Escultura de piedra de Antoni Pitxot

Escultura de piedra de Antoni Pitxot

Creación

Ignacio Gómez de Liaño celebra a Antoni Pitxot

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Una noche, hace veinte años, en la Sala Parés, los pintores Brigitte Szenczi y Juan Antonio Mañas, que suelen exponer juntos y cuya obra es diferente la una del otro pero que comparten una vertiente ingenua y metafísica, ya los que yo conocía por su tienda “Dos i una”, que fue pionera en lo suyo, muchos sin duda la recuerdan, me presentaron a Ignacio Gómez de Liaño.

Conversar con él –o más bien, escucharle— me produjo una fuerte impresión. Me pareció no haber conocido a nadie así. Sabe de todo. Es una enciclopedia viviente y una creatividad inteligente, polimorfa, que se expande por todas partes. Supongo que su memoria tan prodigiosa está influida, potenciada por sus trabajos sobre Giordano Bruno y su mnemotécnica, por los “palacios de la memoria” que ayudan a mantener fijos los recuerdos atribuyéndoles diferentes espacios en un recinto, sea una casa o un palacio.

Al sabio Giordano Bruno (1548-1600), quemado vivo en la hoguera por la Inquisición, ha dedicado Gómez de Liaño tres libros, en tres décadas distintas: Giordano Bruno: mundo, magia, memoria (1973); Giordano Bruno: expulsión de la bestia triunfante (1994); e Hipatia, Bruno, Villamediana: tres tragedias del espíritu (2008).

Poeta y artista juvenil, dramaturgo, ensayista, diarista (ed. Confluencias publicará en breve sus diarios de 1989-1990, correspondientes a la época que estuvo de profesor en China), traductor del latín, profesor universitario, ha sido también combativo contra los nacionalismos vasco y catalán y el procés. Por consiguiente, es otro asunto que me une a él. Durante los años ochenta fue amigo de Dalí, al que visitaba con frecuencia y al que proveía de discurso para explicar y potenciar el famoso teatro-museo, entonces en construcción. De ahí salieron por lo menos dos libros: El camino de Dalí (diario 1978-1989) y Dalí descifrado 2021.

A finales de los años setenta y en la siguiente década, cuando Ignacio Gómez de Liaño iba a Port Lligat a pasar unos días con Dalí, en vez de dormir en la casa del pintor en Port Lligat prefería hacerlo en la de su amigo Antoni o Antonio Pitxot en Es Llaner, Cadaqués. Los Pichot, una familia terrateniente e ilustrada, con músicos y pintores, habían sido amigos de los Dalí durante varias generaciones.

Me encanta visitar, como hice ayer, a Gómez de Liaño en su casa del centro de Madrid, decorada con maravillas traídas de sus años en el Extremo Oriente y de óleos y dibujos de Szenczi y Mañas, escuchándole hablar, entre otros asuntos, de Dalí, de su obra, de Gala, de su cosmopolita círculo de amigos, y del buen Pitxot.

No es de extrañar entonces que ayer cuando le pedí que participe en el juego de los domingos, o sea que elija una obra de arte contemporáneo, me dijese: “Te diría algo de Dalí, pero es ya muy conocido y no hace falta destacarlo, así que prefiero mencionar a Antonio Pitxot.

Su Menemosyne, por ejemplo, que está en el Teatro-Museo de Dalí en Figueres. Ya sabes, representa tres figuras, las tres Gracias, o sea también tres partes de la memoria, ya que Mnemosyne en la mitología griega es la musa de la memoria y de los recuerdos. Creo recordar que cuando Antoni expuso en la galería Biosca, en la calle Génova de Madrid, yo le hice el prólogo para el catálogo… En fin, lo suyo son las piedras del arte…”

Al margen de su amistad personal con Pitxot, no me dijo Gómez de Liaño mucho más del porqué de su elección, ya que pasamos sin darnos cuenta a hablar de numismática, de arte, de la situación política, de mil cosas. A ver si ahora yo puedo improvisar el motivo de su elección, porque Pitxot, a quien un par de veces tuve también el placer de visitar en su casa de Cadaqués, que se alzaba, se alza, en el lugar más paradisiaco de la Costa Brava, pintaba exclusivamente montones de piedras dispuestas en forma antropológica.

Era su motivo único, como el de Saura eran las calaveras y cabezas. Tenía Pitxot el estudio como si fuera el fondo de un río desecado, la estancia estaba llena de montones de piedras, que disponía ante el caballete formando esas figuras humanas. Sólo eso le interesaba pintar, jugando con la luz y el color y las formas de las piedras. Tenía algo de los retratos de flores o piedras de Arcimboldo.

Esos cuerpos de piedras, esos cuerpos fósiles, a pedazos, daban, para mi gusto, una impresión un tanto melancólica, aunque Pitxot como persona no era para nada un carácter melancólico sino al contrario, vitalista, y por cierto que estaba muy contento del éxito de su pintura, de la que tenía varios coleccionistas y con la que en sus últimos años celebraba exposiciones por toda España. En cuanto a la amistad de Dalí y Pitxot baste mencionar el dato de que este último es el único artista al que el egocéntrico Dalí consagró un buen espacio en su teatro-museo. Allí está su Mnemosyne.