Pep Guardiola, mientras fue entrenador del Barça, siempre tuvo presente el consejo que le dio Evarist Murta, verdadero artífice de su contratación como técnico y que se fue de la junta directiva en 2008, harto de Joan Laporta. Murtra le dijo a Guardiola: “En caso de duda, actúa siempre poniendo al Barça por delante”. Desde que llegó a la presidencia del Barça por segunda vez, Laporta ha hecho, precisamente, todo lo contrario. Ha antepuesto sus intereses personales a los del club.

Hay infinidad de ejemplos. Infló las pérdidas con provisiones y amortizaciones innecesarias en el ejercicio 2020-21 para hacer creer que la herencia era peor y transformarlas en beneficios artificiales en su primera temporada completa porque le interesaba no tener que avalar, aunque eso haya supuesto un gran perjuicio al club que, cuatro años y medio después, le ha lastrado y sigue sin tener Fair Play para inscribir a jugadores y fichajes. Laporta prometió a los socios y a Messi que le renovaría “con un asado” y al final le despidió por la puerta de atrás porque, en aquel momento, le interesó abrazarse a Florentino Pérez y a la Superliga, alegando que ese proyecto era lo mejor para el Barça para poco después abandonarlo porque, cuando la UEFA le pilló haciendo trampas contables, le interesó a él evitar que le sancionaran con la exclusión de la Champions, lo que le hubiera costado el cargo de presidente. Expulsó a los socios de la Grada d'Animació porque hicieron cánticos contra él, violando el más elemental derecho a la libertad de expresión y poniendo como excusa que debían pagar una multa de 21.000 euros. Y ahora que se acercan las elecciones, ya no le interesa que paguen ese dinero al club sino sus votos y, les indultará, cuando no hicieron nada malo, para volver a maltratarlos, una vez pasen las elecciones. Sus actuaciones demuestran que no es de fiar. Las peñas lo saben bien. Como candidato, firmó que respetaría el convenio del club con la Confederación de Peñas y, como presidente, lo rescindió y se cargó toda la estructura.

Y escogió a una constructora turca, que ha incumplido todos los plazos, por un interés personal que algún día se descubrirá cuando fue la peor calificada por la comisión técnica del propio club. O pagar 50 millones de comisiones a Darren Dein por renovar el contrato con Nike, un partner histórico del Barça que se moría por seguir esponsorizando al club. Hay mil ejemplos.

En la fecha de las elecciones, Laporta ha vuelto a anteponer sus intereses personales a los del club, colocándolas para el 15 de marzo, en plena temporada, en medio de la eliminatoria de octavos de Champions, que alterará la tranquilidad del equipo. Es un disparate. Al club, claramente, le convendría más que fueran a final de temporada, para no interferir en la trayectoria deportiva. Cuando los mandatos terminan de manera natural, no por dimisión o cese anticipado, lo coherente es celebrarlas a final de temporada, cuando el balón ha dejado de rodar. Así lo han hecho casi todos los presidentes mínimamente responsables. Esta inoportunidad y precipitación de la fecha provocará que el Barça esté casi cuatro meses sin un presidente electo ya que, gane quien gane, no podrá tomar posesión hasta el 1 de julio.

Esta prisa de Laporta quiere decir muchas cosas: que no confía en que el equipo gane la Champions, y que sus causas judiciales por el Caso Reus pintan muy mal para él. Recordemos que se le acusa de 3 estafas agravadas y, según aseguró el abogado de la acusación, Pepe Oriola, se le piden penas de prisión de hasta 18 años. ¿De verdad los socios culés escogerán a un presidente que les represente y que en los próximos meses puede ser condenado por un delito de estafa? ¿Será un orgullo o una vergüenza? Otro motivo por que el que Laporta ha elegido el 15 de marzo, es que, si perdiera, Rafa Yuste, que será el presidente en funciones, Manel del Río, director general y Sergi Atienza, Compliance Officer del club y ex socio de Laporta, tendrán casi cuatro meses para barrer la casa y esconder la suciedad debajo de la alfombra antes de que el nuevo presidente tome posesión el uno de julio y compruebe cómo ha dejado la casa.

El disparate es tal que, el presidente elegido por los socios, refrendado por las urnas, tendrá que estar en su casa durante cuatro meses, mientras el presidente en funciones, Rafa Yuste, que no ha recibido los votos de los socios para ese cargo, gobernará, firmando, renovando, blindando a la familia de su amigo, libremente. Una chapuza en toda regla.