Hay trayectorias donde el espacio de trabajo, el don de la creación, las creencias más profundas, los juegos infantiles y la cotidianidad conforman una trama indisoluble, un continuum, entre el oficio y la existencia.
Así fue la vida de Aurélia Muñoz (Barcelona, 1926-2011), una de las artistas más singulares e innovadoras del arte contemporáneo, y figura clave en la renovación del lenguaje escultórico textil europeo del siglo XX. Y así lo transmite a Mujeres en Crónica Sílvia Ventosa, doctora en Antropología Urbana, licenciada en Filosofía, museóloga, conservadora de tejidos, experta en moda y responsable del Archivo Aurélia Muñoz.
Hablar con ella es sumergirse en un universo donde los tejidos no son meros materiales de costura, sino herramientas para reflexionar.
A través de sus recuerdos, descubrimos a una creadora profundamente contemporánea, curiosa e intuitiva, que necesitaba del silencio para trabajar pero convertía su hogar en un epicentro donde familia, amigos y colaboradores generaban una red de sinergias enriquecedoras.
El método Montessori, una pedagogía indeleble a su biografía
Aurélia fue educada en la escuela Montessori, una pedagogía que, en palabras de Sílvia, “marcó mucho su vida y la de sus hijos porque nos enseñó a pensar de esta manera, con las manos, con los materiales. Una enseñanza mucho más experiencial que ahora se vuelve a recuperar”.
Bajo este prisma de aprendizaje empírico, táctil, el taller de la artista, ubicado cinco pisos más arriba de la vivienda familiar en la Gran Vía barcelonesa, se convirtió en un entorno lúdico, en una extensión del patio de recreo, aunque “cuando se profesionalizó necesitaba estar sola”, afirma.
Aurélia Muñoz con su obra Macra I
En una España constreñida por la rigidez, en casa de los Muñoz-Ventosa se respiraba una autonomía profunda: “Recuerdo una niñez feliz y bastante libre. Era una casa muy grande con un patio enorme y las vecinas de arriba bajaban a jugar con nosotros. Mis padres nos dejan mucha libertad en los estudios, en los juegos”. Y aunque Aurélia siempre estaba inmersa en su particular universo, no aislaba a sus hijos, ni a su entorno, de su obra, sino que los hacía partícipes.
Una creadora autodidacta
La preferencia de Muñoz por lo textil no fue inmediata. Buscó inicialmente su voz en la Escuela Massana de Barcelona donde, con 31 años y responsabilidades familiares, comenzó a formarse en cerámica y esmaltes.
Sin embargo, la rigidez de estos materiales no encajaba con su idiosincrasia. Pasó brevemente por el departamento de tejidos, pero su etapa en la institución fue bastante efímera. Ella siempre se reivindicó como una artista autodidacta. Las aulas eran los museos y catedrales que visitaba asiduamente, sentía auténtica fascinación por los tejidos de las colecciones de los monasterios, estaba al tanto de las exposiciones de arte, recibía revistas de arte en casa y además era una lectora voraz.
Su afán por rehuir de cualquier etiqueta en busca de una renovación del arte textil la llevó a participar en varias ocasiones en la Bienal Internacional del Tapiz de Lausana. Allí conectó directamente con el movimiento internacional conocido en Europa como Nouvelle Tapisserie –Fiber Art en el mundo anglosajón– y entabló amistad con artistas tan relevantes como la polaca Magdalena Abakanowicz.
El arte de escuchar el silencio
Su intenso proceso de documentación, de investigación, de aprendizaje, requería disciplina y, sobre todo, una desconexión absoluta del ruido cotidiano.
Sílvia Ventosa posa con una de las obras de la exposición Entes. Aurélia Muñoz en el Reina Sofía
En su taller no quería teléfono ni interferencias: “Su medio natural es su taller, con sus ayudantes y mucho silencio. Me decía Josefina Salazar –una de sus ayudantes más cercanas– , que necesitaba mucho silencio y que estaba constantemente pensando, pensando, pensando, hasta que encontraba una solución”.
El silencio le aportaba la calma, la serenidad necesaria para pensar, para crear: “Decía que era esencial para el discernimiento. Para discernir lo que era excelente de lo que no lo era”.
También es verdad que este recogimiento voluntario habría sido prácticamente imposible sin el apoyo de su círculo más cercano: la persona que la ayudaba en las tareas domésticas y su esposo –abogado de vino y licores– quien también participaba de logística de la casa, se ocupaba de la parte administrativa y además la animaba a viajar más, a que hiciese más exposiciones.
La flexibilidad de los materiales orgánicos
Cuenta Sílvia que siempre se ha preguntado por qué su madre trabajó principalmente con fibras, con textiles. La respuesta reside en la naturaleza misma del material, en lo que este permitía proyectar: “Creo que es porque son orgánicos, flexibles, porque cuando es indumentaria está próximo a la piel. Quizá también porque está muy relacionado con lo doméstico, con las labores de la mujer”.
Su proceso creativo no nacía de la teoría sino de la interacción directa con materiales y objetos, estaba ligado profundamente a la experimentación: “Recogía cantos rodados en la playa y veía dónde los podría colocar, o compraba pesos de plomo de pesca y pensaba qué función podían tener, como los pondus, las pesas de los telares ibéricos. Es decir, los materiales, las técnicas, las formas, eran una forma de pensar”.
Para ella, el tejido era en cierto modo el nexo de unión de todos estos aspectos, de todas sus inquietudes. Y todo este pensamiento está recogido en un texto de su autoría titulado El arte de flexionar un espacio.
