Los culés, este martes de febrero, se preguntarán si tienen más derecho a estar cabreados con Lamine Yamal o con el famoso VAR, que debía poner el arbitraje al máximo exponente de su objetividad y profesionalidad. Sin embargo, ha terminado siendo un negocio privado con un margen millonario para algunos y un desastre para el fútbol. Lo que funciona, mejor no tocarlo.
Pero volviendo al lío. El Barcelona no perdió ayer por otro motivo que no sea el de entonar su mea culpa y admitir que Míchel, con el Girona, dio toda una lección táctica y de equipo a un Hansi Flick, que no acaba de dar con la tecla. Después de protagonizar un auténtico ridículo en el Metropolitano frente al Atlético de Madrid, la falta de ambición grupal en Girona fue realmente preocupante. Y el máximo ejemplo de ello es Lamine Yamal. Cuando quiere es una auténtica estrella, pero insisto en que los grandes jugadores que marcan una época hacen ganar partidos. Y él, todavía no ha conseguido darle esta regularidad.
Las jugadas de Lamine parecen diseñadas para un story de 30 segundos que ofrecen las redes sociales actuales como TikTok o Instagram. Detalles de auténtico crack que ponen en valor sus dotes artísticas, pero resultan poco efectivas para el objetivo del partido: ganar y ganar y otra vez ganar. Hace poco más de un año expuse en esta columna las ambiciones dictatoriales de Lamine dentro del vestuario. Ya por aquel entonces hizo caso omiso en su manera de enfocar unas molestias musculares que acabaron con una lesión por no parar cuando quería. Pero todo aquello lo supimos los que conocemos el entorno y sabemos cómo manda. Este lunes, lo que se expuso ya fue sin pudor alguno de puertas para fuera.
Raphinha iba a decidir un partido que hubiera marcado un final muy diferente con el chute de un penalti. Un Raphinha que también me consta que no es perseverante en su recuperación, pero tiene un instinto ganador y de juego que nadie le puede rebatir. Fue entonces cuando Lamine, con sus aspiraciones de líder, se impuso y quiso marcar un penalti que erró. Desafió a un candidato a Balón de Oro y, a la vez, a su entrenador que ya poca cosa puede decirle. Solamente Jorge Mendes impone el relato que quiere al joven de Mataró y esto es un problema serio. La imagen de ayer fue penosa y el penalti no marcado de Lamine fue preocupante.
