Publicada

Está visto que no me libraré de Matta, de Roberto Matta (1911-2002), un artista que ha sido muy influyente y es muy celebrado, pero que me resulta personalmente algo desagradable, desde que lo conocí, en Barcelona, en el año 1999.

En la Pedrera, la Fundación Caixa de Catalunya, cuya dirección artística llevaba José Luis Giménez-Frontín, le dedicaba una amplia exposición, que luego fue al Reina Sofía.

Giménez-Frontín (que, como Matta, ya ha muerto, pero al que cada día le cojo más cariño) me lo presentó. Recuerdo que Matta, locuaz y extrovertido, iba de espiritualista, lamentaba continuamente –con sonrisas propias de quien ha visto mucho y está de vuelta de todo-- el craso materialismo de la gente, que a su juicio se niega “a tener alma”, que piensa sólo en el consumo y en el dinero.

Una exposición de Gordon Matta en el Museo de Brooklyn

Teniendo en cuenta que él era riquísimo tanto por su éxito artístico como sobre todo por el hecho, no menospreciable, de que su esposa eran multimillonaria, aquellos llamamientos reiterados del artista a la vida del espíritu y al desprecio de las cosas materiales me… impacientaron un poco.

Como he dicho, nunca me ha gustado su obra. Ni los monigotes como personajes de tira cómica de los tebeos que prodigó durante una época, ni las figuras a medio camino entre lo antropomórfico y lo maquinista, en ambientes de pesadilla de ciencia ficción, que no se sabe si están apareándose o asesinándose, de sus grandes lienzos que lo hicieron famoso.

De esas imágenes emanan sensaciones de violencia y sexualidad bruta, sin alegría, en ambientes caóticos, difusos.

Reconozco que imponentes e impresionantes lo son, pero sobre gustos no hay nada escrito. En fin, quizá no son cuadros hechos para “gustar”.

Fue por entonces cuando también conocí al escritor chileno Rafael Gumucio, que vivía en Barcelona. Había publicado su sensacional Autobiografía prematura. Era muy inteligente y de una alegría explosiva.

Estuve algunas veces cenando con él y su corte de escritores suramericanos. Una de sus especialidades para hacer reír al personal era inventarse sobre la marcha y recitar poemas falsos de Pablo Neruda. Luego se fue de vuelta a Santiago de Chile.

Ahora bien, volviendo a Matta: ese artista me persigue. Está en el canon de la pintura del siglo XX y en consecuencia lo encuentro en todos los grandes museos.

Voy a París a entrevistar a Laurence Débray, la autora de la autobiografía del Rey Juan Carlos, y resulta que en su casa tiene varios Matta, pues el pintor chileno era amigo de su padre, el famoso intelectual izquierdista Régis Débray.

Quedo a comer en Madrid con Rafael Gumucio, que está aquí de paso, y me trae de regalo su último libro, que es… su biografía de Matta, publicada en las Ediciones de la Universidad Diego Portales de Santiago de Chile.

Todo lo que escribe Gumucio es bueno, es literatura, recuerde el lector su fastuosa (y copiosa) biografía de Nicanor Parra, Rey y mendigo.

Sus libros los publica aquí el grupo Random House Mondadori, supongo que así hará también con El vértigo de Eros, su ensayo sobre Matta, donde los datos y anécdotas, algunas ciertamente jugosas, del errabundo pintor chileno, que fue bisagra en el eje entre el surrealismo del grupo de Breton y el expresionismo abstracto de los norteamericanos Pollock, Rothko, Gorky, o Motherwell, ejerciendo magisterio sobre varios de estos americanos, se entrevera con las observaciones de la propia experiencia del autor (es decir, de Gumucio) viviendo en Nueva York en los tiempos del Covid.

Bueno, el caso es que, como he dicho, el otro día en Madrid comí con Gumucio y le invité a participar en el juego de los domingos: que eligiera a un pintor moderno del que le gustase tener una obra suya en casa.

De inmediato dice: “Elegiría algo de Max Ernst. Era el surrealista más puro. Claro que también tiene cuadros horribles... Pero en realidad, ya que te he traído la biografía de Matta, quizá debería elegir algo suyo… Pero casi prefiero elegir algo de su hijo, Gordon Matta Clark, que como él estudió arquitectura pero se pasó al arte".

"Sí, elegiría a Matta-Clark, pero no podría tener ninguna obra suya en casa. Porque sus obras no existen. Él intervenía en casas de Nueva York que estaban en ruinas y serían demolidas. Practicaba agujeros en sus paredes, partía los edificios en dos… Son obras maravillosas que sólo existen en fotos.”

En efecto, Gordon Matta-Clark (1943-1978) ha pasado a la historia del arte contemporáneo por sus building cuts o “cortes de edificios”, que practicaba en inmuebles en ruinas o destinados a la demolición: retiraba fachadas, practicaba perforaciones para dejar pasar la luz y juntar exterior e interior, y para revelar las capas de vida que había alentado dentro. Entre otras cosas.

Era un artista ciclópeo y, como se ve por lo que acabo de exponer, muy imaginativo y original. Lástima que muriese tan prematuramente, víctimas de una enfermedad, cuando tenía tanto por decir y por hacer.

Me parece excelente la elección de Gumucio: algo imposible de poseer, porque no existe, es algo que no puede cansar nunca.