No fue un accidente, fue una consecuencia. La eliminación del Madrid en los octavos de final de la Copa del Rey en el campo del Albacete fue de las que recordaremos con el paso de los años. Un equipo de segunda división desnudó todas las carencias de un gigante que está desorientado, sin alma, ni fútbol en una noche que quedará marcada como el estreno fallido de Arbeloa en el banquillo blanco.
El contexto no admite excusas. La Copa siempre es un territorio peligroso, pero tal y como llegaba el Madrid era la oportunidad y el escenario ideal para reivindicarse. Las rotaciones de Arbeloa, bautizado como el nuevo gurú del “ADN madridista”, evidenciaron la improvisación estructural de un club que confunde discurso con proyecto. El vestuario transmitió indiferencia en el Carlos Belmonte, el equipo fue previsible y la eliminación, más merecida.
Muchos aficionados ya señalan esta debacle ante el Albacete como un nuevo Alcorconazo. Y no exageran. La diferencia es que esta vez el ridículo no recae sólo sobre el césped, sino que también lleva el sello Florentino Pérez. Años de decisiones presidencialistas y de mala planificación que han desembocado en este drama absoluto. Al presidente se le han acabado los salvavidas. Este Madrid no hay por dónde cogerlo y él es el principal culpable.
Involución en el banquillo
Arbeloa está a años luz de entender el juego como lo hacía Xabi Alonso, un entrenador que entendía el fútbol desde el centro del campo, desde el control y la inteligencia colectiva. Arbeloa, en cambio, es un discípulo aventajado de Mourinho que está más cómodo en la trinchera que en la pizarra, más amigo del conflicto que de la construcción. Un perfil que ya vimos cómo, en su día, no dudó en vender a algunos de sus compañeros de vestuario para ganarse la confianza del poder.
Florentino Pérez le ha ido promocionando a lo largo de los años por carácter obediente, casi corporativo, que tanto gusta en el palco del Bernabéu. El problema es que el fútbol moderno no se gana con lealtades internas ni discursos de vestuario, sino con ideas, trabajo y talento. Desde Barcelona lo miramos con cierta ironía: el Madrid vuelve a confundir carácter con capacidad. Y esto, al final, en el campo, siempre se paga.
Florentino Pérez le ha ido promocionando a lo largo de los años por carácter obediente, casi corporativo, que tanto gusta en el palco del Bernabéu. El problema es que el fútbol moderno no se gana con lealtades internas ni discursos de vestuario, sino con ideas, trabajo y talento. Desde Barcelona lo miramos con cierta ironía: el Madrid vuelve a confundir carácter con capacidad. Y esto, al final, en el campo, siempre se paga.
Volviendo a Xabi Alonso, desde el primer día las desavenencias entre el cuerpo técnico, el presidente y la plantilla fueron evidentes. Xabi Alonso no ha podido ni le han dejado poner orden en un vestuario podrido, no ha tenido ni el margen ni el apoyo necesarios, pero tampoco ha sabido imponer su idea en un equipo que vive de los logros del pasado. La sensación es que la plantilla blanca, desconectada y sin liderazgo, también ha acabado haciéndole la cama al entrenador dentro y fuera del campo.
La dinamita blaugrana que lo hizo estallar todo
La final de la Supercopa volvió a demostrar que un Clásico nunca es un partido más. El Barça se impuso al Real Mdrid en un duelo vibrante, intenso y mucho más igualado de lo que muchos nos imaginábamos. Ser tan favorito no le hizo ningún bien al conjunto azulgrana, que tuvo que convivir con una presión añadida y un rival herido pero orgulloso. Sin embargo, el equipo de Flick supo sobreponerse al escenario y a un planteamiento blanco que, por momentos, me recordó al Madrid más incómodo y agresivo de años atrás.
Los blancos probaron una nueva fórmula para desactivar el engranaje colectivo del Barça: líneas juntas, ritmo lento y mucho juego físico. Pero tampoco les funcionó. El dominio azulgrana acabó emergiendo, especialmente cuando el partido exigió personalidad y atrevimiento. Si el marcador no fue más abultado fue porque las individualidades del Madrid evitaron una nueva goleada ante el eterno rival.
El Barça volvió a tocar una fibra sensible de su adversario. El Barça le tiene la moral completamente comida a su eterno rival. Y, de nuevo, el Barça también vuelve a ser el supercampeón de España. ¡Bravo!
Los blancos probaron una nueva fórmula para desactivar el engranaje colectivo del Barça: líneas juntas, ritmo lento y mucho juego físico. Pero tampoco les funcionó. El dominio azulgrana acabó emergiendo, especialmente cuando el partido exigió personalidad y atrevimiento. Si el marcador no fue más abultado fue porque las individualidades del Madrid evitaron una nueva goleada ante el eterno rival.
El Barça volvió a tocar una fibra sensible de su adversario. El Barça le tiene la moral completamente comida a su eterno rival. Y, de nuevo, el Barça también vuelve a ser el supercampeón de España. ¡Bravo!
