estuvo excelso asumiendo responsabilidades con una madurez impropia de su edad y demostrando que es uno de los grandes pilares del presente y del futuro del club. Pero también eché de menos a un complemento como Raphinha, un jugador vital en el equilibrio ofensivo que también hubiera sido determinante en una eliminatoria de ese nivel.
Este Barça está en fase de crecimiento. Tiene talento, tiene carácter, pero aún debe seguir madurando para competir con las máximas garantías en Europa. Personalmente, la sensación que he tenido a lo largo de todo el curso es que el equipo estaba todavía algo verde como para levantar esta Champions.
Ahora toca levantarse, aprender de los errores y mirar hacia delante. La temporada no ha terminado. Queda la Liga, y hay que rematarla de la mejor manera posible.
Adiós al Madrid y a ¿Arbeloa?
El fútbol también acaba poniendo a cada uno en su lugar. El Bayern eliminó justamente al Real Madrid tras una eliminatoria en la que los alemanes fueron claramente superiores pero se encontraron con un rival que compitió con fe y orgullo y que incluso rozó una remontada que parecía imposible.
Las miradas apuntan al árbitro por la expulsión de Camavinga. Puede parecer rigurosa, y seguramente lo es en términos de sensibilidad arbitral, pero reglamento en mano es difícil discutirla. El problema no es esta decisión, sino que están acostumbrados a tener sus propias normas. Como en la falta de Rüdiger previa al 2-3 de Mbappé o en otras acciones que, en otros contextos, quizá habrían tenido otro desenlace. Y es que no está de más recordar que durante años el Madrid ha convivido con una permisividad arbitral que hoy parece que ya no tiene.
El relato, sin embargo, no cambiará. Desde el entorno blanco se buscarán explicaciones externas. Cuando el Barça protesta, es victimismo; cuando lo hace el Madrid, es defensa legítima.
Resaca de un derbi descafeinado
Sin embargo, el contexto invitaba a esperar a más de un Espanyol carente de tensión competitiva, de orgullo y de fútbol. El conjunto periquito le puso las cosas demasiado fáciles a un Barça que no perdonó. Ahora bien, el derbi se jugó también fuera del terreno de juego. Las rencillas dialécticas, siempre desde el respeto, forman parte de la rivalidad. Dan vida, generan debate y mantienen viva una tradición que va más allá de los 90 minutos. Es necesario saber aceptarlas, tanto cuando se lanzan como cuando se reciben. Exactamente igual que le ocurrió a Lamine Yamal con el Madrid en el Clásico de la primera vuelta.
Por lo que respecta al Espanyol, su situación es cada vez más delicada. Catorce jornadas sin ganar son una tendencia muy preocupante. El equipo transmite una sensación de caída libre y, quien sabe, si esta mala dinámica también puede significar un cambio en el banquillo blanquiazul el próximo curso.
Volviendo al Barça y al valor de la Liga, a día de hoy el debate es si los hombres de Flick podrán ser campeones en el Clásico pero estoy convencido de que si las dinámicas no cambian radicalmente, el debate acabará siendo si el Madrid le hará el pasillo al Barça.