Cuando el Steuben fondeó en Barcelona en 1939, encontró una ciudad en ruinas. A bordo viajaban 350 curiosos procedentes de Bremen (Alemania), con paradas previas en otras costas, en lo que fue el primer crucero en llegar a Cataluña. El escenario ahora es distinto. Ya no hay guerra, pero sí otra forma de presión. La masificación turística, que encarece cada vez más la experiencia de los visitantes y podría restar atractivo a la ciudad.
La propuesta de elevar hasta 30 euros la tasa turística para los cruceristas que visiten Barcelona durante unas horas (24 para el ayuntamiento y 6 para la Generalitat) convertiría a la urbe catalana en la ciudad portuaria europea con el gravamen más severo para este tipo de turismo, por delante de Mykonos y Santorini (20 euros), y duplicando a Ámsterdam (15 euros) .
Esta medida se enmarca en una ola europea de recurrir a la fiscalidad para frenar la congestión turística.
Aun así, esta subida requiere de una modificación legislativa que se someterá a votación en el pleno del Parlament catalán el próximo 2 de julio. De aprobarse, el nuevo recargo se haría efectivo en 2027.
Los cruceros discrepan de esta subida y lamentan que solo se tome en cuenta el consumo asociado a los turistas, omitiendo lo que hay detrás del sector, como el aprovisionamiento de los buques, los servicios portuarios, la logística, el transporte y la cadena de proveedores.
Perder "competitividad"
El director de la Asociación Internacional de Líneas de Cruceros (CLIA, por sus siglas en inglés), Alfredo Serrano, advierte de que, aunque Barcelona es actualmente el principal puerto de cruceros del Mediterráneo, un incremento desmedido de los costes podría restarle atractivo frente a otros destinos.
En este contexto, agrega, algunas navieras podrían optar por reconfigurar sus rutas en el medio plazo. "La experiencia demuestra que medidas desproporcionadas pueden tener efectos no deseados sobre la competitividad de los destinos", ha puntualizado Serrano.
Cruceros (recurso)
Más pasajeros
En 2025, los puertos españoles registraron un nuevo máximo histórico al superar los 14,1 millones de cruceristas, un 9,8% más respecto al año anterior, y confirma la rápida recuperación del sector tras la pandemia.
En este contexto, Barcelona se mantuvo como el principal puerto de cruceros del Mediterráneo y de Europa, con cerca de cuatro millones de movimientos, lo que equivale a casi el 28% del total nacional.
Contexto europeo
Pese a que las fórmulas varíen, los principales destinos costeros pisan el freno. Ámsterdam elevó el año pasado el impuesto para los cruceristas en tránsito hasta los 14,5 euros por persona (frente a los 8 que empezó cobrando en 2019); mientras que Grecia implantó el mismo año un recargo de 20 euros para quienes desembarquen en Santorini y Mykonos durante temporada alta.
Venecia, por su parte, ya aplica una tasa de acceso entre 5 y 10 euros a los visitantes que no pernoctan en la ciudad; de la misma forma que Lisboa cobra 2 euros a los turistas que lleguen por mar (y que sean mayores de 13 años). En las Islas Baleares, las escalas de cruceros también tributan 2 euros desde 2024 como una estancia turística, aunque solo duren unas horas.
Percepción
Para los viajeros, el impacto de la tasa en sí es reducido. Según explica Jesús García, fundador de Cruceroadicto.com y de una comunidad de 30.000 viajeros, este tipo de impuestos se perciben como una señal de que el puerto "está masificado", por lo que los cruceristas veteranos "tienden a evitarlos".
Sin embargo, rara vez condiciona la compra del viaje, ya que el pasajero valora el precio global del crucero y no el coste de una tasa concreta.
"Me parece razonable siempre que el dinero se reinvierta en la propia ciudad. El problema aparece cuando el ciudadano no percibe esa recaudación que le ayude", indica García.
En 2024, el Ayuntamiento de Barcelona recaudó 11,6 millones de euros en tasas e impuestos procedentes de los cruceristas en tránsito, según un informe reciente de la Universitat de Barcelona (UB).
Saturación
El principal argumento para frenar a los cruceros se basa en el modelo turístico de la Barcelona actual, que ha provocado un mayor coste de vida y presión sobre los servicios e infraestructuras de la ciudad, además del auge de viviendas de uso turístico frente al residencial, entre otras cuestiones.
