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La actriz Blanca Marsillach

Blanca Marsillach: “Los clásicos eran unos cachondos, sexis y lujuriosos, no hemos inventado nada"

La actriz rinde rinde homenaje a los autores del Siglo de Oro con la recuperación de una obra de su padre, 'Una noche con los clásicos'

13 min

Blanca Marsillach (Barcelona, 1956) lleva el teatro en las venas. Hija del gran Adolfo Marsillach, sigue su legado de un teatro comprometido con la sociedad y, junto a Elise Varela, ha formado Varela Producciones, con las que estrena proyectos que apuestan por la cultura y la integración.

Su último espectáculo es Una noche con los clásicos, que se presenta en el Teatro Infanta Isabel de Madrid del 6 al 17 de abril. Una obra que ya llevó a cabo su padre y que ella, junto a Miguel Rellán y Mario Gas, ha recuperado para deleite de los espectadores.

Fiel defensora de los clásicos --de casta le viene al galgo--, la actriz charla con Crónica Directo sobre la importancia de éstos y la situación del teatro actual.

Cartel de 'Una noche con los clásicos'
Cartel de 'Una noche con los clásicos'

--Pregunta: ¿Cómo surgió el proyecto?

--Respuesta: El proyecto surgió porque quería hacer algunas obras de mi papá: Yo me bajo en la próxima, Se vende ático… pero esto es un recorrido sobre el Siglo de Oro, muy sexi, muy dinámico. Tocamos la mística de Santa Teresa, de San Juan, la picardía de Quevedo, Góngora, Lope… Es muy divertido. La obra se hace supercorta.

--¿Y el duo con Miguel Rellán?

--Fue un rapto que le hice a Miguel Rellán (ríe). Le ofrecí Yo me bajo en la próxima y me dijo que no, así que le propuse Una noche con los clásicos, aprovechando que era el 20 aniversario de la muerte de Adolfo Marsillach. Es una gira cómoda, una lectura dramatizada, y lo convencí. Luego llamé a Mario Gas y también le convencí, porque a la gente le hablas de Marsillach y se vuelca.

--¿Han hecho alguna modificación al texto?

--Hemos añadido algunos poemas de Miguel Hernández, porque fue el centenario y, como homenaje a papá, la Elegía a Ramón Sijé me parecía una dedicatoria muy bonita.

--¿Es una recuperación doble del legado de su padre y de esos poetas que han dejado de estar en los escenarios?

--Sí. Es un homenaje a los clásicos, que a la vez son muy modernos, porque todos hablan de la lujuria, del poder, del sexo, del amor, de la ambición, de la corrupción, de qué es la vida, la muerte, el más allá… Temas de muchísima actualidad. De Poderoso caballero es Don dinero a Vivo sin vivir en mí, Llegué a la media noche… todos tocan algún tema muy candente. La erótica del poder, el sexo, el desamor.

--¿No es casi un gesto de atrevimiento? La poesía y la lectura dramatizada no es muy común en los teatros. ¿Es una reivindicación de ese teatro?

--Sí, por supuesto. Utilizar la palabra como espada para llegar al corazón del público y transformarlo.

--¿Y es una apuesta personal suya? Porque también giró con Entre versos y Marsillach

--Lo hicimos con la Obra Social La Caixa, primero con gente mayor, y luego en institutos. Leían a varios para jugar con la palabra como espada, y el que mejor esgrimía la palabra como rap, hacía que los chiquillos se volvieran locos. Veían que no hay un puente tan grande entre lo que sienten y lo que sentían Lope de Vega y Calderón. Es un legado que hay que mantener vivo, por eso con Varela Producciones llevamos haciendo un trabajo social con mayores e institutos acercando el Siglo de Oro, que es lo que mi padre hizo con la Compañía Nacional del Teatro Clásico (CNTC), y que luego hizo este montaje con Amparo Rivelles y María Jesús Valdés. Los homenajeamos a ambos con retroproyecciones y con la idea de acercar el teatro clásico al público.

--¿Se siente una continuadora de ese legado de su padre?

--Sí… humildemente… No tengo los mismos medios que la CNTC, pero gracias a patrocinadores como La Caixa, en su día la Comunidad de Madrid, hemos podido llevar a los jóvenes y a mayores el teatro clásico, que es en realidad el objetivo y el empeño de mi padre: contribuir a que el Siglo de Oro, que es una de nuestras grandes joyas, no se quede en el olvido. Que no se nos olvide que los clásicos eran unos cachondos, no hemos inventado nada, nos daban 3.000 vueltas, eran mucho más ambiciosos, sexis, lujuriosos, divertidos y corruptos de lo que podemos imaginar. La labor que hizo papá de acercarlo y modernizarlo fue una labor fundamental.

Blanca Marsillach / INSTAGRAM
Blanca Marsillach / INSTAGRAM

--¿Echa de menos al CNTC en esta tarea?

