Malcolm Barral y Santi Giménez, creadores del programa 'Il.lustres execrables'
Malcolm Otero Barral celebra a Horst Antes
Los “cefalópodos” de Horst Antes no son pulpos ni calamares, sino figuras humanas a las que efectivamente les falta el tronco
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Recuerdo perfectamente la noche –cuando entonces-- en que por El Giardinetto empezó a aparecer una serie de “jóvenes leones” de la literatura y edición, como si ese local sesentero en el que se reunían sucesivas generaciones de hombres y mujeres de letras, tuviese un imán irresistible.
Entre aquellos intrusos estaban Miguel Aguilar, hijo del histórico periodista José Miguel Aguilar y hoy mandamás del grupo Random House Mondadori, que llegaba hasta allí en su bicicleta plegable Brompton; Malcolm Otero Barral, a la sazón editor en Destino, creo; su novia Paula Cifuentes, novelista, y hoy además directora de una escuela de escritura creativa.
Por cierto que Paula llamaba la atención por su belleza delicada. Luego ella y Malcolm se casaron, tienen dos hijos.
Aparecieron por allí alguna vez Ana Pareja, la joven editora de Alpha Decay que luego se fue a vivir a Berlín, donde montó una librería española, según me dijeron; y Julián Viñuales, de imponente presencia, antes editor de Global Rhytm Press, y de Malpaso, y ahora de Libros del Kultrulm (Ana María Iglesia le hizo el año pasado una entrevista en este diario, estupenda como todas las suyas).
A mí, tengo que confesarlo, algo me fastidiaba ver aparecer a aquellos chicos llenos de talento y seguridad, pues (salvo que seas extremadamente abierto y generoso) siempre es un incordio ver que tus rutinas se alteran, ver que caras nuevas se adueñan de “tu” salón.
Me parecían como esos que mientras visitan al abuelo miran de reojo a ver qué bienes, qué cuadros y bandejas de plata heredarán.
Bueno, ahora ya no piso el Giardinetto, pues vivo lejos, pero ¡ahora ellos tampoco son tan jóvenes! Si siguen frecuentándolo (cosa que doy por descontada, pues, como vengo diciendo, el local de la calle La Granada del Penedés ya es una tradición literaria), seguro que ya ven aparecer entre sus verdes, afelpadas paredes, sobre su verde moqueta, a chicos y chicas sobradamente preparados.
Malcolm, nieto de Carlos Barral, era de todos el más simpático, lo es siempre de cualquier reunión. A las órdenes de Joaquim Palau formaba con Mauricio Bach un equipo sensacional en Destino. O al menos así me lo parecía a mí. Ahora es editor freelance, crítico literario, profesor universitario y, junto a Santi Giménez, el creador del espacio radiofónico Il.lustres execrables (bendecido por el último EGM), en el que demuestran que admires a quien admires, hay muchas posibilidades de que tu ídolo sea un malnacido.
El programa, muy ameno y divertido, está también accesible en podcast, y una selección de cincuenta de sus personajes ilustres pero execrables ha sido publicada en libro por Penguin.
El otro día me encontré en la calle con Malcolm por pura casualidad y le invité a participar en el juego de los domingos: celebrar una obra de arte que le guste especialmente. Poco después me llegó esta breve carta:
“Me ha resultado difícil elegir una que no fuese muy vulgar (Alvar Aalto, Marina Abramovic…), que sería como recomendar El Padrino II cuando hablas de cine.
“Y aunque también muy popular, voy a elegir a cualquier cefalópodo de Horst Antes. Me fascina la ausencia del torso y la reducción de la figura a razón y movimiento. Y me agrada pensar que admiro la obra que el artista detesta por popular. Esa obra que ya no es suya porque es de todos. Como el Walk on the Wild Side para Lou Reed, el autor aborrece, por célebre, aquello que eclipsa y deforma el conjunto de su obra.”
Obra de uno de los “cefalópodos” de Horst Antes
Bien, los “cefalópodos” de Horst Antes (Heppenheim, Alemania, 1936) no son pulpos ni calamares, sino figuras humanas a las que efectivamente les falta el tronco: la cabeza va a continuación de las piernas. Estas figuras de contundente perfil, brutales, icónicas, como ídolos arcaicos, y también con algo de monstruo dibujado en un comic, que Antes “inventó” en los años sesenta, se han convertido en la “marca” del artista alemán, que tiene lienzos en las colecciones de grandes museos y esculturas en espacios públicos de grandes ciudades.
Lamento no poder decirle al lector nada más de Horst Antes. Pero así le cedo el placer del descubrimiento personal…