En 2025, la capital catalana recibió 16 millones de visitantes, mientras que la provincia acogió a otros 10,1 millones. En total, el Destino Barcelona rozó los 26,1 millones de visitantes, según el Observatorio del Turismo de Barcelona (OTB).
Turistas aglomerados frente a la Sagrada Familia
"Puerto base"
Frente a este grueso de viajeros, no se cuestiona el efecto económico. El mismo OTB estima en 14.041 millones de euros el impacto de la actividad turística total en 2025. Pero esta riqueza no frena el debate del tipo de turismo que Barcelona busca atraer, y es precisamente aquí donde parecen no encajar (para las autoridades) los cruceristas de tránsito, aquellos que permanecen pocas horas en tierra.
Según informes recientes del sector, este perfil gasta de media entre 46 y 75 euros, una cifra inferior a quienes empiezan o finalizan su viaje en un puerto español. En este caso, el gasto puede incrementar entre 200 y 400 euros al incluir alojamiento más consumo, ya que los pasajeros suelen llegar uno a dos días antes del embarque, según indica la agencia Vayacruceros.
Esta diferencia es la que sostiene la propuesta del alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, que ha defendido en varias ocasiones el potencial de la ciudad como puerto base. CLIA, por su parte, insiste en que también se preste atención a los efectos indirectos de la actividad, como el empleo que genera y su impacto en la cadena de valor.
Evolución de la tasa
El Ayuntamiento de Barcelona —bajo la gestión de Ada Colau— empezó a aplicar un recargo de 0,65 euros por pasajero de crucero en tránsito entre 2017 y 2021.
Desde entonces, la tasa ha ido en aumento. Pasó de 5,75 en 2023 y 6,25 en 2024 a los 11 euros este año, tras la última actualización. De esta cantidad, 5 euros corresponden a la Generalitat y 6 euros al consistorio.
La postura del gobierno municipal se ha mantenido igual. Aunque reconoce su impacto económico, sostiene que la actividad de los cruceros debe analizarse junto a los efectos que trae. Entre ellos, destacan el reducido gasto de los pasajeros de tránsito, la masificación de los principales espacios turísticos y el impacto ambiental asociado.
Limitar la capacidad
Collboni también admite que el incremento de la tasa es solo un paso dentro de una estrategia más amplia. En esa línea, hace un año firmaba un protocolo con el Port de Barcelona para pasar de siete a cinco terminales de cruceros.
El plan prevé tumbar las terminales A, B y C del muelle Adossat y unificarlas en una sola instalación, lo que reducirá la capacidad de 12.800 pasajeros a unos 7.000. Por tanto, la capacidad del puerto bajaría a 31.000 cruceristas, aunque a efectos prácticos el límite máximo no suele alcanzarse porque las escalas no coinciden al completo.
Un crucero sobre el Mediterráneo
Equilibrio
Tras más de dos décadas recorriendo el mundo a bordo de 120 cruceros, García considera que el crecimiento del sector hace inevitable implementar medidas para equilibrar el turismo. Como ejemplo cita el caso de Dubrovnik (Croacia), que desde 2019 establece el límite de dos barcos diarios y un techo de 8.000 pasajeros al día.
"Para mí, esa es la mejor fórmula. Más que cobrar una tasa, poner un límite con el que la ciudad, la naviera y el viajero estemos cómodos y todos sintamos que ganamos. Lo que ahora mismo plantea Barcelona, subir la tasa a los cruceros de tránsito, pero también limitar las llegadas, va precisamente en esa línea. La tasa sola es recaudación, el límite es gestión", ha indicado.
Colaboración
En la misma línea, desde CLIA señalan que el crecimiento del turismo debe gestionarse de forma sostenible, pero defienden que las decisiones se basen en datos objetivos y en la colaboración entre administraciones y el sector.
La patronal defiende que los cruceristas representan una parte minoritaria de los visitantes de Barcelona (2,5% del total diario) y apuesta por mejorar la planificación de los flujos y mejorar el diálogo entre el sector público y privado para compatibilizar la actividad crucerista con la calidad de vida de los residentes.
Impacto económico
Los cruceros inyectan una media de 2,3 millones de euros al día en Barcelona, mientras que la actividad genera una facturación anual de al menos 855 millones y supone casi 6.700 puestos de trabajo.
En Cataluña, el impacto asciende a más de 1.230 millones, con cerca de 9.500 empleos vinculados. Pese a estas cifras, los cruceristas representaron apenas el 4,5% del total de turistas del año.
