Licenciada en Medicina y Cirugía, Marta González-Corró (Barcelona, 1966) cuenta con un postgrado en Psiconeuroendocrinoinmunología, además de diversos másteres en Nutrición y Alimentación. Coincidiendo con la publicación de su nuevo libro Un hígado feliz (Editorial Alienta), habla con Mujeres en Crónica sobre cómo el eje hígado-intestino-microbiota permite entender por qué la salud depende del correcto funcionamiento de todos nuestros órganos.
Portada del libro 'Un hígado feliz' (Alienta)
– El libro trata sobre la conexión entre hígado, intestino y microbiota. ¿Cómo funciona esta alianza?
– La microbiota tiene un papel fundamental, no solamente a nivel digestivo, sino a nivel de salud sistémica. Entre otros, por ejemplo, tiene un papel inmunológico importantísimo y fabrica sustancias neuroactivas (neurotransmisores). Pero no podemos tener una buena salud intestinal, una buena salud digestiva ni una buena salud sistémica sin esta tríada que incluye también al hígado. Y el hígado es un órgano importantísimo pero silencioso, no da síntomas evidentes cuando hablamos a este nivel. Es decir, puedes tener una hepatitis y lógicamente dará síntomas claros, pero cuando hablamos a nivel funcional, de detoxificación o metabólica, que también es importantísimo, no suele dar síntomas.
Esta tríada es muy importante porque tenemos una comunicación, una autopista dirigida entre el intestino y el hígado y viceversa, que es lo que se conoce como circulación enterohepática. Es decir, por un lado el hígado, por ejemplo, sintetiza sales biliares, las almacenamos en la vesícula y cuando comemos alimentos con grasa, se estimula la vesícula que envía esas sales biliares al intestino para poder hacer una buena digestión y absorber las grasas y las vitaminas liposolubles. Pero es que también todo aquello que comemos y que luego nuestra microbiota metaboliza, fabrica, sintetiza, a través de esta circulación enterohepática llega al hígado desde donde se distribuye, se filtra, etcétera. Esa es la comunicación. Cuando todo va bien y funciona, es genial.
– ¿Y si el funcionamiento no es el adecuado?
– Cuando algo se estropea, que puede estar causado por muchos motivos, se altera la salud digestiva, intestinal, la microbiota y también la funcionalidad detoxificadora del hígado, incluso su función metabólica e inmunológica.
– ¿Qué tipo de patologías podemos llegar a desarrollar si esto ocurre?
– De todo. Cuando se altera, por ejemplo, su función detoxificadora porque el hígado está saturado de tantos tóxicos y sustancias que le llegan, una de las cosas que hace es que su sistema inmunológico —los llamados macrófagos o células de Kupffer— se inflama, se pone en alerta. Eso genera un aumento de ácidos grasos, se fabrican grasas que se almacenan alrededor del hígado. Hablamos del famoso hígado graso al que muchas veces no se le da valor al principio. En una ecografía abdominal, el médico puede detectar un poco de grasa en el hígado, un grado uno y no le dan mayor importancia. Y es una pena porque el hígado graso puede evolucionar a grado dos, a tres, a cuatro, a fibrosis, a cirrosis, etcétera.
"Fíjate la cantidad de cosas que tienen que ver con tener un hígado, un intestino y una microbiota funcionando de manera óptima"
– Lo ideal sería entonces tratarlo en un grado leve.
– Si estás en un grado uno o dos es muy fácil revertirlo con el estilo de vida. Pero no solamente ocurre eso, sino que a partir de toda esa situación de inflamación que se cronifica se genera lo que se conoce como un estado de inflamación crónica de bajo grado, y la inflamación crónica de bajo grado es la base de muchas enfermedades, endocrinas, metabólicas, neurodegenerativas, psiquiátricas, cardíacas. Fíjate la cantidad de cosas que tienen que ver con tener un hígado, un intestino y una microbiota funcionando de manera óptima. Al final el intestino es una pared, una barrera selectiva y tiene que tener una apertura determinada. A través de estas uniones lo que hace es filtrar y seleccionar aquello que debe entrar, los nutrientes y determinadas sustancias que fabrica nuestra microbiota que son necesarias. Hasta aquí todo muy bien. Cuando comemos mal, dietas ricas en procesados, en harinas refinadas, muy carnívoras, cuando estamos estresados o tomamos muchos medicamentos, todo esto altera el equilibrio del intestino y la microbiota. En consecuencia, esta barrera selectiva se convierte en un coladero por el que entran un montón de sustancias que no deberían entrar y llegan a través de la circulación enterohepática al hígado saturándolo porque no para de trabajar.
