Hansi Flick pasó a ser un activo de Joan Laporta solamente con dos jornadas de inicio cuando llegó por primera vez. Dio la campanada, fue una grata sorpresa y las cartas se le pusieron de cara. En un santiamén, liquidó la idea de tiki taka y el famoso ADN Barça con el que la culerada puso sus esperanzas cuando llegó Xavi Hernández. El alemán fue resolutivo y práctico y desencadenó un juego muy alejado de lo que se esperaba de él, pero obtuvo resultados.



Y esto es lo más importante: que la pelota entre. Por el camino, Hansi ha sabido rectificar algunos aspectos que de entrada no tuvieron acierto. Un ejemplo de ello fue dar la gran titularidad que se merecía a Fermín. Por cierto, el único con garra para marcar en la segunda parte ante el Levante y ponerse 3 a 0. Pero con el tiempo y la divinización a la que se tiende en este país faltado de líderes, se ha equivocado en ciertos aspectos.



El principal es no saber aceptar las derrotas y, especialmente, cuando otros técnicos como Simeone o Míchel le dan toda una lección de vida. A Hansi le sobra prepotencia y le faltan ideas. Ni en la Liga ni en la Copa empieza a ser capaz de disimular estos defectos. El espectáculo que protagonizó en la Copa ante el Atlético y las maneras que tuvo de entrar en los vestuarios y enfrentarse al cuerpo arbitral fueron lamentables.



Cuando un equipo falla en errores tan cronoficados como es la defensa, la señalización no se basa en cuestionar a Koundé o la irregularidad de Pau Cubarsí. El problema radica en un míster incapaz de detectar los fallos, entonar el mea culpa, añadir matices y mejoras técnicas y, especialmente, tácticas. El reto es mayúsculo, pero debe entender que nadie es eterno.