--Ellos le harán un homenaje a mi padre en Almagro, creo. Echo de menos aquella época, donde había un estilo de decir al verso como el de la Comédie-Française o el Royal Shakespeare. Esto ha ido cambiando, pero la estampa que impregnó Marsillach cuando estuvo en la CNTC era una unidad, un “todos para uno y uno para todos”. La compañía ha crecido de diferentes maneras. El teatro de la época de mi padre era muy reivindicativo en la era de la dictadura. Se adelantó 30 años a la visión que se tenía del teatro. Y estábamos en una dictadura con el Tartufo, Sócrates, Madame SadeTeniendo un referente que se adelantó 30-40 años, hay pocas cosas que me sorprenden cuando voy al teatro, salvo el audiovisual, que ahora se echa mucha mano de él, aunque ya mi padre lo hacía jugando con la tecnología, las luces, los colores.

--¿Siente que también se ha simplificado esa crítica social acompañada de esa poética?

--El trabajo que hacemos en Varela de inclusión, con la integración de actores con discapacidad y sin ella, el trabajo que hemos hecho en temas de educación, violencia de género, compromiso del medioambiente. Mi padre era un hombre muy comprometido y nosotros, desde Varela, utilizamos el teatro como vehículo para elevar esos valores.

--¿Además de esto tiene algún proyecto más de actuación, más allá de las lecturas?

--Nuestra idea es compaginar el teatro social con el comercial. Tenemos varios proyectos, pero al hablar de ellos se gafan. Siempre tendrán un mensaje, un tema que reivindicar. A nosotros nos gusta que haya un mensaje muy claro y que contribuyamos a que haya un mundo mucho más inclusivo, que hable de la igualdad, de tener un planeta más sostenible. Tenemos un proyecto maravilloso con Bankinter sobre la educación financiera, que la hacemos en cárceles e institutos para que se haga un buen uso del dinero. Estamos en un mundo en que todos tenemos acceso a muchas cosas y gastamos más de lo que realmente podemos, sobre todo, los jóvenes. Y en nuestras obras comerciales siempre va a haber una lucha de poder, siempre está el dinero y el amor, que suelen ir de la mano. Ahora hay muchísimos suicidios entre la gente joven y es muy interesante abordarlo.

--Lo hacen desde lo privado, cuando es también una función pública. ¿Lo hacen porque ve carencias en este sentido como labor de Estado?

--Sería estupendo tener la ayuda que teníamos de la Comunidad de Madrid cuando estaba Lucía Figar, que hubiera una partida presupuestaria para este tipo de proyectos. Sería maravilloso que hubiera partidas de diferentes instituciones gubernamentales o de la Comunidad que pudieran avalar este tipo de iniciativas, porque son muy necesarias. Es un país que no fácil en este sentido. Tuvimos suerte con Figar y luego tuvimos que recurrir a compañías privadas, como la fundación Repsol, con los que llevábamos diez años haciendo obras con actores con y sin discapacidad, y sin ellos, ahora, se ha quedado parado.

--¿Este país olvida demasiado pronto sus clásicos contemporáneos como Marsillach?

--Sí él hubiera nacido en Francia o en Italia hubiera tenido la categoría de ser sir, o un teatro y una calle en el centro de la ciudad. Un patrocinador privado no quitaría el nombre de un teatro si no le pagas, lo consideraría un lujo. Cuando dejamos de tener un patrocinador, quitaron el nombre de Marsillach de los letreros. Esto te hace sospechar del país que estamos viviendo. Un país donde los teatros tienen nombre de bebida, que puedo entenderlo como empresaria… Ambas cosas son compatibles. Hay muchas maneras de hacerlo. No somos conscientes de nuestra historia y es lo único que tenemos: el turismo y la historia. Cuando quitas eso te quedas sin una de tus grandes patas y se refleja en la educación de la gente, de las nuevas generaciones, la gente no tiene ese respeto por el teatro, esa costumbre de ir al teatro como en Inglaterra, Nueva York… En España, que tenemos con gente con muchísimo talento, tengo la sensación de que cuando uno tiene un cargo pone a sus gentes a dirigir y actuar en sus obras. Damos pocas oportunidades a directores, dramaturgos y jóvenes que puedan estrenar. Vamos a lo seguro. Es el momento que vivimos. En las series actúan chicos de 20 años, que está bien, pero ¿qué pasa con las mujeres de 40 o las personas de 50 años?

--Sucede mucho, ¿no?

--Es un tema que lo vivimos, pero si tú crees en ti, el papel va a venir. Pero volvemos a los teatros nacionales, a las instituciones, si desde estas plataformas no se hacen pocas cosas, podemos hacer mujeres como yo. Si no creas empleo desde una institución, se nos escapa de las manos. Y parece que, si no estás en redes y no eres joven, no estás en el mundo, y eso en otros países no ocurre tanto como en este.

--Por último, ¿qué dicen este tipo de obras y Marsillach al público de hoy?

--Que la vida es maravillosa, qué la vida y la muerte van de la mano, que hay que divertirse, enamorarse, reflexionar, ambicionar, que el dinero es un poder y que hay que darle la vuelta a las cosas. Es una lección de vida muy básica.