– ¿Se puede detectar esta sobrecarga con antelación?
– Es muy difícil valorar cuando está en fases iniciales. Pero, por ejemplo, se puede ver en las transaminasas (unas enzimas de función hepática), cuando están ligeramente aumentadas, en una analítica en sangre. Muchas veces no le damos valor precisamente por estar un poquito aumentadas pero eso ya es un indicador de que hay un hígado saturado y que puede haber un inicio de hígado graso.
"El hígado es un órgano muy agradecido cuando lo cuidamos"
– Antes de llegar a consulta, ¿hay alguna señal de alerta que nosotros mismos podamos reconocer?
– No es que se detecte tarde, un hígado graso es muy fácil de detectar con una ecografía. Lo que ocurre es que no se le da valor hasta que no está en estadios más avanzados. Particularmente considero que es una pena que cuando una persona presenta un estadio inicial, su médico no le proponga cambiar la dieta, hacer ejercicio físico, controlar el estrés y el descanso. Si ya existe un estadio inicial hay que darle el valor que le corresponde porque se puede modificar. Veamos ahora cómo puedes sospechar que algo no va bien. A ver, habitualmente son síntomas inespecíficos porque no suele haber dolor. Lo que sí puede haber es más cansancio de lo habitual durante todo el día, tener un poco de neblina mental, levantarse por la mañana con la boca pastosa, la lengua saburral, tener dolor en el hombro derecho, tener incluso inflamaciones a nivel articular, digestiones pesadas o alternancia de diarrea y estreñimiento. En algunos casos, hay personas que también pueden sentirse inflamadas. Si te fijas todos estos síntomas son muy inespecíficos, pero si tu médico tiene una mirada integrativa puedes hablarlo con él, revisar la dieta, pedir una analítica y a partir de ahí ir trabajando, porque el hígado es un órgano muy agradecido cuando lo cuidamos, tiene una capacidad regenerativa impresionante. Eso es un mensaje positivo con respecto al hígado.
Marta Gozález-Corró, licenciada en Medicina y Cirugía y experta en nutrición
– Son muchos los aspectos que inciden en su buen funcionamiento y por tanto de nuestro organismo. Por un lado la nutrición y por otro el estilo de vida. ¿Qué tipo de dieta sería la adecuada para una óptima salud hepática?
– Voy a decepcionar un poco porque no voy a decir nada milagroso que es lo que a la gente le encanta. Voy a decir algo tan sencillo como la dieta mediterránea. La dieta mediterránea es la que mayor evidencia tiene para una buena función del hígado y una buena salud intestinal. Ahora, vamos a ver qué es una dieta mediterránea porque lo hemos olvidado. Una dieta mediterránea es una dieta rica en frutas, verduras, cereales integrales, legumbres, semillas, frutos secos, huevos, aves y pescado. Esa es la dieta mediterránea, y ocasionalmente un poquito de carne roja. Fíjate que estoy hablando de alimentos completos, no de procesados, ultraprocesados o jugos. Es decir hablo de comida real.
Siempre digo a mis pacientes que piensen en la cesta de la compra que haría su abuela cuando vayan al supermercado. Mi abuela compraba comida real que no estaba envasada. También es importante la comida estacional. Ahora llegan los tomates, la fruta de verano, luego vendrá la fruta y verdura de invierno. Y esa variedad, esa estacionalidad, permite que cuando la fruta, la verdura y todos estos alimentos se recogen en su punto de maduración óptima, tengan una mejor calidad nutricional.
"Al hígado le encantan los amargos: la alcachofa, los berros, la rúcula, las endivias, los espárragos"
– ¿Qué alimentos concretos son depurativos para el hígado?
