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El cierre de la histórica fábrica de Sal Costa en Barcelona, avanzado por este medio, tiene mucho de simbólico.

Con alrededor de 40 trabajadores vinculados a la planta, su marcha no tendrá apenas impacto sobre el PIB, pero, siendo una de las marcas más reconocibles de la industria catalana, supone una constatación más de su declive.

El final que le ha reservado el gigante salinero francés Salins, propietario de la marca desde 2016, tampoco parece estar a la altura de la importancia histórica de la marca.

Sal Costa Òscar Gil Coy Barcelona

El final que vivieron los trabajadores

“La sal se lo come todo”, lamentan algunos de los trabajadores al describir el estado en el que se encontraba la fábrica: vieja, deteriorada y obsoleta. Hay algo profundamente decadente en observar cómo el salitre ha ido carcomiendo unas instalaciones que un día fueron el sueño de un industrial, Onofre Caba, que consiguió llevar su marca a prácticamente todas las cocinas españolas.

Es exactamente la misma dejadez con la que se trató a los extrabajadores de la planta, que se han puesto en contacto con Crónica Global para explicar cómo vivieron ese final.

Según relatan, semanas antes de que se iniciara formalmente el procedimiento de despido colectivo, la plantilla ya había trasladado a la dirección su preocupación por el futuro de la fábrica.

Sal Costa Òscar Gil Coy Barcelona

El barco hace aguas

Los trabajadores asistían desde dentro al desmantelamiento de su propia fábrica. Faltaba materia prima destinada al refinado, había escasez de determinados materiales y existencias respecto a los niveles habituales, cambios operativos injustificados... Todo indicaba que el barco empezaba a hacer aguas.

En una reunión celebrada en octubre de 2025, la plantilla trasladó sus preocupaciones a la dirección. La respuesta fue entonces tranquilizadora: a corto plazo no se preveía el cese de la actividad, aseguraron, la producción continuaría con normalidad y la compañía manifestaba su compromiso de mantener la planta en funcionamiento.

Pero donde dijeron continuidad, acabaron diciendo ERE. Apenas unas semanas después, en noviembre de 2025, la compañía comunicó a la plantilla el ERE de extinción.

El acuerdo

Tras varias reuniones durante el periodo de consultas, empresa y trabajadores alcanzaron un acuerdo, que fue sometido a la asamblea de los empleados afectados el 11 de diciembre de 2025 y obtuvo su conformidad. El acuerdo definitivo se formalizó al día siguiente, el 12 de diciembre.

El documento estableció la extinción de los contratos de 19 trabajadores, vinculados principalmente a las áreas de producción, calidad y logística. Según ha podido saber este medio, las cerca de 20 personas restantes que trabajaban en oficinas continúan en la sede que la compañía tiene en Badalona.

Sal Costa Òscar Gil Coy Barcelona

Para la mayoría de los afectados, la fecha de extinción quedó fijada en el 1 de enero de 2026, con una indemnización de carácter general de 26 días de salario por año trabajado y un límite de 12 mensualidades.

Pero el cierre tenía una particularidad. Algunos de los trabajadores cuyos contratos se extinguían tuvieron que continuar temporalmente en la planta: les necesitaban para realizar tareas relacionadas con el desmantelamiento y cierre de las instalaciones.

Es decir, los mismos trabajadores que habían alertado de que el barco se hundía tuvieron que quedarse para ayudar a desmontarlo.

La compañía puso también sobre la mesa recolocaciones en otras empresas del grupo. Una de las personas inicialmente incluidas en el ERE aceptó y quedó fuera del expediente, que finalmente afectó a 18 trabajadores. Otras propuestas no encontraron respuesta.

¿Cuándo se jodió el Perú?

Los trabajadores ya tienen la certeza de que la decisión de cerrar la planta se tomó mucho antes de que se les trasladara, aunque desconocen exactamente cuándo. Algunos sitúan el posible inicio del proceso en 2024, cuando la compañía prescindió de cuatro empleados con una antigüedad considerable. A juicio de los trabajadores, aquellas salidas podrían haber servido para evitar tener que asumir las indemnizaciones que les correspondían en caso de un cierre posterior.

Ni a esta cuestión ni al resto de preguntas trasladadas por este medio ha querido responder la compañía.

Es el triste final de una fábrica carcomida por el salitre y condenada por la dejadez, el reflejo de una Cataluña industrial que un día fue y que hoy parece resignada a haber sido.