Se ha puesto de moda pitar a Lamine Yamal en los campos de España. Ayer lo vivimos de

nuevo en Albacete, en ese lugar de La Mancha que popularizó Cervantes en El Quijote.

En Albacete no hay independentismo, como en Euskadi o Cataluña, ni una gran rivalidad

entre Barcelona y Real Madrid. En Albacete todo el mundo anima a España sin fisuras,

con la rojigualda atada a la cintura, el himno sonando a todo trapo y la mano en el

corazón.



En Albacete nadie duda de ser muy español y, sin embargo, la primera vez que recibió a

la gran estrella de su selección lo hizo con amargura, silbándolo con avaricia.



El público del Carlos Belmonte abucheó al 10 del Barça desde que bajó del autocar para

inspeccionar el césped hasta que Munuera Montero pitó el final.



A Lamine Yamal ya le insultaron en Guadalajara (aunque los hinchas del Pedro Escartín

sí aplaudieron a Pedri como símbolo de la Roja). Y también en el Bernabéu, tras ponerle

picante al Clásico en un programa de la Kings League.



No sé si se trata del conflicto con el Real Madrid o de que la gente no lo siente como

propio, pero en el último año muchas aficiones muy españolas han masacrado a pitos e

insultos a la mayor estrella de la selección, el futbolista con más proyección de la historia

de nuestro país y la gran baza de España para lograr su segundo Mundial.



Lamine Yamal es de Mataró, maresmense, catalán y español. Y a muchos se les olvida

cuando viste la azulgrana. Después celebrarán sus goles en la Copa del Mundo, pero lo

maltratan en un campo como pocas veces se ha maltratado a un jugador de la Roja. Piqué,

Xavi y poco más. A nadie que se sienta español se le ocurriría pitar a Ramos, Iniesta o

Pedri como se hace con Lamine.



Y yo me pregunto: ¿por qué hay españoles menos españoles que otros?