– Al hígado le encantan los amargos, por tanto, la alcachofa, los berros, la rúcula, las endivias, los espárragos, todo esto le va muy bien. Pero hemos dicho que el hígado no va solo, tiene que ir con una buena salud intestinal y una buena microbiota. Y a la microbiota le encanta la fibra, los polifenoles y el almidón resistente. Entonces, tenemos que comer fibra que se encuentra en los hidratos de carbono complejos, como las legumbres y los cereales integrales. También el almidón resistente que encontramos en el boniato, la patata, en arroces cocinados y enfriados. Ese es el
punto, enfriados, porque así ese almidón que se transformaría en glucosa rápidamente, se transforma en almidón resistente o retrógrado que puede utilizar tu microbiota y fabricar, por ejemplo, butirato, un potente antiinflamatorio, y polifenoles, también presentes en los frutos del bosque. Cuanta más variedad de colores tiene tu alimentación vegetal, más fitoquímicos y más sustancias protectoras estás consumiendo, y eso a la microbiota le encanta. Además, como la detoxificación hepática ocurre en dos fases y cada vía necesita determinados nutrientes, a la vía de la sulfatación le va de maravilla el pulpo, el calamar o la sepia; mientras que la vía del glutatión es fundamental para todo el tema de los antioxidantes.
– Usted es vegana. ¿Puede una dieta vegana reducir la inflamación sistémica?
– Sí, y tanto. Al final es una dieta vegetal rica en fibra, rica en almidones resistentes, en flavonoides. Por tanto, una dieta vegana bien planificada es una de las más saludables y evidentemente baja la inflamación sistémica. Y aquí aprovecho para romper una lanza a su favor, porque muchas veces veo que en redes sociales se demonizan determinados alimentos, como los frutos secos o las legumbres porque tienen lectinas, antinutrientes, etcétera. Y es verdad, porque una planta no tiene garras para defenderse como los animales y esas sustancias antinutrientes son su mecanismo de defensa. Pero yo no he visto a nadie, hasta la fecha, comerse un garbanzo crudo, y cuando cocinas se van los antinutrientes. Además todos los estudios señalan los beneficios de consumir legumbres por su aporte de vitaminas, de minerales, de fitoquímicos. Todas las legumbres son excelentes: frijoles, azukis, lentejas, garbanzos, alubias blancas… Aparte son una excelente fuente de proteína. Una dieta vegana es una dieta baja en inflamación por mucho que la quieran catalogar de inflamatoria por las sustancias antinutrientes. Si lo comes todo crudo, lo entiendo. Hay gente que come avena cruda, el famoso overnight oats que se pone en la nevera para tomarlo al día siguiente. Pero la avena es un cereal y los cereales se cocinan como el arroz, el mijo o la quinoa. Es que incluso hay estudios sobre enfermedades autoinmunes, como la artritis reumatoide, que dicen que la dieta vegana da buenos resultados, aunque, evidentemente, la dieta no es el único factor.
"Para mí el estrés es el peor factor de todos"
– Precisamente quería preguntarle sobre los otros factores que inciden en la salud del hígado.
– Para mí el estrés es el peor factor de todos. Fundamentalmente el estrés crónico. Nosotros estamos diseñados para tener un estrés agudo. Pongo un ejemplo muy gráfico. El estrés agudo es el que se produce cuando viene un león. En esa situación tengo que correr o me tengo que enfrentar, y cuando el león se va me relajo y ya está. ¿Qué problema hay? Que hoy en día tengo el león de la hipoteca, el del niño que le pasa algo, el león del tráfico, el del trabajo. Toda mi vida es un león detrás de otro de manera permanente. No estoy diseñado para eso. Como consecuencia, hay un pico de cortisol, una hormona importantísima. Pero no se puede estar permanentemente con el cortisol arriba. El estrés está diseñado como un sistema de supervivencia y por tanto lo que hace es bloquear otras funciones, por ejemplo la digestión porque cuando tengo que correr no necesito digerir y en consecuencia se bloquean las secreciones gástricas y todo el proceso digestivo. También se bloquea la función reproductiva. Por eso a muchas mujeres se les altera la regla cuando tienen estrés. Con esto quiero decir que el estrés sostenido en el tiempo acaba teniendo impacto a todos los niveles y genera un estado inflamatorio crónico de bajo grado que es, como te decía, la puerta de entrada de muchísimas enfermedades.