La escultura textil Ondulaciones, 1974, en primer plano
Le fascinaban los refugios, los cobijos efímeros y nómadas, estructuras arquitectónicas como las yurtas tradicionales donde interior y exterior están hechas exclusivamente de telas. Admiraba, por ejemplo, las revolucionarias estructuras tensadas que diseñó Frei Otto para el Estadio Olímpico de Munich; pero al mismo tiempo se interesaba en soluciones ancestrales del campesinado, como las corozas de paja de centeno utilizadas en Galicia o Japón para protegerse de la lluvia: “Son soluciones muy orgánicas”.
Una cosmología habitada por 'entes'
Una de las facetas más estimulantes y vanguardistas de Muñoz fue su profunda sensibilidad ecológica y social, adelantándose décadas a discursos contemporáneos sobre el medio ambiente y los derechos humanos.
Elaboraba su propio compost y sentía un profundo respeto por la naturaleza, por todo ser vivo animado o inanimado. Esa pulsión ecologista y respetuosa se la transmitió a sus hijos, incluso quedó plasmada en un dibujo donde reclamaba, textualmente, los derechos de los animales, de las plantas.
Esta visión holística de la naturaleza enlaza directamente con los grandes protagonistas de su extraordinaria cosmología: sus célebres entes. Esos personajes que cuenta Sílvia, “parecía que venían a comer, a cenar, de alguna manera estaban presentes entre nosotros, tenían una presencia, no humana, sino como espíritus, como almas”.
Seres de una enorme densidad filosófica. No se trata de figuras abstractas ni representaciones figurativas. Son presencias no binarias, desprovistas de género, que se sitúan más allá de las dualidad de género tradicional, de lo bueno y lo malo, lo material y lo etéreo. Son personajes casi teatrales que habitan el espacio y apelan directamente a la imaginación del espectador.
“Ella siempre quería hacer algo muy especial, que fuera como el infinito (...). Es decir, buscaba algo que no podemos alcanzar, la verdad, la belleza, conceptos que intentaba captar de alguna manera, y lo hizo con sus herramientas”.
Familia, amigos y colaboradores a la mesa
Aunque su proceso creativo exigía silencio, tenía una vertiente muy sociable. Su casa era un constante ir y venir de críticos de arte, galeristas, coleccionistas, arquitectos o escenógrafos.
La artista catalana trabajando en su estudio, 1982
“Era lo que hoy llamaríamos una estratega de las relaciones públicas, de la comunicación. Mi padre decía: ¿No se puede comer nunca solo en esta casa? Siempre había gente, era parte de su trabajo. Creo que por eso nosotros, sus hijos, hemos aprendido tanto, porque las conversaciones eran muy profundas, sobre arte, sobre cultura… y todo eso giraba en torno a la mesa”.
Aurélia Muñoz otorgaba un valor fundamental a ese ecosistema interdisciplinar. Trabajaba estrechamente con los mejores fotógrafos de su generación, como Català-Roca, Lluís Casals, Josep Gri o Ferrán Freixa, porque pensaba que la imagen de la obra era casi tan crucial como la obra misma para transmitir su volúmen y tridimensionalidad.
También colaboraba con diseñadores, escenógrafos y arquitectos de la talla de Pedro García Ramos (Diseño S.L) para crear escenografías, la museografía de sus muestras, diseñar catálogos y pósters o para proyectar instalaciones en espacios abiertos.
Aurélia Muñoz en el año de su centenario
La artista catalana gozó de reconocimiento y de una intensa trayectoria nacional e internacional, con más de 50 exposiciones individuales y numerosas muestras colectivas, permaneciendo activa prácticamente hasta el final de su vida.
“Aunque le costaba trabajar, lo hizo hasta el último minuto. Siempre se la ha reconocido pero ahora nos interesa un reconocimiento diferente. Un reconocimiento como artista que trascendió cualquier etiqueta artesanal. Una creadora que investigaba el espacio, las formas, el aire, como alguien cuya obra de intensa carga filosófica está en las colecciones de museos tan prestigiosos como el MoMa, el Art Institute de Chicago, el Reina Sofía o el MACBA”.
El desafío actual no es por tanto reclamar su nombre, sino plantear una relectura crítica de su figura; consagrarla como lo que es, una artista plena, una investigadora del espacio vital, de las formas, de la materia. También como una mujer libre que “siempre hizo lo que le apetecía”.
Sílvia Ventosa frente al tapíz mural Homenaje a Gerónimo Bosco, 1971
Este esfuerzo de reinterpretación es manifiesto en la gran retrospectiva que, con motivo del centenario de su nacimiento, permanecerá en el Museo Nacional Reina Sofía hasta el 7 de septiembre. Aurélia Muñoz. Entes viajará posteriormente al MACBA donde se podrá visitar desde el 5 de noviembre hasta el 29 de marzo de 2027.
La de Barcelona no será una réplica exacta. “Habrá el mismo número de dibujos, setenta, pero completamente diferentes. También cambiarán algunas obras porque sus prestadores las han dejado para una sola sede. Además reforzaremos toda la parte de su archivo personal porque hemos visto que interesa mucho y aquí ha quedado un poco escaso”.
Al fin y al cabo una exposición es un organismo con entidad y vida propia. Creo que esta idea le hubiera gustado. Y su éxito no radica en la mera contemplación estética sino en su capacidad de interpelar, de estimular a quienes la contemplan. “Para mí, lo que más valor tiene, es cuando veo gente muy joven que se emociona, que le brillan los ojos”. Solo por eso, concluye, merece la pena continuar difundiendo el excepcional legado de una artista tan contemporánea como atemporal.
