La imagen de Joan Laporta calándose hasta los huesos en el palco del nuevo Camp Nou durante el partido ante el Oviedo es tan poderosa como evitable. Poderosa porque, aunque parezca contradictorio, le favorece de cara a la inminente campaña electoral: un presidente que no se esconde bajo el paraguas, que aguanta estoicamente el chaparrón en primera fila, que se solidariza con el resto de socios al descubierto. Una estampa que haría las delicias a Karl Marx y Friedrich Engels: los poderosos asumiendo los mismos sufrimientos que los proletarios, sin aprovecharse de sus ventajas y soportando las adversidades con la misma entereza. Pero también es una imagen evitable, si las cosas se hubieran hecho bien desde el inicio, sin apostar por una constructora que era la peor puntuada del concurso, con nula experiencia en estadios deportivos y que acumula una serie de irregularidades contractuales que podrían cubrir toda una habitación.

Laporta aguanta el chaparrón junto al presidente del Oviedo y Rafa Yuste, en el Camp Nou
Laporta se moja
Laporta hace ya tiempo que está en campaña electoral. El anuncio oficial de la fecha, el 15 de marzo, no fue acogido por sorpresa para nadie, por mucho que la oposición lamentara que ese día aún no esté garantizado que se juegue contra el Sevilla y que además estará con el equipo inmerso en plena competición. De hecho, unos días antes se podría haber jugado el partido de ida de los octavos de Champions.
Sus decisiones de romper relaciones con el Real Madrid, cuando llevaba prácticamente todo el mandato de la mano de Florentino Pérez, y de volver a acoger con los brazos abiertos a los miembros de la Grada d'Animació, cuando hace unos días aún les reclamaba el dinero de las multas, solo se pueden entender bajo ese específico escenario.
En la última junta, el aún presidente blaugrana --dimitirá a principios de febrero como marcan los Estatutos-- ya advirtió a los miembros de su junta que se apretaran los machos porque iba a ser una campaña "sucia", donde seguramente saldrán muchos bulos y desinformaciones con la intención de desprestigiarlos ante los socios.
Y dicho y hecho. Algunas plataformas de nuevo cuño, y con nombre muy reconocible, han empezado a aparecer en las redes sociales con informaciones y documentos desclasificados que ponen en duda la gestión de Joan Laporta, otros han echado más leña al fuego en el caso Reus y la presunta estafa del dirigente...
Pese a todo, Laporta se erige como máximo favorito y rival a batir. Con dos argumentos sólidos bajo el brazo, emulando al profeta Moisés bajando con las tablas de los mandamientos del Sinaí: la apuesta personal por Hansi Flick y el nuevo Camp Nou. La oposición tendrá que picar mucha piedra si quiere difuminar unos pilares tan sólidos, pero también es cierto que el terreno donde se asientan las principales bazas pueden acabar siendo arenas movedizas.
A Laporta le interesa que haya mucha división de voto entre la oposición, por lo que si pasan dos o tres el corte de firmas, sería una auténtica bendición para el dirigente blaugrana. En los debates tampoco parece que tenga a día de hoy rival: Laporta es un animal mediático, con un carisma desbordante y un aura deslumbrante.
Pero el socio no es el reflejo de la afición, ni las redes sociales, ni la opinión pública, ni tan siquiera de los medios de comunicación. Si fuera así, mejor sería ni plantearse elecciones porque Laporta barrería de calle. El socio suele ser una persona moderada, amante del seny antes que la rauxa, favorable a la estabilidad institucional, comprometido con la seriedad y la gestión ordenada, defensor del profesionalismo por delante de la improvisación... y aquí es donde el actual presidente empieza a tener vías de aguas y filtraciones por doquier, más grandes incluso que las que se vieron el domingo en el Camp Nou...
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