– ¿Además del estrés?
– Otro factor importante es el sueño. Estamos diseñados, en teoría, para encerrarnos y poder descansar cuando se pone el sol y cuando amanece, con la luz del sol, se active mi cortisol y pueda ponerme en marcha. El cortisol y la melatonina regulan estos ciclos, el ritmo circadiano, a través de la glándula pineal. Esto es lo que debería ocurrir porque por la noche pasan un montón de cosas. Para empezar, limpiamos el organismo. Tenemos un sistema linfático que es una gran vía de limpieza; tenemos el sistema glinfático que limpia nuestro sistema nervioso; el sistema inmunológico ve qué debe reparar, y todo eso ocurre por la noche. Si yo me voy a dormir tarde recién cenado no tendré un buen descanso porque la energía que requiere la digestión es muchísima. O digiero o limpio, no hago las dos cosas. Por eso el sueño, el descanso, es importantísimo.
La actividad física también resulta esencial. El cuerpo está hecho para moverse, no para estar sedentario. De hecho hay estudios que dicen que con 45 minutos de actividad cardiovascular tres días a la semana mejora el hígado graso. Fíjate, es algo muy sencillo. Tenemos que movernos cada uno en la medida de lo posible porque el cuerpo está hecho para eso. Tenemos articulaciones, músculos, un sistema músculo esquelético que necesita actividad y movimiento. Y luego algo superimportante es la conexión con la naturaleza, con la tierra, con el ser humano, con los animales, conectarnos, somos seres sociales.
– En el libro hay un apartado dedicado al colesterol, ¿por qué hay tanto mito en torno a él?
– El problema es que necesitamos colesterol. Es muy importante para fabricar vitamina D que es la hormona del sol; para fabricar hormonas sexuales –andrógenos, estrógenos–; las membranas de nuestras células tienen colesterol; el sistema nervioso fundamentalmente es grasa –las vainas de mielina que permiten la conducción adecuada de los estímulos son colesterol–. Necesitamos colesterol. De hecho se sabe que los niveles muy bajos de colesterol están relacionados con una mayor predisposición al Alzheimer. Quiero dejar claro que el Alzheimer es multifactorial, por lo que no podemos extrapolar colesterol bajo al Alzheimer, pero sí que es verdad que ahí está. Hemos de entender que nosotros fabricamos colesterol, y luego hay colesterol que ingerimos a través de los alimentos. Como es necesario, no tenemos que tener cifras muy bajas porque tiene que cumplir todas estas funciones. Cuando necesito medir el riesgo cardiovascular lo tengo que hacer por una fracción que es el colesterol LDL oxidado que es el que me permite ver que hay muchos radicales libres oxidando este colesterol LDL. Este es un indicador de riesgo, pero no el único. Tenemos que valorar la homocisteína; la lipoproteína A; el valor de los triglicéridos y su relación con el colesterol HDL, que nos permite valorar el índice aterogénico; hay que evaluar la ferritina, que es una proteína inflamatoria que fabrica el hígado. Si te fijas, no es una cosa sola. Para evaluar el riesgo cardiovascular necesitamos muchos parámetros. No tenemos que bajar tanto el colesterol. Tenemos cifras de colesterol mucho más bajas que hace 40, 50 años. También hay que tener en cuenta que hay personas que padecen lo que se llama hipercolesterolemia familiar que sí tienen un mayor riesgo porque fabrican mucho colesterol. Pero al final si yo tomo colesterol, sintetizaré menos, no pasa nada. La gente está asustada del colesterol y yo me asusto más de otras cosas como de una homocisteína elevada, de una PCR ultrasensible elevada, de unos triglicéridos elevados. Al final hemos de valorar todo un contexto, no nos podemos quedar solo con un parámetro porque no es suficiente.
– Pero cuando en consulta te dan los resultados de la analítica, salvo que haya algún valor muy destacado, te dicen que todo está dentro de la normalidad.
