Retrato de Josep Vilarasau

Retrato de Josep Vilarasau Agencias

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Josep Vilarasau, el hombre que nunca reaccionaba

El mejor banquero de la historia de Cataluña fue castigado con una fatua por el nacionalismo gobernante, el pujolismo, que jamás le perdonó su independencia

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Joaquín Romero
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“Es un hombre de acción extremadamente personal, independiente, deseoso de prescindir de los otros y de su aprobación”. Así definía una empresa de recursos humanos a Josep Vilarasau Salat tras el análisis grafológico para el que sería su primer trabajo.

Entonces tenía 24 años y su personalidad ya estaba muy definida. De hecho, mantuvo ese carácter toda su vida. Su frialdad, que en ocasiones le llevaba a comportarse con una persona con la dureza de quien está ante un mueble, era legendaria. La máxima que siguió a lo largo de los años era no reaccionar jamás ante cualquier hecho que pudiera afectarle, en un sentido u otro. El tiempo todo lo cura, o al menos lo mitiga.

Currículum en la Administración

En los 20 años que transcurrieron entre aquel primer empleo como ingeniero y su llegada a la dirección general de La Caixa en 1976 tuvo ocasión de adquirir experiencia en la empresa privada, dentro y fuera de España, y en la Administración, a la que sirvió desde el escalafón de los altos funcionarios y desde compañías públicas. El currículum de este vástago de la alta burguesía barcelonesa se escribió fuera de Cataluña, básicamente en Madrid, donde nacieron y crecieron sus tres hijos.

Esas dos características, su trabajo desideologizado en los últimos años del régimen franquista y el hecho de pertenecer a la flor y nata de la sociedad catalana, marcaron sus relaciones con el nacionalismo catalán y con el pujolismo, que apenas cuatro años después de su llegada a la caja de ahorros alcanzó la Generalitat y le estuvo acompañando y vigilando a lo largo de su dilatada y exitosa carrera al frente de La Caixa.

Carlos Ferrer Salat

Aunque nunca lo explicitó en público, su distancia respecto al provincianismo que desde su punto de vista representaba el movimiento impulsado por Jordi Pujol era evidente. Y viceversa. Francesc Cabana no podía eludir el nombre de Vilarasau en su enorme obra sobre las cajas de ahorro, dado que se trata de un personaje fundamental en la historia de estas entidades y en general en la de la actividad bancaria del país.

El cuñado de Pujol, sin embargo, revela las malas ideas que le despertaba el personaje cuando en el 80% de las numerosas ocasiones en que le cita recuerda que era primo hermano de Carlos Ferrer Salat, un empresario de éxito, creador de la CEOE, multimillonario, tenista excelente y catalán universal que también estuvo por encima del patio de colegio en que el pujolismo quiso convertir a Cataluña. Vilarasau, por otra parte, nunca ocultó la íntima relación que le unía con su primo ya desde niños y tampoco las ocasiones en que habían trabajado juntos a lo largo de los años.

Compañeros de camino

Otro de sus colegas de primera hora con el que compartiría proyectos hasta el final de su carrera fue Ricard Fornesa, el más listo de la clase de La Salle Bonanova, otro burgués que se hizo abogado del Estado y que, aun y con un carácter muy distinto, compartió con él la aventura de hacer de La Caixa el gigante en que se convirtió y de crear en su entorno un holding industrial como nunca antes había existido en Cataluña. Desde la ingeniería y la abogacía tenían una visión común, economicista y cartesiana, del mundo.

En El extraño camino a “la Caixa”, Vilarasau escribió su historia en primera persona y, aunque es prolijo en datos y fechas, lo más interesante de sus memorias es cómo se define indirectamente a sí mismo. La forma en que explica la incorporación de la infanta Cristina a la plantilla de la Fundación La Caixa sorprende por su naturalidad: no da ningún rodeo para contar que le pareció una buena idea sumar al proyecto nada menos que a la hija del Rey, y que además, en su opinión, salió bien. Otro tanto ocurre cuando se refiere a la forma en que su esposa, Lola Mitjans, empezó a colaborar con los aspectos culturales de la obra social. Un hombre directo y sin complejos.

