Fotografías del retratista Atget

Fotografías del retratista Atget

Creación

Enrique Granell celebra a Atget

Las fotos del famoso retratista de tantas escenas callejeras y aspectos de la arquitectura de París de finales del siglo XIX y principios del XX son asombrosas

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Aunque apenas le conozco en persona, tengo una deuda intelectual enorme con el arquitecto, profesor universitario, investigador y, en fin, sabio, Enrique Granell (Barcelona, 1955). Pues es gracias a él, a la exposición que comisarió en el IVAM en 1996, Mundo de Juan Eduardo Cirlot, cuyo luminoso catálogo y atesoro en mi biblioteca, descubrí hace 20 años al gran y hasta entonces casi (e interesadamente, pero en esto no entraré ahora) olvidado poeta barcelonés Cirlot.

Entonces el IVAM lo dirigía Juan Manuel Bonet, secundado por el francés Emmanuel Guigon, que, por cierto, ahora acaba su trayectoria al frente del museo Picasso de Barcelona.

En el IVAM se juntaron los astros. Si ahora, más allá de su célebre Diccionario de símbolos, Cirlot y su obra es una presencia e influencia viva y fecunda entre los interesados en la literatura es, en parte sustancial, gracias a los desvelos de esos señores, especialmente de Granell.

Y, por supuesto, de Victoria Cirlot, hija del poeta y, como Granell, su “cómplice”, tan rigurosa y tenaz como él en la vindicación y rescate de un legado inacabable, que se ha venido llevando a cabo especialmente en Ediciones Siruela.

¿Qué hubiera sido de mí si no hubiera descubierto a Cirlot? Otro, seguramente peor. Pero lo descubrí, de vez en cuando lo releo, y su retrato exigente me mira cada día, desde un estante de mi biblioteca. Lo que desde ahí me dice...

Años después de aquella exposición en el museo valenciano, simiente de tantas publicaciones cirlotianas, Granell comisarió otra expo, más modesta, en el centro Santa Mónica de Barcelona, La habitación imaginaria de Juan Eduardo Cirlot.

Allí vi por primera vez la espada del caballeroso condestable Pedro de Portugal, arma elegante que tanto gustaba al poeta, que puede visitarse en el museo de la catedral de Barcelona, y que lleva inscrita en la hoja de acero su divisa Paine pourjoie (pena por alegría).

Por cierto, que sobre Juan Eduardo Cirlot hay algunos recientes testimonios en Marginalia, el nuevo libro de Victoria, compendio de textos sobre literatura, mística, arte y otras disciplinas, en la prestigiosa editorial Vaso Roto, que les comentaré en breve.

Enterado de que la misma editorial Granell va a recuperar, en abril o mayo, la reunión de los dos libros y varios poemas y artículos que Cirlot dedicó a Gaudí, donde además se hará historia de su polémica con los catalanistas de Serra d’Or, Bohigas y Cirici, le llamé ayer para sumarle al juego de los domingos: ¿Qué obra de arte moderna te gustaría tener en casa o poder contemplar cuando te gustase?

Respondió en seguida con un e-mail. El titular decía: Eugène Atget. Fête du Trone. 1925.

Atget, el famoso retratista de tantas escenas callejeras y aspectos de la arquitectura de París de finales del siglo XIX y principios del XX. Las fotos que elige Granell son asombrosas. El texto que me adjunta y que por su claridad y sugestión no hace falta glosar, es el de los siguientes párrafos:


“Además de sus viajes fotográficos por el París antiguo, Eugene Atget fue también un asiduo visitante de los arrabales, la zone y las ferias populares.

Un día de 1925 visitó la Feria del Trono y fotografió sus atracciones. Tres de esas placas fotográficas nos muestran el tenducho de Armand le Geant. Las dos primeras muestran vistas generales de la instalación. La tercera, la de mayor transcendencia, nos muestra un detalle del escenario.

Atget visitó la feria cuando estaba totalmente vacía. Las fotos no reproducen el ajetreo de esos multicolores personajes, los apaches, las bonnes, las parejas o los niños con su griterío ensordecedor. Vacía está también la escena de sus actores.

El espectáculo de Armand consistía en presentarse ante el público con sus dos metros cuarenta y cuatro centímetros de altura acompañado de un enano. Los espectadores quedaban estupefactos por ese asalto a la razón de la naturaleza que se ofrecía a sus ojos.

Captura de pantalla 2026-01-31 a las 18.32.33

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Aunque vacío, el escenario muestra objetualmente a sus dos actores. Silla grande, silla miniatura, el zapato gigante de Armand junto al zapatito del enano. Unas fotos de la pareja y unos carteles con el precio completan la imagen. Una simple bombilla cuelga de lo alto, será la única iluminación nocturna de la instalación.

Estamos en 1925, y la manera en que se nos presenta esta escena parece haber estado coreografiada no por unos feriantes anónimos, sino por algún contemporáneo artista de vanguardia”.