– Es responsabilidad de cada uno mantenerse actualizado y estudiar. Yo no dejo de estudiar ni de aprender. Si yo te digo lo que aprendí de microbiota en la carrera… No se estudia la microbiota en la carrera de Medicina y es fundamental. Creo que cada profesional médico, o de cualquier otra carrera, tiene que actualizarse, estudiar, tiene que tener la inquietud de no quedarse simplemente en un protocolo. Yo estoy a favor de la medicina personalizada, de estudiar y de aprender. Me he formado, tengo muchos másters, formaciones, cursos y webinars, muchas horas de formación. Claro, si vas a un médico que no se ha formado más allá, pues te dirá lo que él sabe.
– Te recetan una pastilla y listo. Deberíamos aspirar a un sistema de salud más integrativo, holístico.
– No hay que parchear, hay que mirar a la persona en su conjunto, pero eso no te lo enseñan. Para mí la medicina alopática es fantástica para cosas agudas. Pero para toda esta serie de patologías crónicas que hay hoy en día, derivadas del estilo de vida, debemos tener una mirada global y corregir el estilo de vida del paciente.
También te digo que en un CAP donde tienen 5 minutos, ¿cómo corriges el estilo de vida de esa persona? Le das un medicamento y se acabó. Yo necesito sentarme a hablar contigo, saber qué comes, cómo te mueves, si estás estresada, qué problemas tienes, qué enfermedades has tenido. Necesito un tiempo para estar contigo y para que entiendas por qué es importante hacer lo que tienes que hacer, porque para que haya adherencia al tratamiento tienes que entender por qué has de hacer las cosas, lo que has de cambiar progresivamente.
"Esa normalización que hemos hecho del alcohol aporta cero beneficio"
– El alcohol y el café, ¿los quitamos de la lista?
– El alcohol sí. No aporta ningún beneficio por mucho que digan que si polifenoles, que si resveratrol. Eso lo tiene la uva, el alcohol no aporta nada. A partir de ahí, que un día te tomes una copa de vino, no te va a hacer daño. Pero esa normalización que hemos hecho del alcohol aporta cero beneficio, y es un tóxico directo para el hígado.
El café no tiene ningún problema, siempre y cuando no sea torrefacto sino de tueste natural. Eso es importante. Un buen café de tueste natural no tiene que tener problemas, salvo que tengas algún polimorfismo —alguna alteración en un gen— que determina que una enzima que se encarga de transformar el café, y otra serie de cosas, vaya más rápida o más lenta. Si este polimorfismo hace que esta vía vaya más lenta puede ser que el café se tolere peor. Pero en principio, tomar uno o dos cafés al día puede ser beneficioso. De hecho se ha visto que puede mejorar el hígado graso.
– Otro alimento rodeado de mitos, los frutos secos, ¿hay que remojarlos para que se activen?
– Cuando tú remojas cualquier semilla, germina y después nacen los brotes. Los frutos secos no dejan de ser semillas. Si los pones en remojo durante la noche y al día siguiente los tuestas ligeramente, de alguna forma le estás dando la información para que empiece el proceso de germinación. Yo recomiendo hidratarlos porque es una manera de reducir los antinutrientes y así los tolerarán mejor aquellas personas que padecen molestias digestivas. De todos modos, si los toleras bien crudos, que es como se deben tomar, o ligeramente tostados que también sirve para eliminar antinutrientes, los puedes consumir.
– Podemos entonces decir que un buen estilo de vida, una buena dieta y confiar en buenos profesionales, son las claves para mantener sano nuestro hígado y nuestro organismo.
– Es importante acudir a un buen profesional. Saber qué tipo de formación tiene, si está actualizado. Si tiene presencia en redes, mirar qué referencias científicas tiene de lo que habla. Es la manera de saber y de indagar un poco sobre la persona para así tener cierta garantía de que está hablando con criterio.
Y además de todo esto, hay que disfrutar. Hemos de encontrar momentos para disfrutar, porque para que el hígado sea feliz hemos de ser felices nosotros también. El hígado es feliz cuando tú también lo eres. Por eso es importante encontrar momentos para hacer cosas que nos gusten, compartir con las personas que queremos esos ratos de no hacer nada (...) Hay que darle valor a no hacer nada, a disfrutar, a respirar o tomarse un café mirando un amanecer. Todo eso hace que nuestro hígado sea feliz.
