Expulsión de Cubarsí EFE
El 0-2 ante el Atlético deja al Barça en una situación crítica y, sobre todo, vuelve a evidenciar viejos fantasmas del pasado que parecían superados. En una otra gran cita europea, el equipo volvió a quedarse con diez, algo que condicionó el partido y que reflejó una preocupante falta de madurez competitiva.
A este escenario se le sumó la ausencia de nombres propios como Raphinha y De Jong, futbolistas capaces de dar pausa, desequilibrio y personalidad cuando el partido se enreda. Sin ellos, el Barça es más previsible, con menos claridad entre líneas y con dificultades para sostener el ritmo cuando el Atlético empezó a sentirse cómodo.
Tampoco acabé de entender demasiado la alineación inicial ni el impacto de los cambios de Flick, que no lograron darle la vuelta a la dinámica ni transmitir la sensación de reacción necesaria. El equipo, además, sigue acusando su falta de experiencia mientras que el Atlético, sin hacer nada extraordinario, demostró tener mucho oficio, saber leer los tiempos del partido y, sobre todo, contundencia arriba. Cada error azulgrana se convirtió en una oportunidad rojiblanca. Todo lo que le faltó al Barça lo tuvieron los colchoneros.
Además también hubo una actuación arbitral de Kovács que dejó mucho que desear. No estuvo a la altura del encuentro, como tampoco lo estuvo en 2024 ante el PSG, cuando expulsó a Araujo y se tragó un penalti claro sobre Gündogan que pudo cambiar aquella eliminatoria. El pasado miércoles el balance volvió a ser muy negativo: las manos de Pubill quedaron sin sanción, hubo barra libre para Koke en el centro del campo y se acumuló un serial de decisiones sin sentido que terminaron por desquiciar a los jugadores azulgranas. No se trata de justificar la derrota únicamente por el arbitraje, pero en un escenario tan exigente sí se espera un criterio firme y coherente. La UEFA también debería replantearse las designaciones arbitrales para este tipo de partidos, donde cada detalle pesa demasiado.
Con el 0-2, la remontada parece prácticamente imposible. Quizás lo más sensato es pasar página, centrarse en el derbi contra el Espanyol y acabar de sentenciar la Liga. Es duro admitirlo, pero este tropiezo, como el de la ida en la Copa del Rey, tiene toda la pinta de ser definitivo.
El Barça deberá sacar conclusiones pero en Europa, cada error se paga caro… y esta vez volvió a costar una eliminatoria. Ojalá me equivoque.
Vuelve el 'espíritu Juanito'
Como cambia todo según se mire y según se explique. El relato en torno al Real Madrid tras su 1-2 ante el Bayern de Múnich es radicalmente distinto al del Barça. El conjunto blanco recibió un severo correctivo futbolístico del equipo alemán, fue claramente sometido durante muchos tramos del partido y, mi sensación, es que sobrevivieron y poco más.
Sin embargo, el discurso que ya se entona desde la capital apunta directamente a la remontada, como si el golpe hubiese sido menor o incluso formara parte del guion. Resulta llamativo porque entre el Barça y el Madrid apenas hay un gol de diferencia en sus respectivas eliminatorias, pero la narrativa es opuesta: pesimismo casi definitivo en Barcelona y optimismo desbordado en Madrid, donde parece que la remontada ya esté prácticamente consumada. Surrealista.
Tampoco conviene pasar por alto la actuación arbitral de Michael Oliver, que en los instantes finales se tragó un claro penalti de Carreras sobre Michael Olise, muy similar al que señaló en 2018 contra la Juventus en el Bernabéu. Aquella decisión fue decisiva y esta vez el criterio cambió. Un detalle que pudo alterar el resultado y que no es para nada menor.