Ernesto Hernández Busto en una imagen de archivo
Ernesto Hernández Busto celebra a Bonnard
"Ernesto es una de las personas más inteligentes y cultas que conozco, y cuando hablo con él, de uvas a peras porque él vive en Barcelona y yo no, aprendo siempre algo valioso"
Ernesto Hernández Busto (La Habana, 1968) tiene un grave defecto: es impuntual. ¡Sistemáticamente!
Pero ya se lo he perdonado. Se lo he perdonado, aunque a regañadientes, porque también es una de las personas más inteligentes y cultas que conozco, y cuando hablo con él, de uvas a peras porque él vive en Barcelona y yo no, aprendo siempre algo valioso, siempre me llevo algo en el capazo.
Llegó a Barcelona, exiliado desde su Cuba natal, en 1999. Hace, pues, más de veinticinco años. Entonces nos conocimos, me hablaba de que le gustaría escribir la biografía de Lezama Lima, el gran maestro de la literatura cubana. Como iban pasando los años, y las décadas, creí que habría abandonado el proyecto. Además, ¿cómo iba a escribir la biografía del autor de Paradiso, si no puede pisar la patria de los dos, si no puede ir a Cuba, la desdichada?
Mientras tanto ha ido publicando libros siempre exigentes, siempre marginales a la literatura habitual en España. Ninguna novela. Inventario de saldos, que es una colección de ensayos sobre literatura de su país. Dos versiones de Mito y revuelta (antes Perfiles derechos), perfiles muy bien pensados de diez grandes autores reaccionarios (Morand, Montherlant, Pound, Giménez Caballero, etc.: ya se entenderá que es un libro à rebours).
Numerosos poemarios personales, y traducciones de poetas italianos, rusos, entre los cuales tengo en la mesita de noche, listo para consultarlo en cualquier momento, su antológica versión de Brodsky (ed. Siruela, 2025). Todo lo que escribe Ernesto vale oro.
Recuerdo que hace muchos años trabajamos juntos en la traducción de un catálogo de las obras maestras del museo del Louvre. Pero recuerdo más y mejor el momento en que me recitó La jirafa, poema del Gumiliov cuyos versos resuenan constantemente en “las profundas bóvedas del alma” (Machado), poema del que ha hecho dos o tres traducciones, cada una mejor que la anterior, por lo que estaré siempre en deuda con él.
Un poema que es una invitación a la vista larga. ¿Estás triste? Vale, lo entiendo, nos sobran los motivos, pero recuerda que allá lejos, cerca del lago Chad, camina elegante una jirafa…
Bueno: hay niños, y hasta adolescentes, que cuando se los llevan fuera de casa y van a dormir en una cama que no es la suya, llevan consigo su peluche preferido, para que les haga compañía. Mi peluche está en verso y es La jirafa.
Gran sorpresa al enterarme de que la editorial Pretextos del señor Borrás acaba de publicar el primer volumen de los tres que componen la biografía de José Lezama Lima obra de Ernesto Hernández Busto. El segundo tomo saldrá dentro de unos meses, y el tercero, poco más tarde.
Lo celebro: más allá del valor del libro, es el triunfo de la voluntad y la vindicación de la literatura, por más que la quiera enterrar y silenciar el horror del mundo “real”.
Ya he encargado ese primer volumen, y espero comentarlo aquí cuando llegue, y lo haya yo leído, pero mientras espero, he llamado a Ernesto Hernández Busto para que participe en este juego de cada domingo en que hay que elegir una obra de arte moderno preferida.
Me ha contestado por e-mail:
“Es difícil escoger un único artista, y más un solo cuadro de ese artista. Pero como estoy escribiendo ahora un librito sobre Pierre Bonnard para la editorial Elba, ahí te va mi apuesta.
Bonnard, Le boxeur
Durante muchos años, Bonnard fue considerado un pintor feliz, o mejor, un pintor de la felicidad. "Sólo deseaba pintar cosas alegres", dijo de él un pariente.
Es un devoto del intimismo cálido, de interiores coloridos, o de paisajes luminosos que parecen también interiores: almuerzos campestres, bodegones mediterráneos, jardines y cielos dramáticos, gobernados por cierta solaridad.
A esa imagen se suma cierta tendencia a la repetición: interiores parisinos, los paisajes posteriores de Le Canet, las más de 300 veces que pintó a Marthe, la mujer con la que vivió más de 30 años (toda una arpía, según algunos).
Dentro de la pintura moderna, Bonnard es una especie de antihéroe, que cuestiona una idea habitual de la evolución del artista: da vueltas sobre los mismos lugares, y al final de su vida se enorgullece de esa aparente inmovilidad, diciendo que "soy un viejo que me doy cuenta de que no sé nada que no supiese de joven".
Sin embargo, en los autorretratos que pintó al final de su carrera, y sobre todo en Le boxeur (1931) Bonnard se muestra muy distante de esta imagen de pintor apacible de la felicidad doméstica. Es un autorretrato desolador, que enseña el reverso angustioso de esa sabiduría sobre el tiempo transcurrido y, tal vez, cierta culpa contenida. Esa figura de un boxeador flaco y nervudo frente al espejo, que exhibe su impotencia y se da con el puño izquierdo en el pecho me recuerda aquella frase de Beckett convertida en motto: "Try again. Fail again. Fail better".”
Sí, Bonnard, en el gozne entre el impresionismo y el fauvismo, era un pintor adorable, un retratista de la felicidad, aunque tenía en su mujer, a la que pintó incansablemente y a la que adoraba, tanto como un modelo una cruz. Retratista de la felicidad, digo, aunque este autorretrato que Hernández Busto me trae a la memoria habla de otras cosas.