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Retrato de Josep Vilarasau.jpg Agencias

El viaje de La Caixa

No cabe la menor duda de que fue el gran banquero que hasta entonces no había tenido Cataluña y que el mundo empresarial del país tanto había añorado. Antes de llegar a La Caixa, el Gobierno había frenado su incorporación a la entidad en varias ocasiones, no tanto por motivos políticos, sino porque las altas esferas de la tecnocracia franquista consideraban que no era un destino a la altura de quien había ocupado, por ejemplo, la Dirección General del Tesoro.

La Caixa se convertiría años después y bajo su impulso en el primer banco del mercado doméstico español, líder absoluto en productos de ahorro tan fundamentales como los planes de pensiones. No solo creció, obtuvo grandes beneficios y financió una gigantesca obra social, sino que desde primera hora fue pionera en la aplicación de las nuevas tecnologías, los cajeros automáticos, y en la definición de una política comercial que imitaría el resto de sector, tanto cajas como bancos, durante 20 años.

El papel de las cajas

Se podría decir que su trayectoria al frente de la caja de ahorros estuvo marcada por tres leyes. La primera de ellas, la reforma del sistema que desarrolló Enrique Fuentes Quintana en 1977 y que permitió que estas entidades trabajaran como los bancos y les hicieran la competencia en pie de igualdad. Fornesa y él mismo participaron en la elaboración de esa ley fundamental.

La segunda norma fue la ley financiera de 2002. El PP, que había obtenido la mayoría absoluta dos años antes, aceptó la propuesta de CiU para limitar la edad de los consejeros de las cajas a los 70 años con el único objetivo de jubilar a Vilarasau. Tan a la medida estaba hecha la norma que hubo que introducir una modificación sobre la marcha para evitar que se llevara por delante a Antoni Serra Ramoneda, presidente de Caixa Catalunya, y que pese a sus simpatías socialistas no estaba en el punto de mira de la Generalitat.

Las fundaciones bancarias

La tercera fue la que contempló la transformación de las cajas en fundaciones, permitiendo que el negocio bancario colgara de ellas y cotizara en bolsa. Él había visto que esa fórmula podría garantizar el futuro de las entidades, incluso de su obra social, pero en ese momento ya no tenía posibilidades de pilotar la transformación.

De hecho, cuando lo intentó despertó los viejos rencores del nacionalismo, que aún tenía fresco el agravio que supuso la jugada maestra de colocar a Juan Antonio Samaranch como presidente honorario de La Caixa para ocupar él mismo la presidencia con poderes ejecutivos. La alianza entre CiU y el PP forzó su salida de la presidencia, un proceso en el que se sintió abandonado por la gente más próxima, aunque él mismo ha reconocido que se equivocó gravemente con Isidro Fainé, cuyo papel de sucesor era indiscutible por su perfil bancario, pero al que trató de neutralizar con la figura de Antonio Brufrau.

Un tupido silencio

Caixabank tiene su origen en la Caja de Pensiones para la Vejez y de Ahorros que Francesc Moragas fundó en 1868, pero fue Vilarasau y el equipo del que se supo rodear –Fainé se incorporó en 1981, apenas cinco años después que él-- quien la convirtió en la entidad que hoy conocemos. Cuando fue arrinconado con aquellos modos a nadie le sorprendió el tupido silencio con que se cubrió su memoria: ni una cita, ni homenaje, ni siquiera un vino español, nada.

Es lo que tiene el caciquismo, que lanza sus fatuas sin necesidad de abrir la boca, condenas que todo el mundo entiende y acata. El hecho de que el pujolismo le negara la Creu de Sant Jordi, la gran distinción de Generalitat que han recibido centenares de personas en estos últimos 40 años, es una de las manifestaciones mudas de esas penas capitales llenas de odio que hunde sus raíces en un mundo sin civilizar, rural, donde no hay indiferentes, sólo súbditos o enemigos.