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Un técnico manipulando una impresora de alimentos en 3D / F4F

La impresión 3D, una mala alternativa para la producción en serie

La fabricación aditiva se topa con problemas de coste y tiempo, pero destaca por sus ventajas para diseñar piezas especializadas

8 min

El Covid-19 ha puesto de relieve las enormes posibilidades de la impresión 3D. Durante los meses más duros de la pandemia, los miembros de la comunidad maker --apodados como coronavirusmakers para la ocasión-- fueron capaces de producir mascarillas y respiradores cuando la industria nacional estaba paralizada.

Ahora bien, ¿es factible confiar en una revolución económica a partir de esta experiencia? Algunos expertos expresan sus dudas sobre la capacidad real de generar en serie todo tipo de artículos mediante la impresión 3D. Pero el estado del arte está lejos de garantizar una producción a gran escala que remplace a los métodos convencionales.

 

 

Impresión 3D, ¿la tercera revolución industrial? / QORE

No siempre sale a cuenta

El principal problema de la fabricación aditiva se halla en la relación entre coste y beneficio. César García, director del canal especializado Hora Maker en Youtube, explica que "hay que buscar el nicho en el cual la impresión 3D sea más competitiva".

"No todos los casos son interesantes. En general, se obtienen más beneficios cuanto más personalizadas sean las piezas. Es el caso de prótesis como los alineadores dentales, donde no tiene sentido fabricarlos masivamente", detalla. El hecho de poder diseñar bienes customizados es una clara ventaja frente a los procesos enfocados a un consumidor mucho menos definido.

¿Hay barreras?

José María Ferrándiz, director de negocio del grupo Solitium y profesor en ESIC, añade a la discusión algunos matices: "La industria se encamina hacia productos más personalizados y con un periodo de vida más corto. Eso está pasando y va a ir a más. La impresión en metal es una realidad y hacia 2010 caducaron muchas patentes".

Para el experto, estamos ante una barrera más bien de conocimiento que económica. Con todo, García cifra el umbral de oportunidad industrial para la tecnología en las 10.000 piezas. A partir de esa cantidad, el procedimiento no resulta competitivo frente al moldeo por inyección, que resulta más barato y más rápido que el 3D. "No es que haya algo que no se pueda imprimir en 3D. Pero en un moldeo por inyección, se fabrican 20 piezas en 10 segundos. En impresión, se tardan 5 horas para la misma cantidad".

La MakerBot fue una de las primeras impresoras 3d en popularizarse / ENTER

 

 

La MakerBot fue una de las primeras impresoras 3D en popularizarse / ENTER

La 'fábrica' del barrio

Esto no significa que no haya avances. Como incide Vicente Guallart, los cerca de 16.000 coronamakers demostraron el año pasado que se pueden crear bienes de carácter semiindustrial con patentes abiertas. De hecho, llegaron a producir más de un millón de elementos de protección individual. Este arquitecto, impulsor del fab lab de Barcelona --la red internacional de centros cooperativos de diseño y fabricación en 3D-- resalta el carácter descentralizado y urbano de estos equipamientos como una alternativa a las grandes factorías. Y con un rasgo distintivo: el caráter comunitario de estas iniciativas.

Todo ello, eso sí, pensando en una producción modesta. "El futuro que nosotros proponemos pasa por fabricar en pequeñas tiradas tanto en las ciudades como en las casas de las personas. Hoy en día hay dispositivos con un valor de 600 euros que ya permiten imprimir objetos pequeños como una taza de café", cuenta.

Una diseñadora realiza un boceto para ser impreso en 3D / PEXELS

 

 

Una diseñadora realiza un boceto para ser impreso en 3D / PEXELS

Salto adelante

Para este pionero, el salto que se ha dado desde que en 2007 se abrió el complejo ubicado en Poblesec hasta la actualidad es importante. "Ya estamos en un 5% de población con manejo de una impresora 3D. El valor experimental se está acercando paso a paso a una realidad mucho más práctica", concluye.

"La idea de la fabricación digital ha estado siempre en talleres industriales, pero el concepto ha pasado a un ámbito más personal. Es lo mismo que sucedió cuando se desarrolló el PC, el ordenador personal, y se superó la etapa de los 60 donde el único ordenador lo tenía IBM", expone de forma gráfica el arquitecto.

Ecosistema de startups

El ecosistema empresarial que se ha generado durante las últimas décadas da prueba del salto adelante de la tecnología. Algunas de ellas, como Noumena, ya se han hecho con importantes contratos. La firma dirigida por Aldo Sollazzo se encargará el interior del pabellón español en la próxima exposición internacional de Dubai.

"Barcelona quiere ser un centro de referencia en impresión 3D. Hay marcas de gran tamaño que están intentando convertir esto en un hub, pero hay que evitar que la ciudad se transforme en un agujero negro donde se minimice a las compañías independientes", reivindica. La empresa diseña prototipos enfocados al sector arquitectónico, especialmente a áreas relacionadas con los materiales y estructuras.

Próximos pasos

"Es un sector que tiene que ganar músculo e interconectar las posibilidades que estas nuevas tecnologías ofrecen. No se puede depender únicamente de la máquina, sino que hay que reformular los efectos de los centros de producción, la capacidad de implementación... hay una parte creativa", explica. También incide Ferrándiz en la inexistente política industrial, así como en el estímulo insuficiente de la formación entre los profesionales y el público.

Pero las virtualidades de la impresión 3D vinculada con problemas acuciantes como la sostenibilidad o el nuevo urbanismo anima al colectivo. Aunque, por el momento, parece que una sustitución indolora de los procedimientos industriales no se encuentra en la agenda.

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