"Fue uno de los mejores banqueros del siglo XX". En la despedida del presidente de la Fundación Bancaria La Caixa y Criteria Caixa, Isidro Fainé, a Josep Vilarasau se condensa parte de la esencia del histórico directivo financiero. Pese a que no es un elogio menor, sería insuficiente para glosar una figura sin la cual sería imposible concebir el gigante en el que se ha convertido Caixabank, la mayor entidad bancaria de España.
Vilarasau llegó en 1976 a la entonces Caixa de Pensions de Barcelona como director general con 45 años. Pero diez años antes ya había tomado el timón nada menos que de Telefónica. Una radicalmente distinta de la actual pero que, por entonces, era la primera empresa de España con mucha diferencia.
Josep Vilarasau
Doctor en Ingeniería Industrial y licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales, Vilarasau creció en una familia de la burguesía barcelonesa, dedicada a los negocios, concretamente al textil. Una combinación que hizo de él un gestor inigualable.
Un financiero con la cabeza y la mentalidad de un ingeniero. Y que, además, conocía el mundo de la empresa de primera mano, de cuna. Alguien que le conoció en su día asegura que llevaba el gen empresarial en las venas pero que, además, también tenía la empresa en la cabeza. Factores que no siempre concurren al mismo tiempo y en la misma persona.
Las sedes de Caixabank y la Fundación Bancaria La Caixa, en Barcelona / EP
Aterrizado en la Caixa de Pensions en la primera etapa de la Transición, Vilarasau impulsa un proceso de transformación a varias bandas que hará la entidad prácticamente irreconocible en poco más de diez años.
Si en los tiempos actuales se habla de la tecnología como un elemento disruptivo, por entonces añadía a este adjetivo el de quimérico. El ejecutivo potenció la introducción de incipientes procesos informáticos en la entidad para hacer más eficiente la gestión interna. Pero también, con vistas a la operativa de los propios clientes.
La gran operación
Siempre pudo presumir y hacer gala de que la entidad contaba con una de las mayores redes de cajeros automáticos. Y de que procesos antaño engorrosos como la actualización de las libretas se convirtieran en trámites de apenas unos segundos.
A finales de la década de los 80, Vilarasau abordó otro de los hitos en su gestión: la fusión con la Caixa d’Estalvis de Barcelona, considerada como la operación financiera más importante de la historia de Cataluña.
Desde su papel como director general de la entidad de mayor tamaño y la que estaba notablemente más saneada, Vilarasau comandó una maniobra que consolidó el papel de la Caixa de Pensions como la primera de España por volumen de activos. En tales fechas como las actuales de 1989, los consejos de ambas entidades aprobaron el protocolo de fusión. Un año después, la nueva Caixa d’Estalvis i Pensions de Barcelona, La Caixa, es ya una realidad.
Nunca se fijó tanto en el tamaño de la operación como en la complementariedad de los negocios. Una tenía lo que le faltaba a la otra y viceversa. Sin embargo, tampoco desdeñó la potencia de fuego que le daría la operación. Sobre todo, para desarrollar los planes de expansión por todo el territorio español que tenía en mente desde hacía tiempo y que sólo el bloqueo normativo le había impedido realizar.
La conquista
Pero entre las muchas virtudes de Vilarasau se encontraba su habilidad para desenvolverse en ámbitos políticos casi con la misma habilidad y soltura que en los empresariales. No en vano, era un entorno que en absoluto desconocía. Tras sus primeros años de gestión en Telefónica, fue nombrado director general del Tesoro y Presupuestos y, en 1972, director general de Política Financiera.
En plena etapa del desarrollismo en España, cuando el régimen franquista comenzaba a mirar con algo más de mimo las cuestiones económicas, Vilarasau formó parte de aquel grupo de técnicos que gozaban de cierta libertad por parte del Estado para diseñar un sistema capaz de gestionar de forma adecuada el crecimiento de un país que empezaba a levantar la cabeza tras una dura posguerra.
Felipe González (izq.), expresidente del Gobierno, y Carlos Solchaga, uno de sus ministros de Economía / EP
Con una España ya en democracia e integrada en la entonces Comunidad Económica Europea (germen de la actual UE), Vilarasau convenció al Gobierno liderado por Felipe González de permitir que La Caixa pudiera operar fuera de su territorio.
Al entonces ministro de Economía, Carlos Solchaga, no le quedó más remedio que admitir, en presencia del ejecutivo, que no tenía lógica que un banco alemán pudiera abrir una sucursal en cualquier parte de España y que La Caixa no pudiera hacerlo fuera de Cataluña y Baleares.
La lógica empresarial es que la entidad financiera no podía constreñir su propio crecimiento al 20% de la riqueza nacional. Dicho y hecho, La Caixa comenzó a expandirse por todas las Comunidades Autónomas a velocidad de vértigo. Un proceso que, ya en la etapa de Caixabank, se ha visto acelerado por la absorción de algunas de las antiguas cajas y la fusión con Bankia.
Olfato
Vilarasau contribuyó también a que La Caixa contara con una cartera industrial de primera magnitud. Pasos que después siguieron otras grandes cajas de ahorro, aunque con un resultado muy desigual.
También destacó por su olfato a la hora de elegir de quién se rodeaba. Siempre presumió de haber incorporado a la entonces Caixa de Pensions a dos figuras como las de Isidro Fainé y Antonio Brufau. Hasta el punto de asegurar que sin esta pareja hubiera sido imposible desarrollar la descollante marcha de la entidad.
De hecho, tras la fusión que dio origen a La Caixa, Brufau y Fainé se contaron entre los seis directores generales adjuntos designados. Y, tras un breve periodo de transición, Fainé y Brufau, junto con Ricard Fornesa, pasaron a contar además con carácter ejecutivo.
Pese a sus habilidades en el ámbito político, Vilarasau siempre rechazó con vehemencia el poder que se le atribuía en este campo. Extendida fue la opinión de que el director general de La Caixa era "el otro presidente de Cataluña", ni más ni menos que junto a Jordi Pujol.
Un final inesperado
Pero el tamaño y la expansión de La Caixa hicieron innegable la poderosa influencia de Vilarasau en todo el país. A ojos de la opinión pública, formaba parte de esa selecta élite que "maneja los hilos" tras el telón, encargada de decirle a los políticos la política que tenían que hacer.
Sea como fuera, siempre sostuvo que aquella Ley Financiera que limitaba a los 70 años la edad para ser presidente de las cajas de ahorro fue redactada a su medida.
Desde 1999 pasó a ser presidente de La Caixa y aquella norma, aprobada por el Gobierno Aznar con el apoyo de CiU puso fin a su trayectoria en la entidad en 2003. Antes de tiempo. Pero de sobra para que su legado haya pasado necesariamente a la inmortalidad.
