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Desde que llegaron los franceses, todo fue a peor”. La frase no se refiere a los ejércitos de Napoleón, sino a la llegada de Salins a Sal Costa para hacerse con el control de la compañía en 2016.

La plantilla lo notó desde el primer momento: las inversiones en maquinaria se frenaron y las condiciones de trabajo empeoraron progresivamente. El deterioro llegó a ser tan evidente que los propios empleados preguntaron a la dirección si la planta iba a cerrar. La respuesta fue que no.

Pero el cierre, como explicó este medio, acabó llegando pocas semanas después. Una decisión que supone una dolorosa pérdida para el tejido industrial catalán y que, además, contrasta con los valores que el propio grupo reivindica mientras avanza con ambición en la conquista del negocio de la sal en Europa.

La fábrica de Sal Costa en Barcelona Òscar Gil Coy Barcelona

Camarga vs. Barcelona

En 2020, el Grupo Salins publicó un Manifiesto por una Camarga viva, un alegato contra unas políticas ambientales del Gobierno francés que, a su juicio, estaban conduciendo a la región al abandono, la dejadez y el repliegue. El grupo defendía una vida industrial “productiva y viva” en la zona y reivindicaba la actividad económica frente a determinados discursos ecologistas que a veces confunden la defensa del medioambiente con el rechazo a la actividad humana.

Era un texto valiente, pero ha envejecido mal, porque lo que ha habido en Barcelona, precisamente, ha sido abandono, dejadez y repliegue.

Desde la entrada de Salins en la planta, las inversiones se fueron reduciendo hasta prácticamente desaparecer. “Cuando estaban los alemanes [el grupo alemán Südsalz, que adquirió la compañía 1994] se invertía, se renovaba y la fábrica funcionaba, pero en cuanto la cogieron los franceses, todo esto se acabó”, resume un trabajador.

El deterioro llegó hasta tal punto que los empleados ponen en duda que ninguna de la maquinaria que se usaba haya podido ser reaprovechada.

Un enfoque multipaís

En su página web, Salins también presume de un enfoque global y multipaís. En el caso de Barcelona, sin embargo, parece haber pesado mucho más la primera parte que la segunda.

La compañía asegura que tiene en cuenta “las especificidades de cada país”. Pero en España el resultado ha sido el cierre de una fábrica que refinaba y empaquetaba sal, y el traslado de parte de esa actividad fuera del país: el empaquetado, según ha podido saber este medio, se hará ahora en Francia, mientras que el refinado se trasladará a Torrevieja (Alicante).

A ello se suma la externalización de la logística. El resultado es una desinversión en España en favor de Francia: menos actividad industrial, menos empleo y una mayor concentración de las operaciones en Francia.

La fábrica de Sal Costa en Barcelona Òscar Gil Coy Barcelona

Transparencia

El lector de Crónica Global puede comprobarlo por sí mismo: los paquetes de Sal Costa siguen mostrando en su envase la dirección de la fábrica en Barcelona, pese a que hace ya por lo menos ocho meses que ha dejado de estar en funcionamiento.

Es cierto que puede tratarse de producto elaborado con anterioridad y todavía en stock. Pero hay, al menos, un tipo de envase —el de cartón— que no se empaquetaba en el puerto de Barcelona. Según fuentes conocedoras del proceso, la maquinaria necesaria para ese formato estaba en Francia.

Es decir, esos paquetes proceden de Francia. Y lo que el consumidor barcelonés, quizá preocupado por el kilómetro cero, podía comprar como un producto ligado a una histórica fábrica de Barcelona es ahora sal empaquetada al otro lado de los Pirineos.

De nuevo, se trata de una contradicción con uno de los compromisos que el grupo defiende en su página web: el de la transparencia con el consumidor.

La fábrica de Sal Costa en Barcelona Òscar Gil Coy Barcelona

Relaciones de confianza y lealtad

Por otro lado, en el apartado de 'Ética de su código de proveedores', el grupo establece por escrito que su principio rector es la “lealtad para instaurar y mantener relaciones de confianza duraderas”.

Y no solo eso. En su manifiesto de Camarga, Salins también reivindica la necesidad de “proteger los empleos, las riquezas y la economía productiva”.

En Barcelona, sin embargo, del dicho al hecho ha habido un buen trecho.

Como ya explicó este medio, el problema no se limita al ERE. Pocas semanas antes de comunicarlo oficialmente a la plantilla, cuando los trabajadores ya percibían que el barco se hundía, la dirección negó que la fábrica fuera a cerrar.

Es decir, en ningún caso puede decirse que haya habido ni lealtad, ni relaciones de confianza duraderas, ni protección del empleo.