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Joan Laporta presenta 'Defensem el Barça'

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Hablemos del Barça

Hay partido

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En un mundo tan mercantilizado como el fútbol, es una suerte que el Barça siga siendo una asociación deportiva, propiedad de sus socios. Aunque se les ningunee y su contribución económica al presupuesto anual del club vaya disminuyendo, son el corazón y la cabeza de la entidad. Ostentan la fuerza de elegir a sus dirigentes. Y cuando hay elecciones, es la hora de pasar balance. A un presidente hay que examinarlo no solo por su gestión deportiva, sino también económica-patrimonial, social e institucional. Y por su credibilidad y el grado de incumplimiento de sus promesas. Es nauseabundo ver cómo los laportistas, que hacían una oposición frontal y sistemática a los anteriores presidentes a pesar de que se estaba viviendo la década deportiva más exitosa de la historia del club, sostienen ahora que lo único importante es que la pelota entre, cuando, en realidad, tampoco ha entrado tanto en estos cinco años.

Pretenden esconder debajo de la alfombra la opacidad y porquería generada. Antes, ahora y siempre hay que fiscalizar y exigir buena gestión en todos los ámbitos. De lo contrario, estaremos validando que cualquier presidente que consiga unos mínimos éxitos deportivos tenga carta blanca para hacer una gestión oscura, despilfarrar económicamente lo que quiera, pagar comisiones injustificadas y pisotear los derechos de los propietarios, solo porque el equipo compite bien.

En lo deportivo, en los cinco años, Laporta ha completado dos temporadas sin títulos, en blanco, la 2021-22 y la 23-24, ha ganado cinco trofeos nacionales, ninguno internacional, cosa que no había sucedido en ningún mandato en los últimos 20 años, y ha perdido 13 títulos (si contamos las 2 Europa Leagues), llegando a caer hasta el 18.º puesto del ranking UEFA y sin conseguir la clasificación para el Mundial de Clubes en el que estuvieron los 12 mejores equipos europeos. O sea que, deportivamente, los resultados son muy discretos. Además, lo que deben hacer los socios es plantearse si con Laporta han ganado o perdido derechos y si su gestión les ha acercado o alejado de la vida y de las decisiones del club.

Seguro que tienen memoria para recordar cómo les han subido el precio de los abonos, cómo Elena Fort deslizó que todavía se les subirá más en el remodelado Spotify Camp Nou, cómo a los abonados les han quitado el asiento fijo que tenían y les han eliminado la compensación económica del seient lliure que recibían cuando liberaban su asiento, cómo les han subido el precio del carnet de socio (si lo quieres físico, tienes que pagar más), y han priorizado a los turistas. La pésima gestión de la venta de entradas por parte del club ha provocado más de una situación de riesgo para la seguridad e integridad física de los socios culés en su propia casa, como en la lamentable invasión de los aficionados del Eintracht de Frankfurt en el Camp Nou, o de los seguidores del Partizan y del Zalgiris en el Palau, por no hablar del día de Osasuna, que por culpa de un problema informático, dejaron a varios socios abonados en la calle, otros accediendo sin entrada, con amagos de avalanchas y debiéndose sentar en las escaleras.

Actualmente, en el Spotify Camp Nou, Laporta solo destina el 54% del aforo a socios; la otra mitad son entradas a centenares de euros que solo pagan los turistas. Ahora se ha anunciado de manera electoralista que cuando se reciba la licencia 1C, las 14,000 localidades se destinarán durante 2 meses y medio a socios. Es como cuando has ignorado a tu mujer durante 10 años y el día que te dice que se quiere divorciar, le dices que a partir de ahora iréis a cenar fuera cada sábado durante los 2 próximos meses. No cuela. Se ha suprimido la agencia de viajes propia y los socios también han perdido presencia y voz en las asambleas, que ahora son exclusivamente telemáticas, formato que las hace poco democráticas, cero transparentes y menos participativas, siendo una violación del derecho fiscalizador que el socio tenía, solo, una vez al año.

Mientras los otros precandidatos están haciendo buenas propuestas sociales para acabar con este desagravio social, Laporta se ha atrevido a incumplir sus propias promesas electorales. Ni los socios han podido elegir el diseño de la camiseta en referéndum, ni han tenido el 50% de descuento en la compra de la primera camiseta, ni las peñas han podido sobrevivir debido a que Laporta liquidó el convenio al que se había comprometido respetar. Esto no depende de si la pelota entra, ni de los árbitros; depende de la gestión de la junta. Por tanto, si los socios tienen memoria, hay partido. Recordemos que en las últimas elecciones, 30.000 votaron a Laporta y 21.500 votaron otras opciones (16.679 Font y 4.769 Freixa). Si a eso le añadimos que los colectivos mínimamente organizados han protestado por el trato recibido (parte de los 82.000 abonados, los integrantes de la Grada de Animación, los abonados al Palau y gran parte de las peñas), significa que hay descontento. El resultado de la recogida de firmas serán unas primarias para ver si hay partido: corroborar el artificial discurso victorioso que el Laportismo hace de puertas afuera, más bien confirma la preocupación y el nerviosismo que se detecta externamente. Ayer, por ejemplo, la candidatura de Laporta se borró del debate deportivo que había organizado Mundo Deportivo por miedo a que Jaume Guardiola, el representante de la candidatura de Font, les dejase en evidencia.